No es la primera persona ni el primer militante o dirigente que comprende que, durante buena parte de su vida, se ha equivocado sustentando posiciones que hoy rechaza con ardor y honestidad. Pero es uno de los más significativos, tanto por su país de nacimiento como porque dedicó nada menos que 40 años de su existencia a "hacer discursos incendiarios y a alentar la lucha de clases en una sociedad que se transformó en barricada". Es el chileno Luis Gustavino Córdova, ex comunista, que, luego como socialista, pasó a ser intendente de Valparaíso. Vale la pena extractar algunos de los conceptos que emitiera en una entrevista que le hiciera "El Mercurio", en 2003. Tienen vigencia.
-¿Quién dio verdaderamente el golpe de Estado de Pinochet contra Allende?
"Los chilenos. Nosotros. Los sectores políticos. Todos somos responsables. Había una dicotomía según la cual estaban allá los buenos, acá los malos, los progresistas, los reaccionarios. Una dicotomía que va contra la inteligencia. Había odio y el odio es enemigo de la inteligencia".
-¿Cómo se explica una lucha tan prolongada como utópica?
"Porque la utopía era deslumbrante. Enceguecía. Gente sumamente preparada en todo el mundo, intelectuales y científicos, cayó seducida por esa utopía preciosa. Sentirse protagonista de la posibilidad de que llegara una primavera humana distinta, justa, superior. Eso obnubiló y produjo lo que produjo, no sólo en Chile. Pero esa teoría fracasó estrepitosamente.
-¿Qué pretendían Uds.?
"No concibo ahora que yo haya proclamado el fin del mundo empresarial, la lucha de clases, el fin de una clase por otra... aunque se postulaba con vino y empanadas.... Honestamente, creíamos que con el socialismo no iba a haber más que una educación, una televisión un diario, una filosofía, un partido único, todo lo que ocurría en el socialismo real... La URSS cayó sin que llegara un solo tanque... y el ventarrón de la libertad, que nunca fue resuelto por el socialismo, entró a raudales. La responsabilidad que siento es enorme. Levantaba a la gente, organizaba juntas de vecinos, sindicatos, poblaciones, estudiantes, para la consecusión de un logro que creía esplendente para el ser humano. Murió mucha gente y tenemos una responsabilidad que no sólo cae sobre los que se hicieron cargo del país. Esta ideología que yo sustentaba iba inevitablemente a un choque que tenía que producir efectos tremendos. Espero que mi reflexión contribuya a juntar a la sociedad, hoy día, dentro de un respeto que en esa época no existió".
Hasta aquí las declaraciones de Gustavino Córdova. Quisiéramos que también hubieran sido hechas por algunos uruguayos involucrados en los hechos de 1973 antes y después de esta fecha. No las hemos visto ni oído por ningún lado, a pesar de que todo cuanto afirma Gustavino es un fiel reflejo de lo que también ocurrió en nuestro país. Con el agregado que los iniciales y principales protagonistas del drama que vivimos fueron -¿alguien lo puede dudar?- quienes se insurgieron contra un gobierno democrático desde el instante mismo que oyeron los cantos de sirena de la revolución cubana.
Ninguno de ellos realizó una autocrítica honesta sobre su ilegítimo proceder. Su táctica, a partir de 1985, consistió en satanizar a los militares golpistas, a los mismos que los vencieron cuando el Parlamento delegó en ellos la tarea de sofocar la ola de asaltos, robos, secuestros, asesinatos y atentados que desataron.
En consecuencia, si los militares golpistas encarnan el mal, aquello a los que éstos combatían representan el bien. Esta operación de inteligencia publicitaria y sicológica -que invadió las aulas, los medios de comunicación masiva y los centros de cultura- produjo el efecto buscado: los sediciosos santificaron su pasado (llegaron al colmo de autoproclamarse defensores de la democracia) y pudieron acceder, a pesar de la trayectoria tenebrosa de muchos de ellos, a los cargos políticos más encumbrados.
Corresponde a la ciudadanía darles una nueva lección. Las elecciones internas mostraron un debilitamiento del F. A., su seguro desgaste y su falta de fiabilidad. Los votos prestados con los que, circunstancialmente, se benefició, retornan a sus dueños. Esperemos que las elecciones de octubre/noviembre le expidan su partida de defunción. Para bien del país.