La guerra de afganistán contada por los soldados

Discusión. España debate sobre la permanencia de las tropas y el daño causado

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EL PAÍS DE MADRID

Son más de 10.000 los militares españoles que pasaron por la guerra de Afganistán en 8 años. El recuerdo de lo que vivieron aviva la discusión de si es necesario que la invasión en Medio Oriente continúe.

"Mucha gente piensa que estamos allí repartiendo comidas y sonrisas en plan ONG, pero aquello es una guerra, y una guerra sucia, porque ellos no dan la cara: atacan y se refugian entre la población civil". A sus 24 años recién cumplidos, el soldado Rubén López García habla con el fundamento que le dan una pierna amputada, otra desgarrada y una mano maltrecha, secuelas del ataque que el 24 de setiembre de 2007 causó tres muertos y seis heridos a un convoy militar que circulaba por las inmediaciones de Shewan, en Afganistán.

A Rubén López le ha quedado la Medalla al Mérito Militar, una indemnización de unos US$ 54.000 y una pensión vitalicia. Vive con su perro en un piso de planta baja en Albacete y vuelve a tener novia. Ya no sufre pesadillas. "Cuando empezaba a conciliar el sueño sentía un golpe fortísimo en la cara, como un sartenazo; pero eso ya pasó", dice.

Más de 10.000 militares españoles han pasado por este país de Asia central desde que, hace ocho años, el Ejército puso sus pies allí.

Veintitrés contingentes de soldados que han recibido su bautismo de fuego en las desoladas montañas y los desiertos lunares afganos bajo la climatología extrema del viento abrasador y el frío glacial. Chicos, por lo general muy jóvenes, endurecidos en las patrullas de reconocimiento de nueve jornadas consecutivas, que aprendieron a cuidarse de las emboscadas en los desfiladeros y de los suicidas hombres bomba, a dominar los nervios nocturnos cuando los morteros hurgan en la oscuridad y el silencio buscando la base de Herat, donde toda luz está terminantemente prohibida.

Por limitada que haya sido su estancia, estos soldados llevan ya en su piel el sello de Afganistán: el sabor y el olor de la miseria y el del polvo masticado en los caminos, el del arroz con cordero y el del comino y el azafrán. Ellos guardan en sus retinas la belleza salvaje del país, y en su bagaje militar no faltará ya nunca el historiado relato afgano.

"No he podido olvidar la escena de aquel día que patrullábamos a pie por un pueblo y llegamos cerca de una casa en cuyo patio se veía a una mujer y unos niños. Cuando el marido se dio cuenta de que íbamos a pasar por delante, cogió un palo y empezó a pegar a su mujer. La metió dentro de la casa a palos, como si fuera ganado. Allí, la mujer vale lo que un puñado de ovejas".

"¿Recuerdas cuando el cabo nos comunicó que el termómetro del blindado había estallado al sobrepasar los 59 grados?"

"¿Y aquella tormenta de arena y piedra que detuvo el convoy y nos obligó a encerrarnos? Al menos sabíamos que mientras durase, los talibanes no podrían venir a por nosotros".

"A mí me vienen a la memoria los autobuses abarrotados de gente que transportaban coches en el techo".

"Estás en medio del desierto, a más de 50º, sin restos de civilización ni de vegetación en muchos kilómetros a la redonda, y, de repente, aparecen unos niños corriendo descalzos en medio del pedregal".

Miles de despedidas y recepciones en los aeropuertos, miles de familias en vilo pendientes de las noticias a las que se sumarán ahora dos centenares más. Aunque la presencia española no es abultada -algo más de un millar de soldados encuadrados en la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad, organizada por la OTAN (ISAF)-, España ha pagado un tributo humano de 89 bajas

El coronel Emilio Sarabia, responsable hasta hace cuatro meses de la unidad destacada en Badghis, recuerda que la misión más comprometida realizada por las tropas españolas ha sido la apertura de la ruta Lithium que enlaza Qala-i-Now y Balamurghab.

"La insurgencia la mantenía cerrada desde tiempo atrás, pero nosotros la abrimos batiendo el terreno y controlando las alturas durante cuatro días. Escoltamos un convoy logístico y ahora la policía afgana ha asegurado ese paso estratégico con algunos fuertes".

Muy orgulloso del trabajo realizado en tierra afgana, el coronel elogia la calidad humana y profesional de los soldados españoles. "Créame, que son de lo mejorcito. A la capacidad, valentía y disposición añaden la generosidad. Con los beneficios del bingo de los viernes han financiado un campo de balonvolea, deporte nacional afgano, en el orfanato construido por España en Qala-i-Now que lleva el nombre de `sargento Abril", muerto en aquellas tierras.

