María Julia Pou
Hasta ahora, gran parte de la humanidad estuvo pendiente del campeonato mundial de fútbol. Más de mil millones de personas lo vieron, lo comentaron, discutieron, se alegraron, lloraron por una competencia deportiva. Por supuesto que no desaparecieron ni el terrorismo ni las inundaciones ni las guerras ni las injusticias. Pero al igual que en la Antigua Grecia con motivo de las Olimpiadas, hubo una suerte de saludable tregua en muchos corazones. El fútbol ha desalojado a todos los demás deportes como la forma de relacionamiento competitivo. La difusión de esta linda forma de ejercicio y de competencia tiene una gran deuda para con Joao Havelange, ese gran presidente de la FIFA que sembró en África la afición por el balompié. El fútbol es tremendamente simple de practicar. Una pelota no siempre de cuero, un terreno llano y cuatro objetos para marcar la meta o arcos alcanzan para que un puñado de chicos aprendan a jugar, a ganar o a perder que son los tres nobles atributos de todo deporte. Estamos muy lejos de aquellos equipos de 1930 y aun de 1950. Centenares de formaciones nacionales han participado del proceso de selección y de la propia competencia final en Sudáfrica. Ni razas ni religiones ni culturas han contado, solamente la habilidad, el coraje y la resistencia física. Toda una lección que da para reflexiones profundas sobre el lado bueno que todos los seres humanos tenemos.
Resulta obvio señalar lo que ha sido siempre para nuestro país esta afición. El seleccionado que nos representó merece todas las felicitaciones, tanto por su conducta deportiva como por su sereno, sencillo y humilde comportamiento dentro y fuera del campo de juego.
Llegamos lejos, más lejos de lo que las frías posibilidades podían indicarnos y por supuesto menos cerca de lo que hubiéramos deseado. Los festejos han sido ejemplares y el flamear de la bandera nacional en abrumadora mayoría por sobre lo que podría haber sido identificaciones deportivas o políticas a todos nos alegro. ¿Por qué ese entusiasmo nacional?
Por supuesto que no hay una sola explicación o respuesta. Pero a nuestro juicio hay una y muy válida, es el deseo, el hambre y la sed de que al país le vaya bien, de que lo positivo se imponga a lo negativo y que dejemos las pálidas a un costado para extremar el esfuerzo, mejorar la educación, y comprobar que solo con empeño se llega lejos.
La mayoría de las estrellas volvieron desde lejos y al volver a usar la celeste recuperaron su sentido de pasión y de juego colectivo. Todos jugaron para todos, comprendiendo cabalmente que no gana uno sino que la victoria es de todos, de los que hacen goles y de los que atajan penales y vaya si lo agradecemos, sino de los once que están dentro de la cancha y de los que están afuera y hacen fuerza y sufren también en pro de la victoria.
Ahora toca a los expertos el análisis profesional deportivo y a las peñas televisivas o de cualquier esquina, discutir durante meses sobre el tema.
Finalmente digamos, y no solo por razones históricas y sanguíneas, que nos alegramos del triunfo de España, por cierto que bien merecido.