Profundidad de las Primarias

Sergio Abreu

El 28 de junio se decide en las primarias partidarias quién será el candidato de cada Partido a la elección nacional. Sin embargo, también esta decisión involucra aspectos más profundos: estamos decidiendo por un modelo de país, por valores que hacen a la vigencia del sistema republicano democrático, por el respeto a los derechos individuales y en particular, al derecho de propiedad como base de nuestro sistema político y económico.

Pero también -y con la misma importancia- estaremos decidiendo por una cultura de relacionamiento, por estilos de liderazgo y por la forma de vincular la acción de las colectividades políticas con la conducta de sus dirigentes.

El liderazgo tradicional de viejo cuño caudillista, donde la personalidad individual llenaba todos los espacios, hoy se enfrenta a una nueva forma de conducción que -sin eliminar el magnetismo personal- necesita de un respaldo orgánico que trascienda los avatares de una candidatura. Es imposible ejercer liderazgos efectivos con partidos débiles. Menos aún, hacer de la propuesta puntual y de la idea de ocasión -por más creativa que sea ella- la carta de presentación de una colectividad política.

La calidad de la democracia y de la institucionalidad se preserva fundamentalmente a través de grupos humanos capaces de interpretar una realidad y de hacer posible los cambios que ésta reclama.

Un gobierno no puede surgir exclusivamente de una victoria electoral; debe ser la culminación de un esfuerzo articulado. Esto no quiere decir que de antemano se excluya la participación de otras fuerzas en coaliciones que aseguren la gobernabilidad. Pero un partido que se presenta como alternativa de poder, debe mostrar con claridad el núcleo duro de su equipo de gobierno. La economía, la política exterior, la seguridad y las políticas sociales deben ser parte de un compromiso previamente asumido que asegure la credibilidad de lo que se propuso, de lo que se va a hacer y de quiénes serán los encargados de llevarlo a cabo.

Lamentablemente, esta nueva modalidad de cruzar encuestas con campañas publicitarias y de incentivar protagonismos capaces de ocupar la atención en chisporroteos diferentes cada 24 horas, no contribuye a consolidar los valores del sistema representativo de gobierno.

El proyecto de país en su verdadera dimensión no está siendo discutido ni dentro ni fuera de los partidos políticos. Las prioridades que se manejan, responden a planteos puntuales, más destinados a provocar un impacto sobre el electorado, que a inducirlo a razonar sobre los reales problemas de fondo que en estas materias ya han adquirido niveles de insuficiencia estructural.

Que un candidato diga que si es Presidente "va a armar un gran relajo" y no descarta una "huelga de hambre", nos habla de una preocupante pasividad de la sociedad en analizar y exigir niveles aceptables de visión de gobierno. De la misma manera, enfrentarse a una campaña electoral presumiendo equipos sin mostrarlos y aún insinuando el concurso de ciudadanos extra partidarios que ni siquiera han sido consultados, alcanza niveles de superficialidad que la ciudadanía no debería tolerar.

Lo cierto es que el país, en los últimos cinco años, ha profundizado una fractura entre dos mitades. Y que un país dividido no tiene solución. Ya lo vivimos y ya sabemos a qué conduce.

De consolidarse a partir de las elecciones internas, un mapa político de antagonismos irreconciliables, el país se expone a profundizar una polarización que se tornará irreversible. Si los extremos ganan las opciones, va a ser muy difícil recorrer el camino de entendimientos básicos para alcanzar la gobernabilidad. La situación regional y los graves problemas estructurales que el país sufre, han aumentado nuestra fragilidad social y exigen que el ciudadano prepare su decisión en función de un análisis que vaya más allá de un mero arrebato afectivo.

Nos enfrentamos a una crisis en la formación del llamado "capital social", es decir, a la pérdida de la confianza de unos en otros, sobre la base de reglas éticas esenciales compartidas. Nuestra sociedad está paralizada por la lucha y el enfrentamiento entre compartimentos estancos; la cooperación entre grupos y asociaciones cada día tiene menor sentido y la representatividad -esencia del sistema democrático- está siendo sustituida por el concepto de participación, que hace desaparecer al ciudadano común y sus derechos, privilegiando en cambio los intereses corporativos y sectoriales.

En nuestro Uruguay, la confianza entre unos y otros se ha deteriorado de tal forma, que estamos poniendo en riesgo las reglas éticas que dan sentido no sólo a una comunidad política, sino a la vigencia de una comunidad moral.

En estas condiciones las elecciones internas -e incluso las nacionales- corren el riesgo de transformarse en episodios formales de una democracia cuyos valores, ya no son el motivo de su existencia.

Los ciudadanos -que somos todos- tenemos con nuestro voto, el poder de decidir en qué tipo de sociedad viviremos nosotros y nuestras familias. Y para ello, tenemos que profundizar el fundamento de nuestra decisión.

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