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MIGUEL CARBAJAL
El eje vertebral de la Ruta 5 hasta el río Negro, que atraviesa medio país, es una falsa radiografía. Esa carretera es lineal, plana y aburrida. El resto del campo es ondulado, armonioso y lleno de sutilezas geográficas. Sea lo que sea es la verdadera grafía uruguaya.
La generación del 45, el peso decisivo de Onetti y sobre todo el alcance vendedor de Mario Benedetti, decretaron la vigencia de la literatura urbana. Mientras comienza a tomar fuerza la idea que el nativismo es una tendencia vieja e irreversible. Por lo menos a nivel de la inteligencia y de la crítica mayoritaria. Arturo Sergio Visca es una excepción, y desde su escritorio en la redacción de El País, los lentes montados sobre la frente y los ojos fruncidos, pura rendija, a milímetros del material que corrige, batalla por una causa perdida. Él no opinaba igual. Tacuruses, de Serafín J. García, es el best seller absoluto. Nadie se le acerca.
Fuera de los cuentos de Horacio Quiroga, el cuentista "rioplatense" por antonomasia, también él se mueve en ambientaciones rurales, aunque Misiones suene a selva y por lo tanto está fuera de la categoría y nada tiene que ver con el territorio uruguayo. Muchos de los mejores ejemplos artísticos uruguayos transcurren fuera de las ciudades. La mejor novela del siglo XIX, el Ismael, de Acevedo Díaz, tiene olor a trébol y su escena más recordable acaece en un cañaveral hecho trizas por un puma americano.
Con el mejor cuento, El combate de la tapera, del mismo autor, pasa más o menos lo mismo. El arma más importante de ese expresivo trecho oriental es el rebenque. El género de las letras criollas está habitado por pobladores del Parnaso. La lista de nombres claves incluye a Montiel Ballesteros, Pedro Leandro Ipuche, Yamandú Rodríguez, Santiago Dossetti y Víctor Dotti. Y ni qué decir de Juan José Morosoli, un pico literario del XX que se esconde en un segundo plano aunque nadie lo sobrepase en altura.
No todo lo que hacen es documentar la vida campestre, pero Francisco Espínola y Enrique Amorím instalan sus piezas decisivas en escenografías rurales o las periferias urbanas.
¿Dejaron de existir, todos ellos, porque el marketing se realiza desde los pisos parqué y las habitaciones con aire acondicionado? Y manejado por señores invitados a las ferias de Libros y cortejados por las editoriales y sus premios. Permanecen en el recuerdo de la gente. Y no es válido decir que los leen pocos ahora, porque ahora nadie lee. Y guste sólo lo que ofrecen, los inventores de los grupos cult o los consumidores de la ficción bastarda que baja de las superproducciones del cine. ¿El nativismo se fue realmente del país? Lo hizo como fenómeno grupal y como tendencia de uso, pero sus grandes nombres siguen en pie. ¿Quién se puede animar a pensar que Morosoli es una especie en extinción? Y no sólo porque lo desee el nacionalismo minuano.
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