Aunque me convenzas, no me convences

Luciano Álvarez

Dos estímulos justifican lo que quiero contar. El primero en una frase del escritor francés André Gide: "Todas las cosas ya fueron dichas, pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo."

El otro, es un viejo cuento, en el que dos individuos discuten acerca de un tema: cada uno alega, polemiza, argumenta. Por fin, uno de ellos aporta pruebas irrefutables a favor de su tesis y el otro concluye: "Aunque me convenzas, no me convences."

La información y la verdad suelen ser impotentes frente a aquellas creencias sostenidas por el corazón, el interés, la ideología o el oportunismo. La psicología le llama negación, y "negación psicótica" cuando produce una total afectación de la capacidad para captar la realidad. Las discusiones en torno a la condición totalitaria de los regímenes del socialismo real y hoy en día la situación de Cuba, encajan perfectamente en esta patología que viene de lejos. El caso Kravchenko es un buen ejemplo.

En abril de 1944 Victor Kravchenko, alto funcionario soviético destacado en Washington pidió asilo en los Estados Unidos. En 1947, se publicó "I chose Freedom" (Yo elegí la libertad). A los pocos meses aparecieron su traducción castellana (Guillermo Kraft, Bs. Aires) y francesa (Editions Self).

El voluminoso libro de Kravchenko no era el primero que cuestionaba el régimen soviético desde sus entrañas o desde la izquierda. Anton Ciliga, comunista croata, que había sido encarcelado en la Unión Soviética por trotskista, publicó, en 1938, "El país de la gran mentira".

El belga Víctor Serge, activo participante del proceso revolucionario ruso a partir de 1919, asistente de Máximo Gorki, y traductor de importantes líderes soviéticos, fue expulsado del Partido Comunista, detenido y encarcelado en 1933, aunque logró exiliarse merced a las gestiones del dirigente socialista belga Emile Vandervelde.

Sus parientes no fueron tan afortunados: la hermana, la suegra, la cuñada y dos de sus cuñados, murieron en prisión. En 1937 publicó "De Lenin a Stalin" y "Destino de una Revolución", donde denunciaba el estado policiaco soviético.

Boris Souvarine, comunista francés de origen ruso, luego de un viaje por su Ucrania natal se encontró con un país en plena hambruna, destrozado por un éxodo rural forzoso, una industrialización salvaje y una imponente represión política. Desde 1936 denunció estos hechos y fue acusado de quintacolumnista, de trotskista y de filofascista.

Cuando el escritor André Gide, brevemente comunista, luego del tradicional viaje iniciático publicó "Regreso de la URSS" en 1936, su condición de homosexual, se convirtió en un terreno fértil para los agravios de sus ex compañeros de ruta.

Emilio Frugoni, fundador del Partido Socialista, ministro plenipotenciario del Uruguay en la URSS, entre 1944 y 1946, publicó "La Esfinge Roja" (1948). Frugoni había presenciado los fastos de la Nomenclatura: "Lo que más enseña de todo ello es el hecho de que, frente a un pueblo que experimenta naturales estrecheces, desenvuelve su fasto realmente asiático la diplomacia soviética, fasto que oscurece el brillo y el lujo de la resplandeciente corte de los zares y no halla igual en ninguna monarquía de Europa."

Tampoco le pasaron inadvertidas las condiciones de un "régimen policial y carcelario que permite la `vigilancia de los amigos` y de los mismos diplomáticos"; narró experiencias de uruguayos en la Unión Soviética: "Una madre escribía desde allá a su hijo, comunista militante, que deseaba regresar a Rusia: "¡Tanto como te quiero y, sin embargo, prefiero no volver a verte más, a verte de nuevo en la Unión Soviética!`` Y le aconsejaba tomar carta de ciudadano uruguayo.

Otro comunista militante que llegó a Rusia bajo el amparo y protección de las autoridades soviéticas le confió que "cuando puso su pie en Moscú experimentó una sensación tan desoladora que, de haber podido, hubiera partido inmediatamente de vuelta, porque su entusiasmo por la Rusia Soviética, todo su afán de vivir en ella, se le derrumbó de golpe dejándolo como a un niño desamparado y desnudo en la soledad de un páramo sombrío".

Sus conclusiones políticas, escritas en el apogeo mundial de la luna de miel con el régimen soviético, son plenamente vigentes: "La Unión Soviética no es para mí una esperanza […] porque la juzgo una trágica desviación hacia formas de tiranía política que para el mundo occidental constituyen un retroceso. Sin desconocer las realizaciones que en diversos órdenes pueden admirarse, mi juicio sobre la realidad y entraña política del comunismo soviético, es ése. Y para mí, en quien la sensibilidad política o cívica es preponderante, es eso lo que más cuenta, porque en la vida orgánica de una nación todo el resto es literatura […] En efecto, la democracia política -que allí no existe-, es la policía de todos los derechos humanos. Sin ella la justicia social o económica es una dádiva que sólo depende de quien la otorga, si es que puede haber justicia en arrebatarle a un pueblo sus bienes más sagrados, que son sus libertades públicas y los derechos del espíritu. Esas libertades y esos derechos que vigilan y defienden las conquistas alcanzadas por el hombre en cualquier terreno y las consagran como patrimonio inalienable. […]. Intentar extender ese régimen a países, como Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Italia, Suiza, Suecia, Uruguay, […] es retroceder a sabiendas; es abandonar, arrojar por la borda adquisiciones institucionales que son reales y sagradas conquistas humanas".

Toda esa información, toda esa sabiduría fue yendo a parar al basurero de la memoria, toda esos libros se convirtieron en lecturas inconfesables, sucias. Sin embargo el libro de Victor Kravchenko, Yo elegí la libertad, incluye un historia peculiar y reveladora. El 13 de noviembre de 1947 "Les Lettres francaises" una publicación filocomuista francesa publica un "documento sensacional", titulado "Como fue fabricado Kravchenko". El disidente soviético decidió demandar por difamación a la revista. Se iniciaba "El juicio Kravchenko".

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