La verdadera solución

JUAN ORIBE STEMMER

La Armada de los Estados Unidos rescató a Richard Phillips, el capitán del buque de carga Maersk Alabama. La enérgica medida, es cierto que resolvió la situación, pero persiste el problema de fondo.

La situación ya es familiar. Piratas somalíes apresaron al capitán del carguero Maersk Alabama para exigir un rescate. El destructor Bainbridge de la Armada de los Estados Unidos intervino. Luego de horas de negociar fue necesario matar a tres de los piratas (el cuarto pirata había tenido la sensatez de rendirse antes del desenlace fatal) para liberar a Phillips.

Entretanto, los piratas continúan recogiendo una rica cosecha de presas en las estratégicas aguas del Golfo de Adén y el océano Índico.

Los buques apresados en estos días incluyen el remolcador italiano Buccaneer, el buque granelero Irene E. M. y el carguero libanés Sea Horse. También fueron apresados dos buques de pesca egipcios (que pescaban sin permiso en aguas de Somalia) y un pesquero de Yemen (cuyos tripulantes fueron rescatados por los guardacostas de ese país).

Desde febrero los piratas somalíes han atacado 78 buques, apresado 19 de ellos y tienen en su poder a 16 buques y más de trescientos prisioneros. Sus actividades constituyen un lucrativo negocio (si estimamos, modestamente, que obtengan un millón de dólares por liberar cada uno de los buques apresados y su tripulación). Las características de sus incursiones (cada vez se alejan a mayores distancias en el océano Índico, lo que hace difícil rastrearlos y capturarlos) y la organización requerida para negociar los rescates, cobrar el dinero y luego "limpiarlo", sugieren que existe en tierra, una compleja y discreta maquinaria que llega muy alto y que está perfectamente aceitada con dólares.

El rescate de Phillips revela la notable asimetría de la situación.

El Maersk Alabama es un moderno buque portacontenedores con una capacidad de 1.100 TEU, una eslora de 155 metros y una tripulación de veinte marineros. El destructor americano USS Bainbridge, es uno de los más modernos de la Armada de los Estados Unidos, tiene un tonelaje de desplazamiento de 8.300 toneladas, una eslora de 150 metros y una tripulación de treinta oficiales y 302 marinos.

¿Cuánto cuesta uno de estos navíos? En torno del billón de dólares. Multipliquemos ese costo por la cantidad de buques de guerra de otros países que operan en la región y ello nos dará una idea de lo que significa el ejercicio.

Toda esa formidable concentración de poder naval con el único propósito de perseguir a pequeños grupos de piratas, que navegan en embarcaciones de pocos metros de eslora, con equipos elementales y armados con Kaleshnikovs, pistolas y lanzagranadas.

A pesar de sus recursos, las armadas extranjeras en el área no consiguen ponerle coto a los atropellos de los piratas con sus bases en la costa de Somalia. Es que, por más que se esfuerce el ser humano, el océano sigue siendo demasiado grande y las lanchas rápidas de los somalíes son demasiado pequeñas. Una combinación muy difícil de detener con la actual estrategia.

El pirata continúa siendo el hostis humani generis y debe ser perseguido como tal.

Con toda severidad y justicia (lo que supone resolver un conjunto de problemas jurídicos). Pero, sin perjuicio de ello, en el fondo, el problema no es naval sino político. La clave de la piratería somalí se encuentra en tierra. En la miseria de ese pueblo y en la anarquía política en que se debate. Y la solución no está cerca.

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