Luciano Álvarez
El sentido del bien no otorga el monopolio de la virtud y menos aun las herramientas para lograrla. Sin embargo, nos hemos acostumbrado al agravio político que consiste en acusar a los adversarios de ser enemigos del bien común, simplemente porque difieren sus caminos para llegar a él. Bajo las banderas del bien común se han creado regímenes perversos y criminales y se han perpetrado ingenierías sociales de fatales resultados.
La revolución industrial, la avalancha social de los desposeídos de Europa y el explosivo aumento de las ciudades habían conmovido profundamente el universo religioso de los Estados Unidos, a mediados del siglo XIX. Para la mayoría de los protestantes, la ciudad era un símbolo de todo lo malo, "un mundo extraño y hostil, desesperadamente empapado en el licor y en el romanismo (catolicismo)" dice el historiador Ronald E. Osborn.
Por entonces se multiplicaron organizaciones como la Sociedad Americana de Temperancia, que hacia 1840 contaba con 350.000 personas que habían firmado un voto de abstinencia total. Existían decenas de organizaciones similares, tales como la Unión de Temperancia Cristiana de las Mujeres (1874), o La Liga Anti-tabernas (1893).
Estos grupos de evangelización moral solían unir palabra y acción directa. El ministro metodista George C. Haddock desalojaba las tabernas de Sioux City, una pequeña ciudad del estado de Iowa, blandiendo una rueda atada a una cuerda, moviéndola en remolino, hasta que fue asesinado por el jefe de una fábrica de cerveza.
El personaje más famoso entre los destructores de tabernas fue Carrie Moore (1846-1911), nacida en Garrard County, Kentucky. Tenía 21 años cuando se enamoró del médico Charles Gloyd; se casaron pese a la oposición de sus padres.
Gloyd era alcohólico y el matrimonio no apaciguó el vicio. Al poco tiempo, embarazada, Carrie decidió abandonar a su marido y regresar a la casa paterna "Si me dejas, en seis meses seré un hombre muerto", le dijo y cumplió; un año más tarde murió de cirrosis.
La vida se hizo cuesta arriba para la joven viuda de 23 años. Carrie rogaba a Dios por un marido que pudiera apoyarla.
Lo encontró en David Nation, un hombre virtuoso, abogado, periodista y pastor, 19 años mayor que ella.
Tampoco en esa pareja encontró la felicidad. David era un individuo gris, tenía mala salud, escaso empuje y carácter, algo que le sobraba a su mujer, al punto de interrumpirlo durante sus sermones, para corregirlo.
Por otro lado, Carrie estaba alcanzando notoriedad como líder de los grupos de mujeres activistas. Se estaba haciendo célebre como Carry A. Nation, una pequeña modificación de su nombre de casada que hacía un juego de palabras que puede traducirse como "levantar una nación".
Vistas desde hoy sus fotos oficiales -pueden encontrarse en Internet-son literalmente indescriptibles por su carácter estrambótico. Basta decir que era una mujer enorme para la época -- 1.82 de estatura y 80 kilos de peso-- vestido de negro, con una cartera en su brazo, una Biblia en una mano y un hacha en la otra. La Biblia para orar, el hacha para destrozar tabernas.
Mientras sus compañeras rezaban y cantaban himnos, rompía mobiliario y botellas mientras gritaba: "¡Chas! ¡Chas! ¡En el nombre de Jesús, rompo todo!"
En 1901, después de 29 años de matrimonio David pidió el divorcio argumentado: "me casé con esta mujer porque necesitaba a alguien para dirigir mi casa", y ella había desertado de sus deberes hogareños.
Las campañas de Carry A. Nation no sólo incumbían el alcohol y las tabernas, sino también el voto femenino, la lucha contra el tabaco o el uso del corsé, por sus riesgos en la salud de las mujeres.
Siempre usaba métodos expeditivos y frases contundentes como su apelación en la campaña por el voto femenino: "Vd. me niega el derecho al voto y yo tengo que usar una piedra."
Tampoco le faltaba sentido del marketing. Registró su nombre como marca, vendía réplicas y recuerdos basados de su famosa hacha, publicaba revistas e incluso no se negaba a presentarse en ferias y espectáculos.
Eso le permitió financiar ampliamente su movimiento y pagar multas y fianzas; entre 1900 y 1910 fue arrestada 30 veces por cuenta del uso de su hacha.
Cerca del final de sus días publicó su autobiografía. "El sentido y las necesidades de la vida de Carry A. Nation, escrita por ella misma" (1908) Murió en Leavenworth, Kansas, el 9 de junio de 1911.
La Asociación de Mujeres Cristianas Abstemias escribió su epitafio: "Hizo lo que pudo".
Otros muchos siguieron "haciendo lo que podían" y lo hicieron con tal peso político que el 17 de enero de 1920, cuando habían pasado nueve años desde la muerte de Carry A Nation, se aprobó la decimoctava enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, conocida como Ley Volstead. Aunque el redactor fue realmente Wayne Wheeler de la Liga Anti-tabernas.
Se prohibía la elaboración o el tráfico de cualquier bebida embriagante El mundo la conoció como "Ley Seca". En vísperas de su entrada en vigor, su patrocinador, Andrew Volstead envió un mensaje a todo el país:
"Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno.".
Otros países, como Suecia habían hecho experimentos sociales semejantes, pero los derogaron rápidamente.
En cambio en los Estados Unidos fue ratificada en 1928; en la campaña electoral de 1929 el presidente Hoover sostenía aun que "la Prohibición es un experimento social y económico, grande y noble".
Por fin la administración Roosevelt logró derogarla, el 5 de diciembre de 1933. Fue necesaria la Enmienda constitucional Nº 21 que revocaba por vez primera en la historia de los EE. UU. una enmienda constitucional anterior.
Este "experimento social y económico, grande y noble" duplicó el número de tabernas que pasó de 15.000 legales en 1919 a 32.000 clandestinas, en 1921; en todo el país había unas 100.000. Para abastecerlas se creó un inmenso mercado negro, producto del contrabando y fábricas clandestinas que muchas veces producían bebidas sustitutivas adulteradas o altamente tóxicas.
Como resultado, 30.000 personas murieron por ingerir bebidas hechas a base de alcohol metílico; 100.000 sufrieron lesiones permanentes como ceguera o parálisis; unas 270.000 fueron condenadas por delitos federales relacionados con el alcohol, de las cuales un cuarto fueron sentenciadas a prisión y el resto multadas.
Los proveedores del gigantesco mercado clandestino ganaron fortunas inimaginables.
Estos nuevos hombres de negocios, como se autodenominaban, eran Johnny Torrio, "Big Jim" Colosimo, Bugs Moran y Al Capone.