De "dios" al barro

Pasan los días, y todavía, no sólo aquí en donde ocurrieron los hechos, sino en todo el mundo, la exhibición oral impúdica que diera Diego Armando Maradona con sus agravios públicos al periodismo argentino, es tema de comentarios.

En realidad no hay mucho por decir de este personaje. Es notorio que el gran jugador de fútbol que fue y que le diera a Argentina dos campeonatos mundiales -uno en Tokyo en 1979 en la categoría juvenil y otro en la categoría superior en 1986 en México- pasó en un proceso de deterioro incontenible de cubrirse de gloria a degenerar no ya un ídolo con pies de barro, que es una adjetivación demasiado benévola, sino en un ser humano integralmente embarrado. Maradona nació en una villa miseria, y de niño ya demostró condiciones extraordinarias para el manejo de la pelota. A medida que fue creciendo, ubicado adentro de un campo de juego, a esas condiciones de sus piernas para reducir el tamaño del balón al de una canica, le agregó inteligencia para jugar en equipo, visión del panorama del partido, buen entrenamiento, velocidad y potencia física. Sólo le faltó estatura para completar al jugador perfecto, pero aún así se las ingenió para utilizar su mano en alto pegada en la cabeza, engañando al árbitro que validó el primer gol contra Inglaterra en 1986. Aquella "viveza" es recordada hoy como el gol de "la mano de Dios". Poco después, sellaría la suerte de aquél inolvidable choque, cuando con un pique electrizante fue sorteando rivales, uno tras otro, para anotar un fantástico segundo gol que hoy se muestra reiteradamente por televisión como el prototipo de la mejor jugada de un Campeonato Mundial, quizá comparable solamente con el quinto gol de Pelé en 1958 contra Suecia en Estocolmo. Pero estando muy por encima de la media de los de su misma condición - los jugadores de fútbol, terminó- muy por debajo también de la media de los de su misma condición pero ya más genérica, de individuo de la especie humana.

Maradona ganó mucho dinero como jugador de fútbol. Por él se pagaron cifras astronómicas y percibió porcentajes de pase, sueldos, premios y retribuciones por el uso de ropa y zapatos deportivos, y hasta de reportaje por montos también siderales. Y el mayor de los estrellatos terminó perdiendo al gurisito villero hasta convertirlo en lo que sus palabras ordinarias, aquí en Montevideo, reflejan de lo que queda de su personalidad. Se rodeó mal, dejó de cuidarse físicamente, terminó antes de lo que hubiera podido durar su carrera deportiva si se hubiera esmerado y tiró el dinero por la ventana. Se lo llevaron los "representantes", las mujeres, y la droga. Por ahí quedaron pendientes algunas cuentas y evasiones fiscales.

La droga, lo destruyó y fue aquí en nuestro país en donde un verano le salvaron la vida médicos uruguayos, sacándolo de una intoxicación con perfil letal.

Quiso volver al fútbol. Lo hizo como jugador de la selección en el Mundial de 1994 en Estados Unidos, donde sufrió el escarnio de tenerse que retirar de la cancha con sobre dosis de cocaína, llevado por una enfermera. La droga acumulada terminó imbecilizándolo. Tuvo algunas experiencias sin relieve alguno como Director Técnico en tres o cuatro equipos sin mayor renombre y de golpe, no se sabe porqué, apareció dirigiendo a una selección argentina, que contando con los mejores jugadores del mundo, nunca pudo jugar bien, aún clasificándose para el Mundial.

Con sus declaraciones en Montevideo, dejó en evidencia que no está en condiciones de seguir en el cargo que ocupa. La misma FIFA le ha abierto un expediente para aplicarle una sanción disciplinaria, mientras la Asociación de Fútbol Argentino y especialmente su Presidente, el señor Grondona, permanecen en absoluta pasividad.

Pero de alguna manera Maradona es una víctima, y casualmente sus victimarios, son aquellos a quienes él denigró. Son los que hicieron un dios de quien sólo era un deportista. Son los que conducen la opinión pública en una sociedad hipocondríaca, que pasa de la euforia a las depresiones y viceversa, de un solo tiquiñazo, perdiendo todas las referencias posibles en relación a los valores que se deben inculcar. Y cuidado, porque aquí, el deterioro de los valores culturales también está en proceso, en la forma de expresión, desde hace décadas. Y hasta se fomenta.

No tenemos Maradonas, pero nos está faltando docencia, y esa carencia se agudiza cada vez más.

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