La de la sequía y sus nefastas consecuencias es una cuenta más en el muy largo rosario de decisiones tardías, imprevisiones, errores y omisiones del gobierno que padece el país desde hace casi cuatro años. El señor Alberto Gramont, cuya generosísima donación de trigo a los productores de Florida produce una mezcla de sorpresa con admiración, ha dicho que la reacción del gobierno llega noventa días tarde. A este benefactor, que por cierto sabe de lo que habla, no podrán decirle que está buscando votos.
Este Poder Ejecutivo -ya lo dijimos alguna otra vez- está integrado por gente vieja e inexperta, aunque los relevos de Arana, Gargano y Astori, bajaron su promedio de edad. Son gente de reflejos lentos, con muy poco oficio en el arte del gobierno. Por eso, casi siempre llegan tarde a apagar el incendio. Como les pasó cuando comenzó el conflicto con Argentina, por la instalación de Botnia.
Un gobierno en serio hubiera reaccionado con presteza. Tanto ante el corte de rutas por los piqueteros como ante la sequía que, aunque parece finalizar, ya consumó cuantiosos daños a miles de productores. Y tampoco hubiera descargado sobre trabajadores y pasivos, en tiempos de bonanza económica, el mazazo impositivo del IRPF-IASS.
Un gobierno en serio no hubiera dejado pasar el tren que nos conducía al invalorable tratado de libre comercio con los EE.UU. Tampoco hubiera decretado que las ocupaciones de los lugares de trabajo son una extensión del derecho de huelga, ni, menos aún, hubiera legislado para liberar presos que al poco rato volvieron a delinquir, ni se hubiera cruzado de brazos ante el pavoroso crecimiento de la inseguridad, alegando, al decir de su ministra con vocación de amazona, que se trata de "una sensación térmica".
Y un gobierno en serio tampoco hubiera politizado la enseñanza al extremo de disponer oficialmente que la historia nacional reciente se enseñe al revés -asignando a los tupamaros el rol de víctimas de la dictadura en cuyos brazos nos arrojaron-, no hubiera perseguido a funcionarios públicos de otra filiación política, ni hubiera sancionado leyes disparatadas, que hacen mangas y capirotes del derecho de propiedad y que van a contramano del principio constitucional de que "La familia es la base de nuestra sociedad".
Asimismo, un presidenciable en serio no se va a desayunar ahora, como el senador Mujica, de que el turismo en general y Punta del Este, en particular, constituyen una muy importante fuente de trabajo y de ingresos para el país.
Es por todo ese cúmulo de hechos y de razones, cuya enunciación no agotamos ni mucho menos, que la mayoría de los uruguayos hemos decidido poner fin al gobierno del Frente Amplio, no votando a su candidato a presidente, cualquiera que éste sea. Ni el último domingo de octubre ni el último domingo de noviembre, en el muy probable balotaje.
Esa mayoría será del 58, del 60, del 62 o del 65%, pero sin duda existe. ¿Cuántas personas le han dicho al lector que están hartas de este gobierno o, más importante aún, que votaron en el 2004 al Frente pero que no lo harán nunca más? Estas personas son las que van a confirmar, en las urnas, el fenómeno electoral repetido en el país desde 1958. En cuyo mérito, el partido ganador de los anteriores comicios pierde, en la subsiguiente elección, buena parte de sus votos.
¿Hay alguna razón para que ello no ocurra respecto del Frente Amplio? Ninguna. Más bien, hay una razón para que el decrecimiento electoral del partido de gobierno sea mayor que de costumbre. Que no es otra que la de que su candidato a la presidencia, sea quien sea, será resistido por buena parte de sus correligionarios. Vale decir, que no concitará su adhesión y, probablemente, no obtendrá sus votos. ¿O acaso Astori y Mujica son queridos por todos los frenteamplistas?
Siendo todo ello así, como lo es, carecen de sustento lógico las especulaciones en torno al resultado del balotaje, según quienes sean los respectivos candidatos del Partido Nacional y del Frente, dicho ello con el mayor respeto por el Partido Colorado y sus presidenciables. Es al ñudo, pues, andar afirmando, digan lo que digan las encuestas sobre quienes aspiran a suceder al Dr. Vázquez, que al candidato A le falta simpatía o experiencia y que al candidato B le sobran años, quilos o mala educación. Es al ñudo, insistimos, porque la elección no la va a ganar el nacionalismo. La va a perder el Frente Amplio, por haber hartado a la mayoría de la población. Y todo lo demás, es lo de menos.