Ricardo Reilly Salaverri
Después del baño de olas electoral sin anestesia pasamos a las fiestas de fin de año. Comenzando por la noche de Navidad.
Hora de abrazos y besos, regalos, ingesta alimenticia generosa y copas, festejos al fin, en la que si hay discursos solo responderán a cuestiones irrelevantes del momento, ajenas a los programas de gobierno que solucionan las cosas. Noche de amor y noche de paz. Así se le refiere.
Preceden al ocurrir nocturno días previos de publicidad abrumadora, de compras y de consumo, de tarjetas de crédito calientes, de ofertas de lo que sea -si es electrónico mejor y si es líquido también- todo lo cual puede traer consigo alguna resaca de billetera y de la otra. Frecuentemente de ambas.
Los encuentros, no importa que sean de matrimonios y parientes enemistados, amigos con relaciones rotas, socios que han llegado a discusiones con el facón arriba de la mesa y, en fin, de intimidades que encierran frustraciones y broncas, se trata de una noche de amor o de amor y de paz o de, cabe esperar, paz.
Y, festejar hay que festejar, y hay que sonreírse aunque no se sepa bien por qué, y esperar la llegada del barbudo de blanca pelambre, con su ropaje rojo, su gruesa risa (¡jooó-jooó,jooó!), sus bolsas de regalos, y la evocación de nieve, trineos y siervos. Nieve, trineos y ciervos cuya aparición los uruguayos debemos aprovechar ya que solo les vemos en estas oportunidades.
No se trata de una celebración inmutable, ni universal. Su origen es occidental y si se profundiza sus antecedentes se trasladan a la vieja Babilonia. Allí se le vincula con deidades y fiestas paganas, en las que entre otras cosas se idolatraba a un grueso tronco de árbol -la fertilidad- que sería explicación de los arbolitos de presencia navideña.
La Iglesia Católica y su sincretismo han jugado un papel relevante en la festividad en curso, celebrada con fechas distintas por otros cultos cristianos, o directamente negada por otros y otras religiones, e ignorada en partes del globo.
Lo de "navidad" viene de la expresión latina natilis o nativiti que significa nacimiento y, el nacimiento del hijo de Dios fue ubicado en el solsticio de invierno el 25 de diciembre, fecha que por lo mismo, no guarda relación con un hecho necesariamente histórico.
San Nicolás de Bari, en tiempos de los emperadores romanos convertidos al cristianismo, acostumbraba a efectuar regalos a los niños en dicha fecha, lo que naturalmente despertaba su inquieta alegría.
Elevado a su muerte a los altares comenzó a ser objeto de veneración como San Nicolás o Santa Claus en épocas navideñas. Y lo del señor barbado, trineos, nieve, etc. claramente se asocia a los países europeos del Norte del orbe que por estos días están al resguardo de los leños y el hogar, en pleno invierno.
No obstante, más allá de toda otra consideración, el niño, el mísero pesebre, María, José y la estrella de Belén, siguen siendo, ¡por suerte!, ícono de humildad y sentimiento familiar renovado en cada Navidad.
Sed felices. Hoy.
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