El mundo intenta resurgir del caos

Crisis financiera. La caída de tres gigantes hizo trizas las finanzas globales | Economía de EE.UU. resiste los duros golpes pero enfrenta la falta de créditos | Confían que India y China sigan en auge

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El País

THE ECONOMIST

Las empresas financieras tienen el propósito de ser monumentos de piedra y acero. En un giro que se amplía, las principales de ellas se convirtieron en astillas. En apenas diez días se vio la nacionalización, quiebra o rescate de tres gigantes.

El proceso comprende a la que fue la mayor aseguradora del mundo, dos de los más grandes bancos de inversiones del mundo y dos gigantes del mercado de hipotecas de Estados Unidos. Juntos, los cinco tenían activos por US$ 4,3 billones. El gobierno de la nación capitalista líder del mundo ha quedado profundamente atrapado en el torbellino de su industria más capitalista. Y parece estar abrumado.

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La quiebra de Lehman Brothers y la rápida venta de Merril Lynch a Bank of America causaron suficiente impacto. Sin embargo, el rescate de American International Group (AIG) por parte del gobierno, mediante un crédito de US$ 85.000 millones con tasas de interés punitivas, armado durante la noche del 16 de septiembre, marcó el punto más bajo de un año que ya era catastrófico. AIG es, en gran medida, una aseguradora firme y bien administrada. Pero, su división de productos financieros, que representó apenas una fracción de sus ingresos, hizo tantos contratos de derivados financieros como para destruir a la empresa y estremecer al mundo. Eso ayuda a explicar uno de los misterios de los años recientes: ¿quién asumía el riesgo que los bancos y los inversores se sacaban de encima? Ahora lo sabemos.

Sin embargo, el rescate de AIG ha hecho poco para disipar el temor que tiene dominados a los mercados. Siempre puede haber contagio. El 17 de septiembre, HBOS, la principal empresa hipotecaria de Gran Bretaña, cayó en brazos de Lloyds TSB por apenas US$ 22 millones, después que sus acciones se precipitaron al abismo que devoró a Lehman y AIG. Otros bancos, incluyendo a Morgan Stanley y Washington Mutual, parecían destinados a sufrir igual suerte. Rusia anunció que prestaría el equivalente a US$ 44 .000 millones a sus tres principales bancos. Si los inversores huyen de los mercados financieros hacia los Bonos del Tesoro, los bancos perderán financiamiento y el contagio atrapará a los fondos de cobertura y las empresas. Un hombre temerario vería todo esto como una catarsis; un hombre sabio no se apresuraría tanto.

CONFUSIÓN. Algunos argumentarán que la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro, que han nacionalizado la economía más rápido de lo que alguien puede pronunciar el nombre de Hugo Chávez, deberían haber dejado que AIG cayera en el olvido. En medio del contagio, eso hubiera sido imprudente. Sus contratos apuntalan la salud de los bancos y fondos de inversiones del mundo. El colapso del brazo de seguros golpearía al tenedor de pólizas medio. En el fin de semana pasado, la Fed y el Tesoro vieron cómo Lehman Brothers daba quiebra y no optaron por salvarlo. Desde el punto de vista de los principios, esa actitud fue admirable: el capitalismo requiere que las personas paguen por sus errores. Pero, AIG era mucho más grande y la bancarrota de Lehman había desatado torbellinos y corrientes que pueden haber contribuido a su caída. Con los mercados tambaleantes, el pragmatismo se impuso a los principios. Si bien socavó su propia autoridad, la Fed y el Tesoro consideraron que no podían decir que no de nuevo.

Lo que va a ocurrir depende de tres preguntas. ¿Por qué la crisis se precipitó hacia un camino nuevo y destructor? ¿Cuán vulnerables son el sistema financiero y la economía? ¿Qué puede hacerse para corregir el mundo de las finanzas?

