JUAN MARTIN POSADAS
Nuestro país ha ingresado en el año electoral cuyo primer acto son las elecciones internas de los partidos. Se trata de una instancia en la cual cada partido ordena sus preferencias en el orden del respaldo a cada uno de los miembros partidarios que se ha ofrecido como pre-candidato. Eso es lo que se dirime en este primer paso de la larga secuencia electoral establecida en la última reforma constitucional.
El sistema electoral anterior -modificado por motivaciones subalternas y abandonado con vergonzosa premura- se sustentaba en la filosofía del doble voto simultáneo, vale decir, en un mismo acto se votaba por un partido y por un candidato. Actualmente, al estar por los debates políticos, los programas periodísticos y lo que comentan nuestros conocidos, la acción es interpretada y vivida como lucha entre candidatos.
Sin embargo, en un sistema político maduro, la opción básica es la que se plantea entre partidos; los candidatos, si bien no son accesorios, vienen después de la consideración sobre los partidos. Por contraposición y como prueba de lo que afirmo, en las naciones que tienen una cultura política inmadura y un sistema de partidos escuálido o inexistente, el candidato es todo. Argentina y Venezuela supieron tener partidos políticos importantes y consolidados pero los fueron perdiendo. Ahora tienen presidentes sin partido y la continuidad institucional se vincula con su reelección (ya sea mediante reforma constitucional o por vía conyugal). Ecuador y Bolivia están en las mismas: no hay partidos, sólo presidentes.
En una república madura -como la que tenemos y queremos cuidar- quien gobierna no es una persona sino un partido, que gana las elecciones y entra a dirigir los asuntos públicos con un Presidente, un grupo de políticos de su confianza que lo secunda, una tradición partidaria atrás y un programa de gobierno.
Dentro de esta perspectiva es impensable que un candidato pueda ser considerado bueno para adentro de su partido y malo para afuera. Los opinólogos, que suelen entretenernos con sus especulaciones, han tejido agudas extravagancias, por ejemplo para demostrar que el candidato A de este partido tiene chances contra el candidato B del otro partido pero no contra el C (o viceversa). Quien se tome demasiado en serio este sistema de "multiple choice" político corre el riesgo de terminar en la tesis absurda de que no convendría atender a la preferencia de los miembros del partido sino a las inclinaciones de los de afuera (independientes o sin partido) cuyos votos se precisan para ganar. Ese comportamiento daría por resultado un Presidente que no representaría la orientación del partido al cual pertenece y por el cual fue candidato. (Si lo piensa bien ese es el reclamo de muchos frentistas a Vázquez). No me gustaría que eso le pase a mi partido. Los partidos políticos son la pieza más importante de un sistema político y las candidaturas sanas son aquellas que brotan en la entraña partidaria sin lastimarla ni comprometerla.
Quiero terminar con un pasaje del discurso de toma de posesión del Presidente Obama. "En este día nos hemos reunido porque hemos elegido la esperanza antes que el miedo, la unidad de propósitos sobre el conflicto y la discordia. En este día hemos venido a proclamar el fin de los motivos de quejas y de las falsas promesas, de las recriminaciones y de los dogmas gastados que, por demasiado tiempo, han estrangulado nuestra vida política". Viene al caso.