En sus primeras decisiones, el presidente electo José Mujica ha marcado varias diferencias con la gestión anterior. Una de las más importantes ha sido la de modificar el criterio de distribución de los ministerios por sectores políticos, para pasar a un sistema en el que el ministro pertenece a un sector, y el subsecretario a otro. Esto, si bien evita que las secretarías de Estado se vuelvan cotos cerrados de cada grupo, tiene la desventaja de que pone a liderar un área importante de la realidad nacional a dos personas que pueden tener visiones bastante diferentes acerca de cual es el camino a seguir.
Un ámbito donde esto parece que puede ocurrir es en la Cancillería. El nuevo presidente ha designado como ministro a Luis Almagro, funcionario de carrera que recientemente se desempeñara como embajador en China. De segundo, llevará a Roberto Conde, dirigente del Partido Socialista, que fuera la voz cantante de la bancada oficialista en el Parlamento del Mercosur. Difícil encontrar a dos personas con experiencias recientes más diferentes.
Como embajador en Beijing, el futuro Canciller debe haber experimentado con crudeza la nueva realidad global. Una realidad que marca que el continente asiático es el gran mercado de hoy, en el que el océano Pacífico se está convirtiendo en la principal ruta comercial del mundo, y en el que países como China, India, Corea y Japón son las nuevas potencias globales. En sus primeras declaraciones y expresiones previas parece estar claro que entiende esa realidad y está dispuesto a trabajar en consecuencia.
Como representante uruguayo en el Parlasur, el futuro subsecretario debe haber experimentado todo lo contrario. Un bloque sin ideas claras, con notorias discrepancias entre sus socios, donde cada uno tira para su lado, y se sigue buscando afuera las culpas de los propios fracasos. Basta ver lo que ha sucedido con el tema del ingreso de Venezuela y del arancel externo común para darse cuenta que la cosa ahí no marcha. Sin embargo, en sus primeras declaraciones, Conde se ha manifestado como un radical en cuanto a apostar todas las fichas al Mercosur. ¿Qué línea seguirá entonces la Cancillería? ¿Buscará una mayor apertura al mundo? ¿Seguirá atada a una región que ni avanza como tal, ni nos deja avanzar en solitario?
Mujica ha dicho que su eje central será la región. No es el primero que asume con esa idea, pero que la realidad termina vapuleando. Desde la administración del Dr. Lacalle, hasta la del Dr. Vázquez , todos los gobiernos han creído en el proceso de integración regional. Se abrieron las fronteras comerciales (lo que generó mucha de esa "desindustrialización" que hoy se achaca a los pérfidos "90") y recibimos de nuestros vecinos devaluaciones inconsultas, políticas de estímulo industrial unilaterales, trabas paraarancelarias, y un interminable etcétera. Así muchos rubros en los que éramos competitivos dejaron de serlo, las fábricas de neumáticos cerraron, las de bicicletas se reconvirtieron en importadores. Otro ejemplo que duele es lo que pasa con Metzen y Sena, fábrica que acaba de enviar a miles de obreros al seguro de paro, y muchos de cuyos problemas comenzaron cuando apostó al gas que nos iba a vender Argentina como principal matriz energética. Luego el gobierno de los Kirchner nos cerró el grifo para subsidiar su mercado interno, y nos dejó "enterrados" con inversiones millonarias en gasoductos por los que hoy nada circula.
El Mercosur así como está no funciona. Argentina y Brasil se pelean por cupos para vender lavadoras, Uruguay pena para pasar unos camiones con arroz y Paraguay suplica por unos pesitos más por Itaipú. Mientras tanto, Chile tomó otro camino y es el país más exitoso de la región, tanto en crecimiento como en reducción de la pobreza. Está bien "cuidar" la relación con los vecinos, pero es vital saber que para Uruguay hay un mundo de oportunidades fuera de la región que no se pueden dejar pasar. Porque la prioridad de un mandatario debe ser ayudar a la prosperidad de su pueblo, por encima de sentimentalismos que, ni son correspondidos, ni llevan a ningún lado.