GUILLERMO ZAPIOLA
Su nombre remueve, inevitablemente, nostalgias de infancia y juventud, algunas inolvidables jornadas de lectura solitaria, el descubrimiento de un fascinante universo de papel, tinta y fantasía. Hoy hace cien años moría Mark Twain.
Para una generación que creció leyendo la heroica colección Robin Hood de la editorial argentina Acme (que ponía al alcance de todos la prosa de Stevenson, el humor y el drama de Dickens, el exotismo de Salgari y Verne, Robinson y su isla, Gulliver y sus varios mundos), Twain fue un amigo de toda la vida, el autor de Las aventuras de Tom Sawyer y sus secuelas (Tom Sawyer en el extranjero, Tom Sawyer detective, estas últimas publicadas en un solo tomo), de Príncipe y mendigo, de Un yanqui en la corte del Rey Arturo y, sobre todo, Las aventuras de Huckleberry Finn, un libro que algunos siguen (seguimos) teniendo en la selecta lista de los que hay que llevarse a una isla desierta sin posibilidades de retorno.
Había nacido el 30 de noviembre de 1835 como Samuel Langhorne Clemens en Florida, Missouri, Estados Unidos, a donde sus padres emigraran para trabajar en la granja de un tío. Cuando Samuel tenía cuatro años la familia se mudó a Hannibal, pueblo ribereño del Mississippi que sirvió de inspiración para el San Petersburgo de Sawyer y Huckleberry.
A los 12 años quedó huérfano de padre, abandonó los estudios y se empleó como aprendiz de tipógrafo. Luego se largó a la aventura. Fue piloto de un vapor fluvial, inspector de minas, buscador de oro. "Vete al Oeste, joven", había predicado el publicista Horace Greeley, y el joven Clemens obedeció el llamado.
RUPTURAS. La Guerra de Secesión, que estalló cuando Samuel tenía veinticinco años, interrumpiría muchas cosas. Puso fin al tráfico fluvial, se supo que había menos oro que el previsto y el trabajo resultó más duro de lo que el joven hubiera deseado.
Entonces apareció, como tabla de salvación, la literatura. Clemens había borroneado ya algunas cuartillas y colaborado con publicaciones de Saint Louis y Filadelfia en sus tiempos de tipógrafo, pero se volcó de lleno a las letras luego de la guerra. Mientras trabajaba como periodista en diversos medios, se inclinó progresivamente a la ficción. En 1865 publicó el relato La famosa rana saltarina de Calaveras, con el que inauguró su seudónimo de Mark Twain, derivado de un término de los hombres del río que significa "dos brazas de profundidad", el calado mínimo para navegar.
Mientras se desplazaba a través del mundo (llegó a Palestina y la Polinesia) como periodista y conferencista, siguió escribiendo ficción. Ya tenía varios libros en su haber cuando dio a conocer Las aventuras de Tom Sawyer (1876), que incorporaba numerosos recuerdos de infancia. Ocho años después salió la secuela de ese libro, su obra maestra y una de las grandes novelas del siglo XIX norteamericano: Las aventuras de Huckleberry Finn (1884). El mismo universo (las riberas del gran río, los contrastes de civilización y libertad "fronteriza", las pinceladas sobre prejuicio y marginación) asomarían en un libro de "no ficción" (Vida en el Mississippi, 1883), en el que evocó su período como piloto fluvial.
Llamado a veces "el Dickens norteamericano", Twain cultivó también la novela histórica (Príncipe y mendigo) y también su parodia (Un yanqui en la corte del Rey Arturo), la pincelada entre tierna y satírica (Diario de Adán y Eva) y hasta algún ejercicio de fantasía que se publicó póstumamente (El forastero misterioso).
Su vida personal (acaso, como toda vida personal) tuvo sus vaivenes trágicos, y ello explica acaso el progresivo pesimismo que invadiría su obra. Se casó en 1870 con Olivia Langdon, hija de un activo militante antiesclavista; dos de sus hijas, afectadas de meningitis y epilepsia, murieron jóvenes; su vuelco hacia el negocio editorial terminó en un fracaso; su esposa también falleció.
Nunca se había hecho muchas ilusiones con respecto a la raza humana, y dejó constancia de ello en su libro Los inocentes en el extranjero: "Y así va el mundo. Hay veces que deseo que Noé y su comitiva hubiesen perdido el barco". Otras amarguras hay en sus Cartas desde la Tierra, publicadas recién en 1946 (treinta y seis años después de su muerte), donde Satanás plantea la relación entre Dios y los hombres. "Ellos rezan por ayuda y favor y protección cada día; y lo hacen con confianza a pesar de que ninguna oración ha sido jamás contestada", ironiza el Maligno.
Valoraciones. Todo buen escritor americano, desde Faulkner a Hemingway, desde Mailer a Stephen King le debe algo. Hemingway llegó incluso a afirmar que "toda la literatura moderna americana procede de un sólo libro de Mark Twain titulado Huckleberry Finn. Todos los textos estadounidenses proceden de este libro. No hubo nada antes. No ha habido algo tan bueno desde entonces". El autor de Adiós a las armas es injusto con colegas anteriores (Poe, Hawthorne, Melville, por lo menos, aunque pueda argumentarse que Poe es más "europeo").
Faulkner resulta más preciso al afirmar que Twain fue "el primer escritor verdaderamente americano y todos nosotros somos sus herederos", destacando la palabra "americano" (por "estadounidense", claro). Mailer piensa lo mismo: "La prueba de lo buena que es Huckleberry Finn es que puede ser comparada con las mejores novelas modernas". Y es imposible no pensar en Twain ante un relato como El cuerpo, sombría fábula infantil de Stephen King. Sigue siendo un contemporáneo.
El pesimismo de un humorista
Mark Twain había nacido cuando el cometa Halley pasó cerca de la Tierra en 1835, y anunció que se iría cuando el astro regresara. Se equivocó por un día.
Nada de lo extravagante le fue ajeno, y debe de haber sido uno de los pocos artistas que pudo leer su propia necrológica. En efecto, en 1897 el New York Journal publicó equivocadamente la noticia de su fallecimiento. La publicación fue el resultado de una serie de equívocos iniciada por la enfermedad (no muerte) de un primo de Twain.
El presunto difunto despejó el error en una carta al director. "James Ross Clemens, un primo mío, estuvo seriamente enfermo en Londres hace dos semanas", explicó Twain. Y pudo agregar sarcásticamente: "La noticia de mi enfermedad derivó de la enfermedad de mi primo; la noticia de mi muerte fue sin duda una exageración".
El sarcasmo fue una de sus armas favoritas, y cualquier enciclopedia de frases ingeniosas debe incluir aportes suyos. Aquí van algunos: "Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda"; "Honestidad: la mejor de todas las artes perdidas"; "Hay muy buenas protecciones contra la tentación, pero la más segura es la cobardía"; "El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía".
Aventurero: Fue piloto fluvial, tipógrafo, minero y periodista, volcando todo ello en su obra.