El G-20 y la ruleta

REBAR

La Semana Santa no me moví de Montevideo. Había planificado la actividad (no el descanso) de cada día: y en la hoja del martes 7 escribí en la agenda que me aclara el panorama laboral, pero también me persigue como una sombra a lo largo de la jornada: "G-20. Lectura para informarse".

A las 9 de la mañana, eché una ojeada al material acumulado sobre el tema: más de treinta páginas de diarios; cuatro revistas; apuntes propios de lo visto en televisión, mostrando los preparativos de "La cumbre de Londres", etc., etc. Repasé por arribita todo aquello, y me decidí por enfrascarme en una nota de "Perfil" del domingo 5 (tres páginas tabloid) en la esperanza de que el conocido analista argentino Rosendo Fraga, me condujera por esa maraña que siempre, al aproximarme, me frenaba con una advertencia: "Tránsito prohibido".

A las 10 horas, había leído y releído la documentada pieza periodística, cuyo autor jamás debe haber tenido un lector tan desprovisto de capacidad de entendimiento. Emprendí la tercera lectura: nada. Pero, aproximadamente a las 11 menos cuarto, me sorprendí del descubrimiento que terminaba de hacer: la relación (¿sería casual?) de la trascendental reunión, con la ruleta y, en especial, con las parejas negras. (Aclaro: no me refiero a Barack y Michelle).

El G-20 tiene antecedentes que cualquier "timbero integral" -quiniela, 5 de Oro, carreras, punto y banca, rula y demás aficiones virtuosas- emparentaría con las parejas negras del jueguito del "No va más"... algo que se acaba de proclamar respecto de los paraísos fiscales.

Ocurrió que, en determinado momento, las siete economías ultradesarrolladas del planeta azul (más Rusia) concibieron la idea de agruparse en el G-8 (pareja del 11). Un posterior proyecto de ampliar el núcleo a 11 (pareja del 8) no se concretó aún, cuando ya existe un G-13 (pareja del 10) que, como todavía eran pocos los invitados al baile, se convirtió en el G-20 (pareja del 17) al incorporarse el G-13 seis nuevos países y un grupo regional, la Unión Europea.

La revelación me obligó a dormir una siesta tremenda, de la que emergí a las 18 horas dispuesto a escribir una nota que destacara la proyección de futuro de la Cumbre del 2 de abril; en eso estaba, cuando aparecieron unas fotos de las damas que, participantes o acompañantes, se cruzaron por los pasillos con los que juegan a la ruleta rusa con los destinos de la humanidad.

Allí estaba Cristina de K, en un cruce de piernas por donde se despeñó un asistente encumbrado, sin creer en lo que veía: cerca suyo, Angela Merkel, blindada con un atuendo de pantalón y chaqueta, esquivando a Sarkozy, que esta vez se mantuvo fiel al 100%, y cuando buscó el mejor lugar para su mano traviesa, la depositó en el Paralelo 7 de Carla Bruni, que subyugada por Obama lo miraba sugestivamente por sobre la testa de don Nicolás, en tanto la morenísima y monísima Michelle los relojeaba a los tres por encima de sus respectivas cabezas. La Sra. de Obama, justamente, logró un par de novedades en este tipo de reuniones: la primera, pasear y charlar con Isabel II tomándola de la cintura, como si se tratara de una vecina amiga de toda la vida; y la segunda, volver a EE.UU. con una foto compartida con la soberana, en la que ésta aparece sin sombrero.

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