De la misma manera que en el Uruguay tiene lugar el Carnaval más extenso del mundo, también se desarrolla una de las más largas campañas electorales. Por lo general comenzaban a mediados de cada año en los que debía pronunciarse la ciudadanía, pero la exigencia constitucional de las elecciones internas las fue adelantando hasta el primer semestre, en una frecuencia que el Frente Amplio adelantó más aún, hasta el segundo semestre del año anterior, imponiendo el pasaje por distintos centros de poder intermedio, que en su caso, tampoco le fueron útiles para solucionar sus problemas domésticos.
Sobreponiéndose a esa realidad, el ciudadano tiene la obligación simultánea de incorporarse a ella, transformando con su activa participación lo que es más que un derecho. Por eso, en este mes de febrero que se inicia se impone convocar a todos y en especial a la masa nacionalista a que asuma el rol que le corresponde, que se concretará el día de la elecciones, pero que deberá irse expresando en cada una de las etapas previas que se cumplan.
Los grandes protagonistas en unas elecciones pueden ser los candidatos, pero lo son, sin duda, los militantes, por la responsabilidad del trabajo que están destinados a cumplir y por la tarea continuada y sin vacilaciones que deben realizar en las campañas previas, acompañando a quienes se postulen, convirtiéndose a la vez en difusores de sus principios, transformando de esa manera la obligatoriedad del voto en un instrumento útil y de más amplias consecuencias para el país.
Muchos ciudadanos, sean o no militantes del Partido que tiene en su momento la disponibilidad del Poder, adoptan después una actitud crítica sobre la gestión desarrollada, olvidando que son los verdaderos árbitros destinados a corregirla, disponiendo para ello del voto como el más democrático y valioso medio para ejercer esa tarea. Lo que se desgrana en las charlas de café o en reuniones ocasionales, tiene en ese poderoso instrumento la oportunidad de corregir lo que se censura, haciéndolo más efectivo aún con la militancia. La comodidad de quedarse en los hogares para ser espectadores de lo que sucede, se ha transformado en los tiempos modernos, obligando a asumir un papel más activo. Así lo han comprendido los jóvenes, que natural y espontáneamente han salido a reclamar un lugar en cada emprendimiento, y así deben hacerlo también los adultos, hombres y mujeres, ofreciendo sus hogares como centros de reunión y divulgando aquello de lo que están convencidos para que sean cada día más los que se incorporen a la columna.
Más allá de lo que se diga desde el gobierno, es indiscutible que el país está pasando por momentos difíciles y que le aguardan momentos más difíciles aún, como un efecto de causas internacionales, pero también por culpas propias que deben ser reclamadas a quienes incurrieron en ella. Y la única manera de hacer efectiva esa responsabilidad en un régimen democrático, a diferencia de lo que ocurre en los regímenes dictatoriales, se encuentra en ese instrumento sagrado que es el voto, ejerciéndolo con razón y no con pasión.
Todo lo que se acumuló en estos últimos años, la contemplación de las promesas incumplidas, el padecimiento de una inseguridad creciente, el despojo de que fueron objeto salarios y pasividades, las marchas y contramarchas, las irregularidades constatadas y otras cuestiones que están pendientes de resolución, podrán tener a lo largo de este año, oportunidad de ser sancionadas por la ciudadanía si se comporta de acuerdo a lo que los tiempos exigen y en donde nadie podrá sustituirla. La importante misión que les corresponde asumir y cuyo ejercicio deben reivindicar no permite la existencia de indecisos ni una actitud indolente, ya que detrás de cada problema sin solución se encuentra un país que las requiere y un futuro que las reclama.
Todos deben comportarse de acuerdo a esa responsabilidad y en especial los que se consideran independientes de los partidos; los que deben volver a sus orígenes y los hombres y mujeres que hasta ahora se han limitado a cumplir el voto como un acto mecánico, que nace y se agota con su ejercicio, cuando en verdad se trata de un acto dinámico que se refleja en la actividad con que debe acompañarse.
Cada tribuna que se levante debe convertirse pues en un centro de formación y de difusión al cual deben acercarse los ciudadanos para conocer y entender, actuando desde allí como un elemento multiplicador que permita a todos encontrar las mejores soluciones que el país está requiriendo. Los que triunfarán en definitiva, no serán los candidatos sino el pueblo que lo haga posible.