Javier García
El Presidente tiene en sus manos la reconciliación del país. Cualquier otro que quisiera hacerla no tendría la legitimidad de quien ejerce hoy la presidencia y ayer empuñaba armas e integraba uno de los bandos enfrentados. Hoy él es el mando superior de quienes lo apresaron y detuvieron en condiciones infrahumanas durante trece años.
Si tiene voluntad, un solo escollo deberá sortear: su propio grupo político. Es el obstáculo más difícil: o perpetúa su pasado, o ejerce de presidente de todos los uruguayos.
Las primeras señales que dio van en buen sentido. Se acordó de los militares, ya no como Fuerza Armada sino como simples uruguayos que deben parar la olla y educar y vestir a sus hijos. Estos soldados de hoy no tienen nada que ver con aquellos que lo enfrentaron a él cuando quiso tomar el poder ilegítimamente, y después dieron el golpe de Estado, violando, ellos, la Constitución.
La reunión del pasado martes en Durazno con los militares fue positiva, pero careció de un gesto democrático que hubiera sido una muy fuerte señal política: haber invitado a estar presente a la oposición por intermedio de las comisiones de Defensa del Parlamento.
La unidad nacional proclamada requiere de dos cosas: que simultáneamente haya un clima de reconciliación, de mirarse ya no con afecto pero sí con mirada de compatriota. Nadie va a pedir a los familiares de los desaparecidos que dejen sus reclamos, porque no corresponde y además porque no sería humano hacerlo, pero todo el resto de los uruguayos deberíamos encarar esa tarea. Y lo segundo es que esa unidad sea entre todos y cuando se dice esto se debe incluir a todos los partidos. El presidente pidió unidad nacional pero lo hizo excluyendo a los partidos políticos de la oposición de la reunión con las Fuerzas Armadas donde la proclamaba.
Pidió a los soldados que ayuden en el combate a la pobreza, mediante su participación en un plan de viviendas y en la construcción de vías férreas. Hay que advertir que dentro de esa pobreza y más aun en la indigencia, se encuentran miles de esos soldados que estuvieron frente a él. Que asentamientos irregulares son el medio de vida de muchos de ellos, y que en los cuarteles se alimentan aun en días de descanso para cumplir con el estómago.
La cuarta parte de sus hijos abandona el sistema educativo, siendo esto quizás la forma más efectiva de condenar a estas familias a perpetuar su pobreza.
Basta conocerlos para saber de sus penurias y de su pobreza. El informe de transición que hicieron las anteriores autoridades del ministerio de Defensa reconoce esta realidad, aunque nada hizo para superarla. Pero además afirma que hablar de estas cosas "no goza de buena prensa", como aviso al navegante y como excusa. Mala prensa debería tener la discriminación y no la inclusión.
Son pobres miles de ellos, pero además estigmatizados, por algunos, por su uniforme de trabajo, o por haber seguido una vocación.
Unidad nacional claro que sí y desde ya, y para buscarla lo único que hay que hacer es aplicar la Constitución que nos obliga a no reconocer otra distinción entre orientales que la de sus talentos o sus virtudes.