Mientras las noticias que llegan del Primer Mundo siguen alertando sobre la feroz crisis financiera que azota a la economía global, va siendo hora de empezar a hacer balances sobre las posibles consecuencias políticas de todo este desbarajuste. Sobre todo en la región. Una cosa está clara: el viento de cola que venía impulsando a América Latina a crecer a tasas inéditas, es historia. Es más, todos los expertos parecen sostener la idea de que ese viento se volverá en breve una fuerte brisa de frente y, para algunos países, definitivamente un temporal en contra.
Se anticipa a mediano plazo un mundo en el que las materias primas van a bajar de valor, sobre todo el petróleo, a medida que la desaceleración económica afecte la producción industrial. Asimismo, se prevé que el mercado del crédito se vuelva complicado, y para los países que no tengan sus finanzas muy ajustadas, será casi imposible conseguir quien les preste plata para llegar a fin de mes.
Esta caída de los precios de las materias primas afectará a todos los países latinoamericanos, pero a algunos más que a otros. Por ejemplo Chile sufrirá la caída del precio del cobre, pero su política de crear un colchón financiero millonario, probablemente le haga menos dolorosa esta fase.
México, otro importante motor regional, sufrirá la baja del petróleo, pero la caída de los precios de algunos alimentos que estaban afectando duramente la economía familiar de los mexicanos, posiblemente alivie su sufrir. Perú es otro que ha tenido políticas inteligentes, y sus acuerdos comerciales con EE.UU. y ahora en negociación con Europa serán claves para mantener su impulso desarrollista.
En el otro extremo hay tres países para los que los pronósticos son más sombríos; Venezuela, Argentina y Bolivia. Casualmente los tres que parecieron recibir con más alegría esta hecatombe financiera global.
Venezuela tiene una economía que depende 100% del precio del petróleo, ya que las políticas de Chávez han arrasado toda producción local. Además tiene un creciente gasto estatal, en el que juegan las millonarias compras de armas, los generosos regalos a países "amigos", y las abultadas prebendas sociales que ayudan a mantener a la base contenta. Ya hace un tiempo se manejaba que Chávez necesitaba un barril de petróleo por encima de los 110 dólares para mantenerse. Con el precio actual que ronda los US$ 80, uno se pregunta cuánto podrá resistir el régimen bolivariano una coyuntura adversa. Y, sobre todo, cómo reaccionará Chávez si la cosa se le pone más difícil.
Otro complicado es Argentina. Un país cuyas finanzas dependen de ingresos por retenciones al petróleo y granos, con un balance financiero delicado, un gasto público exorbitado, clima social efervescente y un gobierno debilitado, es una receta perfecta para el desastre. Especialmente si esta crisis saca de escena a su último prestamista de urgencia (a tasas de usura pero algo es algo), que es Venezuela. ¿Podrá el gobierno Kirchner mantener su poder con una caja vacía?
Pero la gran incógnita de todo este panorama es Brasil. El gobierno de Lula enfrenta esta situación con finanzas saneadas, alta popularidad y prestigio internacional. Sin embargo, su primera reacción ante la turbulencia lo acercó mucho al Brasil de antaño, ya que pareció encerrarse en sí mismo, permitiendo una fuerte devaluación del real, y coqueteando con políticas de aislamiento comercial, que ya le propuso Argentina, otra vez ignorando al resto del Mercosur. La diferencia es que hoy Brasil parece jugado a desempeñar un papel de potencia global, y su crecimiento de estos años hace que necesite del mundo mucho más que antes, por lo que la posibilidad de encerrarse en su mercado interno no parece tan salvadora. Habrá que ver si Brasil se decide a ponerse el traje de líder, lo cual sería vital para la estabilidad regional.
Y Uruguay, como siempre, dependerá de lo que pase en el barrio. Especialmente en Argentina y Brasil. Si bien las finanzas parecen estar medianamente en orden, el cierre de los mercados internacionales (ahora vamos a extrañar no tener más acuerdos comerciales con el mundo) va a hacer cada vez más difícil colocar nuestros productos. Mientras nuestra zona fronteriza con Brasil comienza a sufrir los efectos de la caída del real, y los operadores turísticos aguardan ansiosos los prolegómenos de la temporada, habrá que volver a caminar con los dedos cruzados.