Otro trofeo para el estante de Berlusconi

CLAUDIO FANTINI | LA BITÁCORA

Se fue derrotado. Pidió perdón por su fracaso y renunció. "Basta ya de hacernos daño", dijo para reconfirmar su dimisión, tras el rechazo inicial de la dirección partidaria. Walter Veltroni abandonó el liderazgo de la oposición socialdemócrata, sin que Italia caiga en cuenta del significado de su partida. En la batalla de Cerdeña un hombre lúcido e innovador fue derrotado, una vez más, por Silvio Berlusconi. En los comicios regionales de esa isla, como en los anteriores, la peor derecha venció al mejor progresismo.

Europa lleva más de una década mirando con perplejidad a Roma y preguntándose por qué la ha conquistado un personaje estridente y caricaturesco. Han sido tantas las veces que sus desmesuras lo mostraron vulgar y grotesco, que resulta difícil entender que en un país de cultura tan profunda y refinada Berlusconi se haya convertido en un monarca invencible.

Primero aniquiló como contrincante a Mássimo D`Alema, el hombre que había sepultado el neomarxismo de Achille Occhetto para superar definitivamente la ideología de Togliatti, convirtiendo al Partido Comunista en una fuerza posmarxista de clara filiación socialdemócrata.

Después, esmeriló a "il professore" Romano Prodi. La pulcra imagen de austeridad y seriedad del mejor sobreviviente del Partido Demócrata Cristiano, finalmente resultó vencida por un millonario con adicción a la pelea y la frivolidad. A pesar del choque entre sus intereses empresariales con la función pública y también de la visible manipulación de leyes para ponerse a salvo de los jueces que lo investigan por presuntos casos de corrupción, Berlusconi logró imponer su imagen por sobre la sobriedad incorruptible del moderado Prodi.

Y ahora, a pesar de su larga colección de gafes y torpezas, el primer ministro y líder del Polo de la Libertad, que asocia a los posfascistas que lidera Gianfranco Fini y los separatistas lombardos de Umberto Bossi, posa de cazador triunfal con un pie sobre el cadáver político de un intelectual que representa cabalmente la imponente cultura de Italia.

Tenía sólo quince años y estaba locamente enamorado del cine cuando deslumbró leer a Antonio Gramsci explicando que el camino hacia la sociedad sin clases pasa por la hegemonía cultural y no por las armas.

Walter Veltroni fue uno de los mejores discípulos de Enrico Berlinguer y se convirtió en diputado defendiendo las ideas del PCI. Pero cuando cayó el Muro de Berlín en 1989, él ya había dicho que el comunismo había muerto mucho antes, concretamente en 1956, cuando los tanques soviéticos entraron a Budapest para aplastar las reformas y la apertura de Imre Nagy en Hungría.

A la izquierda de la izquierda empezaba a resultarle insoportable, pero Veltroni siguió demoliendo dogmas. A los socialistas de Pietro Nenni, y a radicales, republicanos y democristianos, les explicaba que era posible estar en el PCI sin ser comunista, mientras que muchos de sus camaradas clamaban por expulsarlo cuando sostenía cosas como, por ejemplo, que "comunismo y libertad son incompatibles" y que los totalitarismos marxistas fueron "la gran tragedia después de Auschwitz".

Finalmente, admirando a Luther y a los hermanos Kennedy, Walter Veltroni fundó para el centro-izquierda el Partido Democrático, inspirándose en la fuerza que hoy gobierna Estados Unidos.

Como alcalde y como vicepremier, Veltroni demostró que lo suyo es reemplazar la "confrontación por la compatibilización". Pero Berlusconi pudo demolerlo encarnando todo lo contrario, o sea el discurso maniqueo y la ideologización de la política.

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