JORGE ABBONDANZA
En abril de 2003, George W. Bush incurrió en la peor equivocación de toda su carrera. Desde la cubierta de un portaaviones anunció al mundo que la guerra en Irak había concluido y que los norteamericanos y británicos habían triunfado. Seis años después de aquella proclama, Bush ya no es el ocupante cuadrado del salón oval pero ha dejado en manos de su sucesor la papa caliente del golfo Pérsico. Porque la violencia armada persiste hasta hoy en Irak, desmintiendo clamorosamente las palabras de aquel presidente, que rara vez supo lo que decía y casi nunca hizo lo que debía.
Seis años cumplidos es un plazo mayor que el de la Segunda Guerra Mundial, y a lo largo de él los iraquíes han debido padecer un variado martirio. Murieron muchísimos civiles (una estimación inglesa habla de 500.000 personas), la infraestructura del país sigue destrozada (falta luz, falta agua, falta gas), los anglosajones no han podido repatriar sus ejércitos de ocupación porque se mantienen los atentados de la insurgencia, por no hablar de la devastación física del país, los tesoros artísticos saqueados, las ciudades (como Fallujah) arrasadas y los dos millones de personas que emigraron escapando del desastre. Es un balance como para hacer pensar a cualquiera, incluido Bush.
Todo eso comenzó en 2003 para desalojar a la dictadura de Saddam Hussein, que por cierto era brutal, pero en cambio era inocente de los cargos que se le imputaban. No estaba fabricando armas de destrucción masiva, no mantenía vínculos con el terrorismo de Al Qaeda y bajo el riguroso embargo occidental no resultaba una amenaza para la región. Ese régimen era además laico, admitía una considerable vida cultural, toleraba a las minorías religiosas, había alcanzado un alto nivel asistencial y hasta tenía en el gabinete un ministro cristiano, Tarek Aziz, que sigue encarcelado y contra el cual está por dictarse sentencia. En ese sentido, Bush y Dick Cheney han sido más afortunados que el ex canciller iraquí. De cualquier manera, seis años después de la invasión, las tropas ocupantes (y el ejército paralelo de los mercenarios, que cobran diez veces más que los soldados) han favorecido los brotes de insurgencia y los choques religiosos que no existían. Por el camino, también hicieron travesuras militares en Abu Ghraib, como se recordará, además de bombardear a la población con un arsenal que incluía uranio empobrecido y fósforo blanco.
La conquista anglosajona de Irak comenzó 75 años después de la perforación del primer pozo de petróleo descubierto en el país. Casualmente, a fines de 1927 esa explotación ya estaba a cargo de compañías norteamericanas y británicas que en adelante multiplicaron sus ingresos gracias a la riqueza oculta bajo el desierto mesopotámico. Claro que cualquier parentesco entre aquellos intereses y la guerra de 2003 es mera coincidencia. Seis años después, Obama debe programar como se pueda la retirada de Irak -anunciada para 2010- a una altura en que las grandes potencias ya no ganan las guerras, como quedó demostrado en Corea, Vietnam y Afganistán. En abril de 2003, parado sobre el portaaviones y disfrazado de piloto, George W. Bush tampoco sabía eso.