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EE.UU. ya gastó más este año que durante toda la Segunda Guerra Mundial
NEWSWEEK
Resulta claramente atemorizante que los dramáticos esfuerzos mundiales de rescate financiero no tienen antecedentes por su magnitud y creatividad y son totalmente inadecuados. Pese al trabajo durante las 24 horas del día de exhaustos jerarcas de gobierno en los distintos continentes, el medicamento no cura.
Nadie puede acusar a los gobiernos de vacilantes. En Estados Unidos, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke y el secretario del Tesoro Henry Paulson, han orquestado una serie de medidas de rescate que ya suman más de una docena este año. En total, los rescates llegan a US$ 8 billones, una cifra que representa más de la mitad del PIB del país. Es más que todo lo que gastó Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial: US$ 3,6 billones actuales.
El esfuerzo combinado de los países de Europa también ha sido agresivo. Un nuevo estudio de Independent Strategy, institución con sede en Londres, sitúa el total del gasto de las nueve economías líderes de Europa en varias acciones para fortalecer bancos en zozobra, en US$ 3,6 billones, contra los US$ 3.36 billones que destinó Estados Unidos con esa finalidad. Mientras el gobierno del presidente Bush aplicó un programa de estímulo, en marzo, que fue equivalente a 1% del PIB de Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia y otras naciones europeas ya produjeron paquetes que son relativamente mayores. Y casi todos los bancos centrales en el planeta han reducido las tasas de interés tan rápido y hasta el límite, que ya no pueden seguir usando esa arma básica para mover sus economías.
Las condiciones económicas siguen deteriorándose. La falta de crédito frena el crecimiento, lo que deriva en mayor desempleo y el abatimiento de la confianza de los consumidores y los inversores. En esa espiral descendente y enlazada, las cifras son superadas con rapidez, pero en todos los casos apuntan hacia abajo.
Todos los principales indicadores apuntan en dirección negativa. Se espera que el comercio mundial decline más del 2% el próximo año, después de varios años de crecimiento muy por encima del 4% anual; la inversión extranjera en el mundo disminuiría 50% este año en comparación con 2007 y continuará en caída.
GOLPES. El interrogante ahora es si debe dejarse que el actual enfoque -un aumento gradual de la apuesta y experimentar con nuevos rescates- siga su curso o si se necesita una escalada dramática. El argumento a favor de seguir este rumbo es que los miles de millones de dólares que ya se comprometieron al rescate financiero están avanzando a lo largo del sistema y eventualmente revitalizarán los mercados, quizás antes de lo que se espera. Las finanzas globales son muy resistentes y no hay posibilidad de eludir el dolor de la escasez de créditos.
Contra esa línea de razonamiento surge la posibilidad de que -así como los expertos han subestimado la rápida caída de la economía mundial- también estén subestimando las repercusiones sociales y políticas. Algunos de esos problemas explosivos ya se ven en el horizonte. Ya hay acusaciones de que China está manipulando su moneda para promover sus exportaciones, que un salvataje de las tres grandes automotoras de Estados Unidos será un acto discriminatorio contra los fabricantes de autos japoneses o que algunos de los programas de estímulo nacionales están destinados a favorecer a los productores locales. Bloquear el comercio mundial y las inversiones aseguraría una caída al estilo de la ocurrida en la década de los `30, con lóbregas consecuencias para los avances logrados para establecer economías de mercado, construir gobiernos democráticos y reducir la pobreza en el mundo. La semana pasada, el Banco Mundial anunció que 155 millones de personas han sido empujadas a la pobreza en 2008. Ya hay señales de que las dificultades económicas fomentan el fervor nacionalista y la inestabilidad política en lugares "calientes" como Pakistán, Turquía, Ucrania, las naciones de Asia Central, Tailandia e Irán.
Los riesgos son demasiado grandes como para no actuar con más audacia. El presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, es el único líder en el mundo que tiene una posibilidad de conducir el esfuerzo global que se necesita y debe considerar planes más grandes que todo lo que él, y otros miembros de su equipo, han propuesto públicamente hasta el momento. El programa de estímulo debería ser suficientemente grande como para despejar toda duda de que EE.UU. no está en riesgo de fracasar: US$ 1 billón, equivalente a 7% del PIB, a lo largo de dos años está en el orden de magnitud correcto y no los US$ 850.000 millones que -se dice- Obama ha propuesto para los próximos dos años. Pese a los planes de grandes obras públicas, resulta vital que un abrumador monto del estímulo sea distribuido con rapidez y de manera de dar confianza a los estadounidenses de que el deterioro de sus vidas y seguridad económica se frenará. Esto significaría un énfasis en reducciones significativas y permanentes de impuestos para la clase media, significativa ampliación de subsidios por desempleo y financiamiento en serio destinado a adiestramiento y reconversión para empleos.
Pero Estados Unidos no puede actuar a solas. Europa y Japón, así como los grandes mercados emergentes como China, India y Brasil, tendrían que hacer esfuerzos de similar magnitud en relación con el tamaño de sus economías, aunque el rumbo específico puede diferir según cada país. El total del gasto en estímulos debería llegar a US$ 4 billones, equivalentes al 7% del PIB global; esto es, multiplicar por siete los esfuerzos actuales.
DESCONCIERTO. Con la finalidad de lograr esos objetivos, Obama tendría que convocar al G20 (formado por ocho países industrializados, 11 emergentes y la Unión Europea) poco después que asuma el 20 de enero.
