ALEXANDER LALUZ
Luego de la gala inaugural del Auditorio Nacional Adela Reta, la Orquesta Filarmónica de Montevideo se instala hoy en la sala Eduardo Fabini con un programa de intensa y épica expresividad: la Sinfonía N° 2 Resurrección de Gustav Mahler.
Esta interpretación forma parte del proyecto de Javier Logioia Orbe, actual director artístico de la Filarmónica, de realizar a lo largo de su gestión, y bajo su batuta, la integral sinfónica del compositor austríaco. Una idea que apunta, entre otros objetivos, a levantar el nivel técnico e interpretativo del colectivo sinfónico.
La obra elegida exige, además de un numeroso plantel de instrumentistas, un coro y dos voces solistas. Y para esta oportunidad fueron invitados el coro estable del Sodre, la soprano brasileña Luisa Kurtz y la mezzo uruguaya Adriana Mastrángelo. Dos voces líricas con amplios y destacados currículos, donde la ópera y la lírica sinfónica o camerística ocupa un lugar muy importante.
El público seguramente ya no tendrá problemas en ubicar a Mastrángelo. Sobre todo a partir de este año en que aumentó notoriamente (era una deuda pendiente) su presencia en nuestro país. Meses atrás la hemos escuchado en el ciclo Martes de Cámara del Sodre, y el pasado sábado en el concierto de inauguración del Auditorio, cantando en la Novena sinfonía de Beethoven.
Su voz será, sin duda, todo un aporte a la versión de esta Sinfonía N°2 Mahler. Contenida y a la vez con un gran caudal de volumen, sus interpretaciones manejan una amplia gama de matices y sutilezas, con las que completa abordajes muy serios y cuidados de cada pieza de su repertorio. Una voz que amerita una escucha atenta.
La riograndense Luisa Kurtz, por su parte, viene con una formación y experiencia en escenarios muy interesante, en la que parecen no gravitar los pocos años que lleva de carrera. Los premios recibidos y los papeles operísticos que ha cantado, son su primeras y elogiosas credenciales.
Quien conozca esta extensa sinfonía mahleriana, y especialmente el programa narrativo que la acompaña, bien podría imaginársela como una metáfora romántica del proceso vivido por este nuevo Auditorio Nacional. Ese texto, que su época (hacia fines de los años ochenta y principios de los noventa del siglo XIX) sólo fue conocido por algunos allegados al compositor, parte del tópico dramático de la muerte para el primer movimiento, escenificada imaginariamente en un funeral y plasmada en la partitura con la pregunta "¿hay vida después de la muerte?" El recuerdo de la vida perdida, y sus momentos de felicidad sirven de soporte simbólico para el segundo movimiento. La pérdida de la fe y la esperanza llena de tensión el tercero. Pero la luz despeja sombras en el cuarto, con un lied memorable. Al final, en el movimiento más extenso, Mahler reúne las preguntas existenciales anteriores y las convierte luego en una exaltación a la vida y a Dios con la orquesta y el coro a pleno.
Como toda obra de arte, estos campos de significación pueden moverse hacia múltiples direcciones, no resignando ni agotando el plan de Mahler a sus románticas intenciones de corte existencialista. Por ello, jugar a establecer paralelos con alguna realidad presente no parece tan descabellado.
No obstante, la idea de este concierto va por otro lado. Primero, desafiar a la orquesta con una obra que tiene un complejo de exigencias muy grande, que va desde los estrictamente técnico y físico (resistir una obra realmente muy extensa), como por la intensidad dramática y la diversidad de materiales musicales utilizados, en los que Mahler desplegó su por entonces ya reconocido virtuosismo. Después, y no menos importante, desafiar al público con esos mismos elementos y con un título rara vez programado en nuestro medio, cuyo antecedente más reciente es la interpretación que realizó la Ossodre, con David Machado en el podio, hacia los años ochenta.