ALEXANDER LALUZ
Horacio Di Yorio es especialista en teclas. Nicolás Ibarburu, en la guitarra, o mejor dicho, en las guitarras. Ambos han hecho un largo camino junto a artistas muy conocidos de Uruguay y del exterior.
A Nicolás todo el mundo lo asocia como "uno de los mellizos Ibarburu" o como "el guitarrista de Jaime". Su sonido es fácil de identificar. Escalas rápidas, buen swing en los piques rítmico-armónicos de los acompañamientos. Recursos que han sido usados, capitalizados, y hasta desgastados por muchos. Lo cual ha llevado a varios (muchos, quizás) a tacharlo como parte de la "camarilla" que toca con todos. Es cierto, y sobre todo porque las "repeticiones" han llevado, con honrosas excepciones, a cierta uniformización en el sonido.
Su disco solista, Anfibio, tiene algo de ese "estigma", pero se contrarresta con varios signos interesantes de innovación. La interpretación de las doce piezas que conforman este trabajo es impecable. Los arreglos resaltan ese lenguaje virtuoso, y vuelven sobre una vieja tradición de mixturas estilísticas que arriman el rock, el jazz al candombe o la murga.
Anfibio dista mucho de ser un disco genial o sorprendente. Las canciones son de buena factura pero muchas tienen ese aire de pieza instrumental "jazzera-fusionera" a la que se le agregó letra después. Sin novedad. Como tampoco es novedad el clima de "disco hecho entre amigos" y "en familia" (Nego Haedo, Martín Ibarburu, Noelia Campo, Pitufo, Urbano), en el que se disfruta el gesto distendido, suelto, pero que mantiene lo técnico como eje estructurador. Un trabajo para escuchar con tiempo y atención para descubrir algunas muestras de madurez creativa más que interesantes.
Horacio Di Yorio, por otro lado, viene de dos proyectos tangueros de mucha notoriedad con Maia Castro y Mónica Navarro. Inteligente pianista, buen arreglador, y con una cabeza fresca en la improvisación, le ha dado su aporte a otros proyectos menos "visibles" en el campo instrumental, y ahora reúne esta experiencia en La vuelta olímpica con su trabajo como compositor.
El disco, si bien no abdica de su pasión por lo instrumental, está concebido de una forma muy próxima al género de la canción. Esto es: melodías (casi) cantables -o por lo menos seguibles- sobre un paisaje armónico que a pesar de su complejidad, tanto en su estructura interna como en el tratamiento de la paleta tímbrica, cumple al pie de la letra su función de apoyo.
El disco no es en realidad un estreno sino el relanzamiento de un proyecto grabado en el año 2002, con uno de nuestros principales técnicos (un músico detrás de las perillas): el señor Daniel Báez. Ese material ahora fue reflotado y redifundido, y Di Yorio lo presentará formalmente dentro un mes en La Experimental de Malvín.
Estos dos discos van de la mano en varios aspectos, aunque a nivel estilístico transitan por caminos muy diferentes. Sirven como compendio o panorama del estado de la música instrumental en nuestro país, por más que el de Ibarburu tenga una fuerte presencia de la canción cantada. En ambos participan músicos de probada idoneidad técnica, que se despachan con buenos arreglos y performances. Y tanto Di Yorio como Ibarburu despliegan sus capacidades interpretativas y compositivas sin jugarse por esas innovaciones (casi imposturas) que suelen escaparse de control. Pero en ese cuidado, todavía se percibe cierto ¿prurito?, ¿temor? a tirarse al agua con lenguajes formales y performáticos más personales.