Si lo convoca, Obama debe reunir a la Unión Europea, India, Brasil y China para forjar un acuerdo comercial que permita terminar con el estancamiento de la ronda de Doha de negociaciones globales. Las divergencias se han mantenido durante gran parte de la última década. Terminarla con una nota positiva sería el primer paso para mostrarle al mundo que Estados Unidos está decidido a mantener una economía global abierta.
En circunstancias normales, sería suficiente dejar que el mercado arreglara esas cuestiones. Pero, estos no son tiempos normales. La incertidumbre es la enemiga de la estabilidad y el crecimiento. Guste o no, los gobiernos están al mando. Obama necesitaría lograr un consenso del G20 hacia una visión que permita enfocar todos esos temas a la vez. Es una tarea enorme, pero la crisis muestra que hasta los esfuerzos de tamaño y alcance sin precedentes son insuficientes cuando se aplican uno por vez. Hace falta un impacto arrollador.
La temporada de ventas de Navidad tiene la perspectiva de ser el peor período de la economía de Estados Unidos desde 1991, ya que se contrae a una tasa anual cercana al 3%. El Fondo Monetario Internacional (FMI) sigue revisando a la baja sus proyecciones para la economía global y ahora espera un crecimiento de 2.2% en 2009, con las naciones ricas cayendo a niveles negativos y los mercados emergentes creciendo con más lentitud que antes.
En el caso de la economía global, la mayoría de los expertos considera que un crecimiento inferior al 2% constituye una recesión mundial, debido a que las naciones pobres necesitan algún crecimiento para crear empleos para sus poblaciones en expansión. El Banco Mundial acaba de agregar su voz a los que pronostican una recesión global, y estima un crecimiento de apenas 1% en 2009, así como la contracción más aguda en las naciones en vías de desarrollo desde la Gran Depresión (la caída mundial que comenzó en 1929).
No hace mucho tiempo, la mayoría de los economistas consideró que los fuertes mercados emergentes podrían sostener la economía global, pero ahora la mayoría de los países en vías de desarrollo es víctima de la crisis, a medida que los precios de las materias primas se desmoronan y la demanda de los consumidores se agota.
No hay indicios de que la raíz del problema global -el hecho de que los bancos prestaron demasiado dinero a demasiadas personas y empresas de dudosa capacidad de repago- esté cerca de ser solucionado. Hasta ahora, los bancos han tenido que eliminar casi un billón de dólares en pérdidas, aunque las estimaciones de créditos de dudoso cobro que todavía están en sus balances se sitúan en alrededor de US$ 1,7 billones.
incógnitas. Queda claro que los estímulos masivos son necesarios. Lamentablemente, no hay manera de financiarlos sin profundizar el déficit e incurrir en extraordinarios niveles de endeudamiento.
Sin embargo, parece una solución mejor que mirar el colapso de la economía global. Es cierto que se correría el riesgo de una inflación alta, pero sería un problema durante pocos años hasta que la actividad económica vuelva a aumentar de ritmo.
Y la gran incógnita es saber cuál esquema será el que prevalezca una vez pase el temporal. Uno de los grandes problemas que afecta a los mercados globales es que nadie sabe cuál es la dirección de las tendencias. ¿El mundo avanza hacia el dominio de los mercados por parte del Estado, más hacia el "capitalismo" de China que lo que fue hasta hace un año el estilo de libre mercado impulsado por Washington? Más aún, cuando se asiente el polvo, ¿habrá una nueva autoridad monetaria global en el mundo? Newsweek
El aspecto fundamental que explica los escasos resultados de las medidas es el temor. Pese a los problemas colosales de la economía de Estados Unidos, el dólar se sigue fortaleciendo, lo que demuestra que los inversores tienen más temor por otros mercados. Miles de millones de dólares son destinados a Bonos del Tesoro de Estados Unidos de tres años, cuya tasa de interés es cero, por lo cual los inversores simplemente buscan minimizar las pérdidas y no ganar dinero. Es claro que los gobiernos no han tenido éxito para restablecer la calma. Sus esfuerzos parecen improvisados, confusos e ineficientes en opinión del consumidor y el inversor medio. El caso más notorio de este problema es el programa de rescate por US$ 700.000 millones, conocido como TARP (según su sigla en inglés), de Estados Unidos. Los duros debates en el Parlamento sobre el programa y su cambiante propósito -pasó de la compra de activos en dificultades a la inyección de dinero fresco- dejaron a los ciudadanos con la sensación de que en Washington no tienen idea clara de lo que se está haciendo.
Durante varias semanas, el Departamento del Tesoro y la Reserva Federal han aparecido al borde de revelar un nuevo programa, dando la impresión de que ni ellos mimos creen que darán resultado los programas en aplicación.
El segundo motivo por el que los esfuerzos de rescate han fracasado es que nadie está preparado para una crisis de esta magnitud. En efecto, como dijo la comisión investigadora de los atentados terroristas del 11-S contra Nueva York y Washington, el motivo porque Estados Unidos no estaba preparado era por falta de imaginación. Las crisis anteriores -incluyendo la del endeudamiento externo de América Latina de comienzos de los `80 y la crisis financiera de Asia casi dos décadas después- fueron mucho menos globales en su impacto y mucho menos complejas en términos de los vínculos entre bancos y la economía real. Un argumento que puede expresarse es que los ministros de Economía y los bancos centrales luchan en esta guerra del siglo XXI con armas anticuadas e instituciones del siglo XX. Los organismos creados en la posguerra como el Banco Mundial y el FMI todavía no han podido reunir el esfuerzo global que se necesita. NEWSWEEK
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