PARÍS | EL PAÍS DE MADRID
Se las puede encontrar en los mercados de las afueras de París. Ellas se convirtieron en el centro del último debate que divide Francia: ¿Se debe prohibir el burka? ¿Debe el Estado permitir en su territorio que mujeres se cubran por entero?
La iniciativa partió de un diputado comunista, André Guerin, que presentó hace un mes una propuesta para analizar esta manera de vestir. "No se trata de una medida contra las mujeres, ni contra el islam. Al contrario. Es una mano tendida a ellos". Según Guerin, el Estado, garante de la laicidad, debe evitar que en las calles "se siga viendo a esos fantasmas".
En su escrito, Guerin añade que esta forma de vestir "encierra literalmente el cuerpo y la mente de la mujer, convirtiéndose en un verdadero calabozo ambulante". La idea de Guerin prendió: hace 10 días, 57 parlamentarios de diferentes partidos (derecha, socialistas, centristas) se sumaron. Suscriben que esta vestimenta "constituye una afrenta a la libertad de la mujer y a la afirmación de su feminidad". Y añaden: "La mujer se encuentra en una situación de reclusión, de exclusión y de humillación intolerable".
Los diputados que se adhirieron explicaron su postura. Christophe Guilloteau, de la UMP (el partido de Sarkozy): "El burka tiene algo de servil, de degradante". Odile Saugues (Partido Socialista): "Defiendo las virtudes de la República laica. El burka es un signo de envilecimiento de las mujeres".
Además de esta postura, rápidamente surgió otra, también defendida por políticos de uno y otro lado, que venía a decir que pinzar un nervio sensible de la sociedad era, cuando menos, arriesgado, y que se corría el peligro de hacer un daño.
Bernard Godard, asesor del Ministerio del Interior sobre religión islámica, argumenta que lo importante es descubrir si la mujer que lleva esta vestimenta lo hace porque quiere. "Ésa es la raíz de la cuestión", asegura. "El resto, prohibirlo o no prohibirlo, no tiene tanta importancia". Godard calcula en un millar las mujeres que caminan por las calles de Francia con el rostro oculto.
Hace dos semanas, el presidente Nicolas Sarkozy dio un discurso que algunos calificaron como el acto inaugural de la segunda parte de su legislatura. Y se refirió al burka: "No podemos aceptar mujeres prisioneras detrás de una verja, separadas de toda vida social, despojadas de una identidad. Ésa no es la idea que la República Francesa tiene de la dignidad de la mujer".
Ante la complejidad, la Asamblea Nacional se dio tiempo: el 25 de junio aprobó la creación de una comisión encargada de recoger información. Durante seis meses reunirá datos y testimonios. En diciembre, el Parlamento decidirá. Si lo prohíbe, no será el único Estado europeo que lo hace: en Holanda, desde 2007, no está permitido llevar un velo en las escuelas y en los transportes públicos. También en Italia y Suecia el burka está prohibido en los lugares públicos.