JORGE ABBONDANZA
A cualquiera se le parte el alma mirando por televisión la llegada de inmigrantes africanos a la costa de Canarias, de Gibraltar o Sicilia. Esa conmoción se acentúa cuando pueden verse las alambradas de púas que los españoles levantaron en Ceuta y Melilla -o las que colocaron los norteamericanos en su frontera con México- para impedir el paso de otros inmigrantes que acechan tras esas barreras. Pero la desolación se convierte en miedo cuando se observan los tumultos provocados por muchachos magrebíes en algún arrabal de París, porque allí hay un síntoma de la incomodidad con que esos sectores se injertan en una sociedad que los discrimina y les da un destino marginal.
La ONU calcula que en el mundo existen unos 214 millones de emigrantes. La cifra es colosal, pero más preocupante es que esa masa de desplazados haya crecido un 37% en los últimos veinte años, con picos del 41% en Europa y 80% en EE.UU. durante el mismo período. Los extremos de opresión política, la penuria económica, el desempleo masivo y las guerras, son algunos de los motores que empujan ese movimiento humano, "mayor que en cualquier otra etapa de la historia del mundo", según los especialistas. Actualmente, la cuarta parte de los menores de 18 años que viven en EE.UU., son inmigrantes o hijos de inmigrantes. La décima parte de los habitantes de Francia o España procede de otros países y mucha de esa gente sobrevive en la ilegalidad.
Las columnas de emigrantes siguen marchando hacia los mercados ricos que pueden ofrecerles una vida mejor. Para eso desafían cualquier riesgo (la muerte en alta mar, el clandestinaje, la expulsión) por no hablar de la separación familiar, los amargos contrastes culturales, la humillación racial o el aislamiento social. En un primer plano, esa multitud forma el cuadro desgarrador propio de los grandes dramas colectivos. En un segundo plano, su presencia en tierra extraña levanta ondas de xenofobia y episodios de violencia como derivado de todo choque de culturas.
En un tercer plano, esa cruza determina una nueva configuración social, un mestizaje de costumbres, ideas y comportamientos que asusta a algunos y seduce a otros. Bajo el embate de la marea migratoria, los pueblos reaccionan de distintas maneras y pueden producir consecuencias inéditas, como un presidente norteamericano de raza negra, o provocar efectos inquietantes como el avance de la ultraderecha en elecciones de Holanda o de Francia. Ante esa movilidad, las cartas se barajan de otra forma: los países que en el pasado despachaban más emigrantes (España, Italia, Irlanda) hospedan ahora a los nuevos inmigrantes, los filipinos y paquistaníes son la fuerza de trabajo en el Cercano Oriente, las cocineras mexicanas enseñan español a sus patrones yanquis, las mezquitas se multiplican entre campanarios europeos. Nada volverá a ser como era.