JORGE ABBONDANZA
Se llama Aliento y es una película coreana que figura entre los próximos estrenos montevideanos. Desde ya conviene mantener al espectador enterado de lo que le espera, porque Aliento es una de esas hazañas de cine poético que rara vez están al alcance de la mano, y por ello la gente debe prepararse. No sólo por la extraordinaria calidad de la obra, sino porque exige a su público una concentración nada habitual, capaz de descifrar los significados que corren por debajo de la anécdota. Es lo que suele llamarse una película difícil, que parece resistirse a abrir su entraña, aunque en este caso todo esfuerzo vale la pena.
La protagonista es una escultora en arcilla y al comienzo del relato trabaja en una figura femenina provista de alas. En su vida doméstica rechaza al marido, pero se siente atraída por un condenado a muerte que espera su ejecución en la cárcel. Visita a ese hombre en un gesto de compadecimiento que se parece oscuramente al amor, estableciendo un vínculo que progresará desde el despliegue teatral -la mujer convierte la sala de visitas en un jardín y allí le canta al condenado- hasta la relación física de escenas finales. Bajo el delicado manejo del libretista y director Kim Ki-duk, la historia ofrece pocas pistas sobre su contenido.
Ese funcionamiento replegado se parece a la vida real, donde las acciones de la gente no siempre revelan el cauce de las emociones o los impulsos que se agitan dentro de cada uno. En la película casi todo ocurre en silencio, las figuras centrales apenas hablan, pero sus relaciones van cargándose poco a poco de una intensidad que demorará en estallar, controlada por las tensiones que mueven a los personajes de manera casi invisible. Desde algún acto inicial de violencia, el conflicto avanza hasta una muerte y una ráfaga de desconsuelo donde alguien deberá elegir qué vida llevar en adelante.
Gradualmente, en ese ejercicio de severa poesía, va insinuándose una metáfora sobre el amor en más de una forma, cuya línea está casi oculta, como sucedía en el cine de Bresson, de Tarkovski, de Olmi o de Satyajit Ray. Se trata de un reservado lirismo salpicado de pocas emanaciones, para que el espectador se sorprenda, después se extrañe y por fin se vea arrastrado a ingresar en la profundidad de un drama. En esta época de películas estrepitosas, una labor tan callada es un acontecimiento para saborear pausadamente.
En las últimas escenas, la mujer destrozará a golpes la escultura ya terminada. La pieza pierde así sus alas, pero secretamente la protagonista también ha perdido las suyas, en una decisión que el final sugiere como otro de los vuelcos de este asunto tan resistente y luego tan irresistible. Entrenado en la sencilla gramática del cine comercial, al público le hacen falta experiencias removedoras como la de Aliento.
Mantenga y vigile el nivel de debate y recuerde que nuestras Normas de Participación implican obligaciones y responsabilidades.