Carrera inquietante

La guerra es mala porque hace más hombres malos que los que mata", es una sentencia griega que recopila Kant. Sin embargo, un ilustre representante de la cultura helénica, Heráclito, no parecía compartir esta interpretación. Para él, "la guerra es el origen de todas las cosas buenas".

Entre estas dos posiciones tan antagónicas tendrá que expedirse el mundo de hoy -y el de siempre- y, en particular, ahora, América Latina. Porque nuestro continente ha iniciado una carrera armamentista que puede significar el umbral de una locura colectiva a mediano o largo plazo. Es que el temor a lo que hace o piensa el vecino -fundado o infundado- despierta recelo, anima adversión y, luego, conflictos que pueden conducir a una guerra. Europa ya pasó por esa experiencia y es obvio que pagó un elevado precio por ella: dos pavorosas guerras mundiales.

¿Seguirá América Latina ese camino? Todo indica que no se descarta esta hipótesis no sólo porque la misma comulga con la condición humana sino, también, porque ya existen signos preocupantes. En efecto, lo que genera pesar e indignación es que, varios de sus países están dedicando sumas cuantiosas a la compra de armas y de tecnología militar, dinero que no sobra nunca pero que dejan de destinarlo a áreas sociales que los reclaman perentoriamente: el combate a una pobreza que ha crecido y que afecta a 53 millones de personas en Latinoamérica y el Caribe.

¿Es moral que tanta gente en la región pase hambre mientras se destinan 38 mil 400 millones de dólares a pertrecharse con equipos militares de última generación? ¿Es conveniente que se hipoteque así el destino de un país que, como lógica consecuencia, deja de invertir en educación, en política de viviendas y en salud en cantidades realmente reproductivas?

Se aducirá que si existe desconfianza mutua en el vecindario -y las reuniones de la Unasur lo testimonian cuando todos reclaman a todos transparencia- es lógico que las medidas de autodefensa tengan prioridad. Algo similar pensaban los antiguos romanos cuando sentenciaban: "Si vis pacem, para bellum" (Si quieres paz, prepárate para la guerra). Pero las ecuaciones dominantes en el pasado y en el presente son completamente distintas. Hoy hay otras vías para dirimir problemas, hay organismos internacionales, hay tratados que obligan, hay potencias cuya voz es decisiva y, además, existe una cultura generalizada que reconoce que nadie gana recurriendo a la guerra. El vencedor no saquea el vencido, como antaño lo hacía para resarcirse de pérdidas y gastos. Hoy, todos pierden: algunos pueden resultar aniquilados.

Brasil -inmenso y poblado, heterogéneo y ambicioso y, ahora, con enormes reservas de petróleo- tiene lógicas aspiraciones de transformarse en una superpotencia en un futuro cercano. Entonces, en lugar de concentrar sus fuerzas en la dominación de la pobreza, por ejemplo, invierte nada menos que 12 mil millones de dólares en comprar a Francia aviones y submarinos ultramodernos y, aún, la tecnología para fabricarlos. Incluso, adquiere un submarino nuclear.

Venezuela, rica en petrodólares pero pobre en la calidad de vida de sus habitantes y de sus instituciones democráticas, gasta, en el último lustro, unos US$ 6 mil millones en tanques, sofisticado material antiaéreo, aviones de caza, helicópteros y fusiles de asalto de origen ruso, amén de otras armas compradas a Suecia (Chávez alega que le fueron robadas pues quiere justificar que aparecieron en poder de los guerrilleros de la FARC). Colombia, por su parte, escandaliza a medio continente porque acuerda con EE.UU., que éste utilice siete bases militares para contribuir a la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla terrorista.

Chile destina un porcentaje de las ventas de su producción minera para solventar el presupuesto de las Fuerzas Armadas. Y así se podría seguir con los demás países del continente, en mayor o menor grado. Estamos ante una enfermedad que de vecinal podría pasar a ser pandémica. ¿Cuándo y dónde se detendrá? Porque la fiebre armamentista no reconoce límites, una vez desencadenada: siempre se quieren armas mejores y superiores a las que tiene el eventual rival. ¿Es que alguno de ellos pretenderá sumarse al exclusivo Club Atómico? Con el dinero en la mano, la alta tecnología nuclear se vende rápidamente al mejor postor. Corea del Norte e Irán, con la suya, ¿penetrarán en el mercado latinoamericano?

Por este y otros motivos similares, Tabaré Vázquez y Hillary Clinton, en Washington, expresaron su preocupación. La compartimos, desde luego.

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