Enrique Beltrán
Este es el último Recodo antes de la jornada electoral del 29 de noviembre. Con mis noventa y un años he vivido muchas y diversas jornadas electorales. Más de las veces, me tocó vivir la derrota de nuestro Partido, aunque la dicha de verlo triunfar después de noventa y tres años me hizo partícipe y testigo de una hazaña cívica de la que no sé si hay ejemplo en el civismo mundial. En esa jornada quedaron incorporados como valores esenciales de nuestra dinámica democrática, tanto la rotación de los partidos en el poder que, aunque prevista en la Constitución, no la consagraba la realidad, así como la entrega del poder, que en aquel caso, además de una obligación fue un ejemplo. El gobierno del Partido Colorado después de casi un siglo al frente del Poder, pudo tener la tentación de sentirse su dueño. Hoy con un mero quinquenio de gobierno buena parte del oficialismo ha procedido muchas veces como si lo fuera. Pudo más entonces, que tentación alguna su vocación democrática y el respeto a la Constitución.
Creo que en ninguna de las elecciones que me ha tocado vivir, he sentido más comprometida la suerte del país democrático, que en las que pronto celebraremos. En ellas se arriesgan los valores más entrañables de nuestra comunidad, aquellos que hacen a su propio ser nacional y a la dignidad y valor de cada ser humano. En juego está el valor de su libertad, cuestionado por una suerte de pretensión mesiánica, hija menor de todas aquellas que en América y en el mundo sembraron tragedias y fracasos donde pretendieron imponer su autoritarismo. Tengo la impresión, que son muchos los ciudadanos que no parecen creer que en la decisión de las urnas se halle en juego buena parte de esos valores. Me resulta difícil concebir que si lo advirtieran, tuviese Mujica el apoyo que registran las encuestas. Sus antecedentes, sus decires inagotables, contradictorios que tornan impredecible su rumbo, pues "como digo una cosa digo la otra" sus amistades predilectas tales como Chávez, los Kirchner, los Castro, que promocionan su candidatura como si nuestro país fuera el suyo, traducen que las inclinaciones democráticas no forman parte de sus inquietudes ni de sus afectos. El quinquenio de gobierno próximo a finalizar, fue presidido por una figura como la del Dr. Vázquez que no renegó en ningún momento de la democracia. Sin embargo con su férrea mayoría parlamentaria sobrevino el frecuente hermetismo de los engranajes de poder, un exclusivismo político que no conoció tregua, así como el reiterado rechazo al contralor de las minorías. Algunas de las muchas irregularidades solo trascendieron, en la mayoría de los casos, por razones casuales como fueron las que asomaron en Antel, o por la dimensión del proceso infeccioso, que afloró casi por sí solo, como fue lo ocurrido en el Maciel. Aún en gobiernos democráticos cuando se toman muchos de los resortes del poder también se multiplican los riegos de su abuso.
¿Qué esperar de un presidente, cuando él y los grupos más allegados, que lo votaron, y lo proclamaron han revelado que no creen en las instituciones democráticas por lo que se demuestran especialmente solidarios con aquellos regímenes que las han hecho sucumbir, o las van asfixiando hasta matarlas? Lo que creo está en juego en la definición de las urnas es una convivencia nacional en libertad y en tolerancia, o una encogida solo a los que piensan de una misma manera.
Esta voltereta final de la fórmula para propiciar en caso de triunfo de un gobierno nacional después de su reiterado y soberbio sectarismo es un desesperado llamado que no se toma en serio. La postdata rechina con toda su propia historia.