NEW YORK TIMES | C. MCGRATH
Arthur Conan Doyle terminó odiando su mayor creación, Sherlock Holmes, al punto de que en 1893 intentó matarlo arrojándolo de la cascada Reichenbach.
Denominó al acto como "homicidio justificable". "Si no lo hubiese matado, ciertamente él me hubiese matado a mí", dijo.
Si Conan Doyle hubiese podido ser consultor de los guionistas de Sherlock Holmes, la nueva película dirigida por Guy Ritchie, podría haber diseñado, tal como ellos hicieron, peligros más vengativos e imaginativos. Entre ellos están el poner a Holmes ante una sierra en un frigorífico, o dejarlo a punto de ser aplastado por el casquete de un barco en un astillero. Conan Doyle tuvo que inclinarse ante la demanda popular y ante el vacío de su cuenta bancaria y en 1903, luego del éxito de El mastín de los Baskerville, resucitó a Holmes durante 24 años más.
Ahora Holmes es imposible de matar, aunque los puristas dirán sin dudar que la interpretación que hace Robert Downey Jr. en el film de Ritchie, más parecida por momentos a una versión victoriana de El club de la pelea, es peor que la muerte. Incluso la propia muerte de Conan Doyle en 1930 no pudo terminar con el gran detective. Al contrario, impulsó a Holmes hacia la más exitosa y elaborada sobrevida que ningún otro personaje de ficción jamás haya disfrutado. Ha aparecido en incontables películas, obras de teatro y series de televisión; también ha inspirado estanterías completas de secuelas y extensiones e incluso versiones en dibujos animados. Hasta fue interpretado por el Pato Lucas.
¿Habría rechazado Conan Doyle la película de Ritchie? Por supuesto. Y no solo porque el personaje de Downey, travieso y pícaro (y que incluso utiliza maquillaje en cierto punto), más feliz por resolver un crimen a golpes de puño que con su cabeza, mantiene muy pocos parecidos con el personaje que Conan Doyle escribió. Al final de su vida, Conan Doyle se había convertido en una extraña combinación de anticuado y creyente ferviente en la espiritualidad, participante de sesiones de espiritismo. Habría tenido problemas con el argumento de la película, que incluye ocultistas secretos que, en el fondo, son solo charlatanes.
Por otra parte, las escenas de puñetazos limpios en la película habrían sorprendido menos a Conan Doyle de lo que han molestado a algunos críticos. De joven Conan Doyle fue un boxeador meritorio y en un par de historias le atribuye esas mismas habilidades a Holmes. Aunque es probable que nunca haya imaginado que su personaje fuese a tener la habilidad, más propia de Terminator, de analizar las leyes de la física y de la resistencia de los huesos, antes de decidir la manera de convertir a su oponente en una gelatina.
Al momento en que Doyle murió, ya había muchas películas mudas basadas en Holmes, junto con una docena o más de obras teatrales. En muchas de ellas el autor pudo comprobar el enorme atractivo público de su personaje, cosa que, precisamente, era lo que lo molestaba más. El creía que Holmes distraía la atención de sus otros trabajos, más serios, y no le daba ninguna satisfacción el haber creado al primer héroe pop, que trascendió la esfera de los pulps victorianos y ganó una larga vida extra literaria.
EL PLUS. Así y todo, la vaguedad y el hecho de que sea incompleto es lo que lo hace irresistible como figura pop, sobre el que podemos proyectar nuestra propia interpretación. Mucho de lo que sabemos o creemos que sabemos de él (su gorro de caza, las capas y su frase "Elemental, mi querido Watson") no viene de los textos, sino de las subsiguientes interpretaciones del personaje, y en especial de las películas. Ahora hay más de 200 películas y versiones televisivas de Holmes, y los actores que lo han encarnado en la pantalla y en el escenario incluyen a John Barrymore, Raymond Massey, Ian Richardson, Jeremy Brett, George C. Scott, Stewart Granger, Charlton Heston, Roger Moore e, improbablemente, Larry Hagman y Leonard Nimoy.
El más influyente, aquél que aparece de inmediato como la antiversión de lo que hace Downey es Basil Rathbone, quien hizo de Holmes entre 1939 y 1946 y quien le imprimió todos los rasgos asociados a él, como la frente alta, su labia, la lánguida y aristocrática actitud y sus explicaciones con desdén. Esa es la imagen imperturbable que más o menos quedó hasta que Nicol Williamson rompió el molde con su Holmes enloquecido por las drogas en El caso final, la adaptación que hizo Herbert Ross en 1976 de la novela de Nicholas Meyer.
