A principios de su administración, el 27 de enero, Obama se comprometió a hacer lo posible para lograr la paz entre Israel y los estados árabes, nombrando un hombre de su confianza, George Mitchell, como su enviado para el Oriente Medio. Por otro lado, puso fecha para el retiro norteamericano de Irak y la semana pasada hizo un importante gesto hacia Irán, ofreciendo superar los 30 años de hostilidad existente entre los dos países. Queda de esa manera en evidencia el ánimo componedor que bajo su mandato reina en la Casa Blanca, al menos por el momento. Sin embargo, la respuesta del guía supremo iraní, Alí Jamenei, no pudo ser más fría. Lo que hizo fue poner condiciones, con lo que el abismo que hay entre una nación y otra se puso una vez más de manifiesto. En lo que fuera la antigua Persia, rige un gobierno teocrático y, por definición, significa que toda religión, toda fe, es intolerante. El cristianismo lo fue en otros tiempos, pero felizmente, si bien se trata de la religión preponderante y de un componente central de la tradición de nuestra cultura, Occidente se compone de gobiernos laicos, mientras la religión y la vida espiritual se encuentran circunscritas al ámbito privado.
Otra enorme diferencia radica en que una sociedad sólidamente democrática (no todas las que tienen esta etiqueta lo son), puede tener a un mediocre como gobernante o a una persona nefasta para el país, pero hay en ella mecanismos de control, revisión y rectificación que permiten la esperanza, la posibilidad de enmendar la situación. En cambio, en esos otros sistemas proliferan los fanatismos y las actitudes radicales capaces de llegar a cualquier extremo, siendo el epítome de ello lo ocurrido el 11 de septiembre en Nueva York. Algo cuyo daño fue mucho más allá de la muerte de miles de personas inocentes, ya que dejó secuelas hasta impregnadas de crueldad (prisión de Abu Ghraib) desnaturalizando los principios y la escala de valores que han caracterizado a la nación americana, objeto de ese ataque demencial.
En cierta medida y salvando las distancias, todos nos hemos perjudicado por su culpa y se oyen las protestas en los aeropuertos, porque nos obligan hacer largas colas, nos revisan hasta los zapatos, confiscan nuestro perfume, el frasco de shampoo, la botella de agua o una simple lima. Nos someten a rayos detectores y más vale así, no sea que algún iluminado lleve dentro de su maletín -o haya logrado colocar en la valija de algún inocente portador- un dispositivo para hacernos volar por el aire o peor, estrellarnos contra algún edificio emblemático, aumentando el número de víctimas, "para mayor gloria de Dios". O como una forma de enviar un mensaje político, trasmitir una advertencia o cumplir una amenaza, relacionada con alguna reivindicación. Y pobre humanidad, si los fundamentalistas llegan a echar mano a una bomba bacteriológica o atómica. Es posible imaginar los chantajes, la extorsión o las terribles consecuencias de una o más explosiones.
¿Quiénes son estos asesinos, auto denominados guerrilleros o mártires? ¿Qué impulsos lamentables los llevan a cometer estos aberrantes hechos? Los cuales serían mucho más numerosos si no fuera porque la sociedad civilizada trata de protegerse de una u otra forma, con grandes costos para el contribuyente, puesto que es una tarea muy complicada el luchar y defenderse de enemigos que actúan en la sombra, a quienes no los detienen los mismos frenos que nuestra civilización ha elaborado.
Es lógico suponer que si se lograran desactivar los focos de conflicto, se podría reducir, por lo menos en parte, la propensión a ciertos atentados, especialmente los que quieren cometer los musulmanes fanáticos, que desgraciadamente se potencian con las represalias del ejército israelí (como la última incursión en Gaza, que ha levantado severas críticas en la ONU) y así sucesivamente. Es de esperar que la tremenda crisis económica global no abstraiga demasiado al flamante presidente de EE.UU., impidiéndole dirigir su inteligencia también a encontrar una fórmula para destrabar el intrincado y ojalá no insoluble, conflicto palestino-israelí. De resolverse, no habrán pasado por completo los peligros de terribles atentados. No se lograrán desactivar todos los planes que urden quienes son hijos de la violencia e incapaces de hacer otra cosa. El resentimiento, la envidia, el deseo de venganza, no desaparecerán, pero ese peligroso volcán de inestabilidad, es urgente desactivarlo.