Hace unos años, Inés Amézaga Feijóo, bisnieta del Presidente Juan José Amézaga, Licenciada en Relaciones Internacionales y actualmente cursando el Doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad de Salamanca, quiso conocer el Museo Histórico Nacional. Con gusto, Enrique, entonces Director del mismo, la recibió. Quiso la casualidad que la hiciera sentar en su escritorio, que el Presidente Amézaga donó al Museo, después de haberlo utilizado en el Banco de Seguros.
Aquel hombre delgado, pequeño, pero de voz fuerte y tono sentencioso, vivió los momentos de mayor realización de su vida en ese escritorio, rodeado de los tesoros del Museo que alberga la historia del país. Entregado a la docencia como historiador desde 1959, llegó a la Dirección con la carga tremenda de suceder a don Juan Pivel Devoto, y vaya si lo hizo con eficiencia y dignidad. Participante de la rueda de redacción de los miércoles en el diario, solía quejarse del descenso del nivel cultural del país, con una juventud que no lee, y un hombre promedio que confunde lo que son medios, como si fueran fines, la televisión, o la computadora.
Blanco por definición racional, porque la connotación entraña la reivindicación de los valores criollos, quizá su libro "Aparicio Saravia. Las últimas patriadas" haya sido la obra que lo consagró.
Nació blanco, y por blanco pagó con su cese en el cargo, al que tanta jerarquía le dio. Pero la Comisión de Amigos del Museo Histórico Nacional no quiso que se fuera y lo mantuvo en lo que fue su pasión, como Asesor Vitalicio. Y su sombra venerada quedará para siempre, junto con la de Pivel, jerarquizando el escritorio de Amézaga, en donde recibió a Inés.
R.S.R.