Según apunta un militar destinado en Kabul, una de las primeras cosas que se perciben nada más llegar al aeropuerto es el olor fétido, pestilente, de las aguas negras residuales, que, a falta de alcantarillado, discurren por las calles.

"No hay casi semáforos, calles asfaltadas, ni alumbrado. Vives en una tensión permanente, con los nervios a flor de piel. Si te paras por un socavón o un atasco, debes evitar a toda costa que te abran las puertas, porque no sabes si van a pedirte dinero o a meterte una granada. Además, tratan de que les golpees con el coche para reclamar una indemnización. Yo he pasado momentos muy jodidos con turbas de manifestantes enloquecidos, situaciones en las que te la juegas porque eres tú o ellos. Se producen ataques y refriegas cada dos por tres, pero en España preferimos la versión edulcorada por aquello de que lo nuestro es una misión de paz", ironiza Pablo Yuste.

retirada. "¿Hay que retirarse de Afganistán?", se le pregunta a Rubén López; y este chico, que ahora estudia para sacar el bachillerato -"quiero defender como abogado a mis compañeros soldados"- y tiene que moverse en su casa con muletas, responde que no, que España es muy útil allí.

Claro, que él responde a ese modelo de voluntario pedernal que le llevó a alistarse porque le aseguraron que era la unidad militar más dura. Rubén no culpa a nadie de lo que le pasó, pero sugiere que el Gobierno haría bien en revisar el blindaje de los vehículos

"Tampoco los chalecos antibalas son buenos. El bolsillo que llevan para guardar la chapa de identificación es poco resistente y se rompe fácil, así que tienes que llevarla con cinta aislante. Y además, son incómodos: no puedes apoyar en ellos la culata del fusil".

"He estado allí dos años y medio y todavía no he conseguido hacerme una opinión inmutable sobre si la fuerza militar internacional debe estar o no", indica Diego Cameno, que se ocupa de la financiación de proyectos por encargo de la Comisión Europea.

"La retirada abocaría a una guerra civil abierta, pero esa guerra ya está ahora mismo planteada. Creo que la intervención militar ha sido muy torpe, ha causado grandes desplazamientos y bajas injustificadas en la población civil, mientras los señores de la guerra se quedaban con el dinero internacional. Ahora, todos ellos corean el grito de guerra: `Muerte a los extranjeros`", apostilla.

El general Miguel Ballesteros, director del Instituto Español de Estudios Estratégicos, cree que, dada la situación, ya no se trata tanto de ganar la guerra a Al Qaeda como de impedir que Afganistán se convierta en un Estado fallido que pase a manos talibanes y desestabilice a su vecino, Pakistán.

En su opinión, "hay que multiplicar los esfuerzos para acelerar la formación de unidades del ejército y de la policía afganos". La salida forzada de las tropas internacionales "podría suponer el reforzamiento de Al Qaeda, que lo explotaría como la única organización capaz de provocar la retirada de dos potencias: la Unión Soviética, en 1989, y ahora, EE.UU. y la OTAN".

Según eso, el pasado podría reaparecer en Afganistán y actualizar el cuadro de situación que el periodista Wojciech Jagielski encontró en Kabul tras la derrota soviética:

"Media ciudad quedó cubierta de cintas marrones, procedentes de casetes de audio y vídeo. Estas guirnaldas de celuloide que susurraban al viento, así como los televisores colgados con cuerdas de los árboles y las farolas, como si se tratara de criminales atrapados in fraganti, habrían de convertirse en el símbolo de la nueva época. La ejecución de los televisores, el silencio absoluto que se apoderó de la ciudad tras anunciarse la prohibición de escuchar la música que los talibanes consideraban pecaminosa, la obligatoriedad de ir a rezar a las mezquitas y la marginación social de las mujeres, tratadas a veces de un modo que iba más allá de la marginación, fueron el precio...". (Fragmento del libro "Una oración por la lluvia", de Wojciech Jagielski).

La cifra

10 mil Es la cantidad de soldados españoles que han pasado por Afganistán desde que comenzó la invasión de los aliados en 2003.

No basta con el dinero

El ejército español que pelea en Afganistán recibe una paga casi tres veces superior a la de los que permanecen en su tierra. Sin embargo, no es esto lo que reclaman: buena parte de los que van a tierras afganas pide un mayor aliento y consideración sociales. Se trata de carencias que, por lo visto, no encuentran compensación completa en la paga, ni alteran el móvil vocacional. "Cuando ves a tus compañeros en un ataúd, te das cuenta de que esto no está bien pagado, aunque yo cambiaría el dinero por un mayor reconocimiento de la sociedad. Muchos preferiríamos que España entera se sintiera orgullosa de sus Fuerzas Armadas", enfatiza un soldado que fue herido en Afganistán.

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