ALEXANDER LALUZ
Diego El Cigala cumplió con su muy esperada escapada a Montevideo. Testeó la acústica del nuevo Auditorio del Sodre y resolvió una suerte ensayo general con la complicidad (no anunciada) de Calamaro, Néstor Marconi y Juanjo Domínguez.
No estaban anunciados. Él, El Cigala, evitó crear expectativas y no dio demasiados detalles del concierto en ninguna entrevista. Y todos, sin excepción, esperaban para la noche del miércoles un despliegue de clásicos de su repertorio. "Vamos también a cantar un poco por bulería, tú me entiendes. La gente quiere escuchar a El Cigala cantando flamenco", había dicho a El País.
Pero, al final, llegó con estas tres cartas escondidas en las mangas de su muy negro y brilloso saco, para jugarlas casi al comienzo del show, después de Garganta con arena y Las cuarenta, justo cuando ya se hacía (demasiado) evidente que el temperamento y la fuerza de su canto no alcanzaban para disimular el aire de ensayo, y que algunos pasajes de su repertorio tanguero todavía estaban "prendidos con alfileres".
Sin embargo, la aceptación de estas reglas de juego fue inmediata. El Cigala estaba ahí, por primera vez en Montevideo, y había que "sacarle todo el jugo a la noche". Y el cantaor cumplió. Puso toda la carne en el asador para suplir algunos olvidos, seguir con mucha atención la performance de su banda, y hasta para regalarle al público un improvisado paso de comedia mientras buscaba algunas hojas con las letras de las canciones.
El Factor sorpresa. La realización atmosférica y mucho rubato de El día que me quieras sirvió para poner en juego la primer carta "escondida": Juanjo Domínguez. Un guitarrista que no necesita decir nada acerca de su talento ni su prestigio: alcanzaba con escuchar la precisión de su mano izquierda cuando volaba por el diapasón o la contundencia de su derecha (con la que logra un volumen y fuerza muy similares al toque con púa o plectro, pero con la alternancia de dedos) para confirmar que su musicalidad fue una de las "salvadoras" de la noche.
Poco después, un enérgico patrón de milonga en la guitarra de Domínguez fue la señal para la segunda carta, las más mediática y de "efecto" seguro: Andrés Calamaro, viejo compinche y hermano de El Cigala. Juntos, armando un trío a pura garra, tentaron a la tradición y a la memoria de Atahualpa Yupanqui con una sobria, aunque todavía endeble, versión de Los hermanos.
Néstor Marconi, con su bandoneón y su muy afiatado trío de violín y chelo, completaron la jugada tanguera de El Cigala, cuando le llegó el turno a la camerística versión de Alfonsina y el mar.
Con estas figuras rioplatenses, El Cigala y su banda efectivamente salvaron la noche. Demostraron que el flamenco sigue siendo su mayor capital expresivo, aunque dejaron abierta una puerta para discutir si "todo funciona con todo" en esto de las mezclas e hibridaciones, o si hay que pensar en una oposición de lenguajes donde la depredación puede dominar sobre el logro de potentes resultados artísticos. La respuesta, quizás, llegará cuando El Cigala Tango tenga su edición formal en CD y DVD este año.
Estreno: El cantaor presentó su flamante proyecto de tangos a editarse en CD y DVD.