En 1985 tuvimos a El joven Sherlock Holmes, dirigida por Barry Levinson, en el que una versión adolescente del detective resultaba ser, visto en perspectiva, un proto-Harry Potter. Esa película fue producida por Steven Spielberg y ahora sus rastros tipo Indiana Jones aparecen en toda la película de Ritchie.
ciudad. El Londres de Ritchie es un falso Londres, uno en el que el viento sobre el Támesis parece soplar en diferentes direcciones a la vez. El verdadero Londres nunca fue este lluvioso y húmedo lugar, más propio de una novela de ciencia ficción steampunk. Y al mismo tiempo es el Londres que mejor luce, de todos los que Holmes ha habitado en sus apariciones en el cine, y es un recordatorio de que parte del atractivo de los libros y las historias estaba en su atmósfera. Por otra parte, lo más extraño de esta película es que Holmes es querible y atractivo de una manera en que rara vez, o tal vez nunca, fue antes. Atractivo solían ser los rasgos de Watson en el cine, aunque en los libros es heterosexual.
Uno de los personajes en la película destaca que hay una fragilidad debajo de la lógica y el raciocinio de Holmes, y es verdad. El personaje de Downey es necesitado al mismo tiempo que es superior. Él disfruta de mostrar su astucia, pero no tanto por esnobismo sino porque no puede arreglárselas solo. Vive para un público. El aburrimiento, la laxitude, la insinuación del abuso de sustancias, el tocar el violín (o más bien puntear, ya que parece haber perdido el arco) se mantienen, pero su problema parece ser más físico que mental.
Necesita de un caso no tanto para ejercitar su formidable intelecto sino para salir de su casa para buscar objetivos, arrojar puñetazos, usar disfraces o terminar desnudo y esposado a una cama. No se puede evitar sentir que su frustración proviene del hecho de que en los tiempos victorianos la vocación adecuada para él no se había inventado aún. Es alguien que necesita estar en las películas.
Cuatro rostros de los muchos del detective
Basil Rathbone
el que lo definió
Cuando Rathbone encarnó a Holmes en 1939 por primera vez en "El mastín de los Basquerville", también estuvo en la primera película que lo mostraba en ambientación victoriana. Luego lo encarnó en 12 films más.
Peter Cushing
dos veces holmes
Cushing lo interpretó en dos oportunidades. En la recordada versión de la productora Hammer de "El mastín de los Baskerville", estrenada en 1959. Y también lo hizo en la serie que produjo la BBC en 1954.
Christopher Lee
un sherlock veterano
El gran actor encarnó al legendario detective en una serie de películas de televisión llamadas "Sherlock Holmes, los años dorados". Fueron emitidas entre 1991 y 1992 y mostraban a Holmes y a Watson de veteranos.
Dibujo animado
holmes da para todo
El dibujo se llamó "Sherlock Holmes en el siglo XXII" y lo ponía en el futuro usando sus habilidades deductivas. Además de ser dibujo animado, Holmes fue protagonista de historietas, videojuegos y hasta juegos de mesa.
Actitud, diálogos y fascinación
Sherlock Holmes es tan memorable porque, como otros superhéroes posteriores, no es tanto un personaje desarrollado como una colección de rasgos fascinantes. Raymond Chandler se quejó de que Holmes era apenas un poco más que un puñado de diálogos inolvidables y una actitud: la adicción a las drogas, el aburrimiento, el violín, el espectáculo de sus deducciones lógicas. Conan Doyle admitía que esto se basaba en uno de sus viejos profesores de medicina.
Un personaje que evoluciona junto con su público
Decir que nuestra imagen de Holmes ha evolucionado de modo que refleja los cambios en nuestro entendimiento del personaje, es probablemente una limitación. Más bien ha evolucionado simplemente porque las películas han avanzado, y nuestra apreciación de él, tiene detrás ahora una larga historia cinematográfica.
El argumento de la nueva película tiene ecos de El código Da Vinci y de las películas La leyenda del tesoro perdido, con Nicolas Cage. La astuta relación entre Holmes y Watson (aquí encarnado con agilidad y no como un veterano, por Jude Law) puede traer reminiscencias de Butch Cassidy y Sundance Kid. Downey eligiendo sombreros puede recordar su vieja interpretación de Chaplin, quien, casualmente, había actuado en una de las primeras películas de Holmes.