ALEXANDER LALUZ
La noticia corre por plazas, mercados y altavoces del pueblo: un grupo de alocados artistas argentinos, llamados Babel Orkesta, insisten con la idea de armar una fiesta musical en cualquier parada. Y ojo: la próxima será la sala Zavala Muniz.
Aquí ya están bien fichados por el público. El año pasado llegaron dos veces; en la primera llevaron todos sus bártulos al Auditorio Nelly Goitiño, y como todos, público y artistas, quedaron con ganas de más fiesta, decidieron volver pero al mismo escenario que los recibirá hoy y mañana, a las 21 horas.
Como todo regreso trae cambios, esta vez el combo porteño de cinco músicos y tres actores, pergeñaron una gira por el interior de nuestro país, recalando en Salto, Artigas, Fray Bentos, Paysandú, con una última parada en Montevideo. Salvo en la capital salteña, donde actuaron en el histórico teatro Larrañaga, el resto de los escenarios de la kermesse babélica fueron las plazas principales. Ellos han confesado que es una compulsión irresistible: les gustan los teatros y salas de conciertos, pero la calle les tira y mucho. Entonces no es de extrañar que esta vez fueran por otros espacios públicos. Además, quien se haya plegado al bailongo que alborotó a la Zavala Muniz el año pasado, recordará muy bien que la despedida terminó justamente en las calles de la Ciudad Vieja (y nadie tenía la menor intención de pararlos).
Los confesos implicados en la festichola son: César Pavón (acordeón), Marcelo "Zeta" Yeyati (saxo), Pablo Maitia (guitarra y banjo), Santiago Castellani (tuba y trombón), Miguel Raushc (percusiones varias), más los actores-bailarines Ana Granato, Laura Alonso y Diego Brizuela. Y la propuesta artística busca urdir una trama de colores, gestos, coreografías, sonidos -y por momentos sabores- que vienen de añejas historias, pero articulados en un lenguaje escénico ágil y una realización musical que no escatima swing ni virtuosismo técnico.
En ese plan, el repertorio encadena aquellas piezas que componían las bandas sonoras de las fiestas familiares, de los clubes de barrio, de las escuelas, de un tiempo ya folclorizado, y hasta mistificado por los relatos que se sedimentan en la memoria. Para rastrearlo, sin embargo, no hay que hurgar en la hondura de la historia. Alcanzaría con llegar a ¿los sesenta?, ¿los setenta?..., para toparnos con vivencias de una infancia de patios grandes, algún aljibe, puertas altas y tertulias vecinales, cumpleaños y casamientos. Un paisaje que se repite en ambas orillas del Plata, y sobre el que se siguen edificando (para negarlos o reivindicarlos) nuevos proyectos identitarios.
Había una vez. Este original proyecto musical y escénico tuvo su período de gestación hacia 2007, en la muy porteña capital argentina.
"Un día charlando con Marcelo `Zeta` Yeyati -relató a El País Pablo Maitia-, que es el caño de la orquesta y también de la Mississipi Blues, él me comentó que tenía como la ilusión, las ganas, de concretar un montón de ideas musicales. Eso tenía mucho que ver con un montón de músicas que hace tiempo, desde nuestra adolescencia, veníamos intercambiando".
En ese mismo año, Yeyati estaba en contacto con un muy buen trombonista, Santiago Castellani, que había dado el paso hacia otro instrumento, la tuba. Y por la vuelta también estaba César Pavón, "que es músico callejero desde hace mucho tiempo". Todo un personaje arriba y abajo del escenario: "Él toca en el subte de Buenos Aires, y es un tipo muy famoso allí, es una especie de estrella con mucha convocatoria por lo buen músico que es y su vehemencia para tocar". Así el combo definió su primera formación: Yeyati en saxo, Pablo en guitarra, Castellani en trombón y tuba y Pavón en acordeón. El lugar elegido para los ensayos fue la casa de "Zeta", en Villa Crespo, y allí se comenzó a armar el repertorio con piezas de géneros tradicionales de distintas regiones.
Poco tiempo después el grupo sintió la necesidad de completar la paleta tímbrica con instrumentos de percusión e imaginar una puesta en escena diferente. Es así que Laura Alonso, una de las actrices del grupo y esposa de Yeyati, propone el nombre de Miguel Rausch: un percusionista con mucha experiencia teatral y en el trabajo con objetos y escenografías sonoras. Y ya en el capítulo final de la todavía fresca génesis, Laura se sumó con Ana Granato y Diego Brizuela para crear las dramatizaciones y coreografías para cada número musical.