Desprovisto de toda su complejidad, el sector financiero está atrapado entre dos fuerzas brutalmente simples. Necesita capital, debido a que activos como viviendas y promesas de pago de deudas valen lo que la gente creyó. Aun si algunos obtienen beneficios de la caída de los valores de los activos, las instituciones que prestan y las aseguradoras tienen que registrar las pérdidas, lo que las deja necesitadas de dinero. El mundo financiero también necesita achicarse. El auge de los créditos no sólo infló los valores de los activos, sino también al ámbito de las finanzas en sí. La participación del sector de servicios financieros en la totalidad de las ganancias corporativas en Estados Unidos creció de 10%, a comienzos de los 80, a un 40% en su punto cumbre el año pasado. Un cálculo apunta a que en la década pasada las ganancias sumaron 1,2 billones más de lo esperado.

Este sector no podrá tener ganancias después del auge a menos que se reduzca y resultará difícil lograr ganancias mientras se redimensiona. Por algo los inversores son tan escasos. Los pocos valientes que pusieron dinero en bancos débiles han perdido mucho. Es mejor hurgar entre sus cadáveres que asumir sus activos tóxicos, como hizo el británico Barclays que se alejó de Lehman como una institución en caída, para luego lanzarse en picada a sus negocios en Norteamérica, después que éste quebró.

RESCATES. Con frecuencia, los gobiernos son lo únicos compradores que están a mano. Si es necesario, pueden crear un fondo especial para administrar y reducir los activos en problemas. Sin embargo, no debe subestimarse el costo de los rescates, aun en los casos en que son necesarios. Nadie compraría a Lehman, a menos que el gobierno le ofreciera el tipo de ayuda que dio a JP Morgan Chase cuando salvó a Bear Stearns. La nacionalización que, por buenos motivos, eliminó a los accionistas de Fannie Mae y Freddie Mac ha incrementado el riesgo para que otros pongan activos frescos en bancos enfermos. La única capitalización sabia por ahora es la compra directa, con preferencia por parte de un banco comercial respaldado por depósitos asegurados por el gobierno, como en los casos de Bank of America con Merril Lynch, Lloyds con HBOS y, posiblemente, Wachovia con Morgan Stanley. Y más grande sea el banco, más difícil es lograrlo. Cada rescate desalienta a los inversores de preocuparse por la capacidad de repago de aquellos con los que concretan operaciones y, por consiguiente, alienta el próximo exceso.

Pese a todos los costos de un rescate, el peso de la quiebra para una economía muchas veces resulta superior. A medida que las finanzas se reducen, la economía perderá el crédito y sin éste, la gente no puede adquirir viviendas, dirigir los negocios ni invertir con facilidad en el futuro. Hasta el momento, la economía estadounidense ha resistido. La esperanza es que el quiebre inmobiliario se acerque a su fondo y que países como India y China continúen prosperando. Las recientes disminuciones de los precios del petróleo y de otras materias primas dan a los bancos centrales el margen para reducir las tasas de interés como lo demostró China la semana pasada.

Pero, también hay un lado más oscuro. El desempleo en EE.UU. creció al 6.1% en agosto y es probable que sigue aumentando. La producción industrial cayó 1.1% el mes pasado y las ventas minoristas están en su punto más débil desde las consecuencias de la recesión de 2001. La producción declina en Japón, Alemania, España y Gran Bretaña y es apenas positiva en muchos otros países. Las acciones, bonos y monedas de las economías emergentes han sido golpeados a medida que los inversores se desesperan porque no podrán "desacoplarse" de los países ricos.

CAMBIOS. A menos que quienes diseñan las políticas cometan errores imperdonables -dejando caer instituciones "sistémicas" o manteniendo la política monetaria demasiado restrictiva- no hay necesidad de que la miseria actual se convierta en una nueva Depresión. Una preocupación a mayor plazo es el inevitable deseo de regular las finanzas modernas al punto de la sumisión. Si bien ese deseo puede ser comprensible, resulta equivocado y peligroso y el colosal éxito del comercio en el mundo emergente muestra cuánto hay para perder. Las finanzas son el cerebro de la economía. Pese a todos los excesos, adjudica recursos donde son productivos, mejor que cualquier planificador central podría hacerlo.

La regulación es necesaria y mucho debe hacerse ahora para mejorar las leyes de las finanzas. Pero, deben ser las regulaciones correctas: poner fin al sistema fragmentado de vigilancia; más transparencia; requerimientos de capital que se apoyen contra los auges y sean flexibles en las crisis; supervisión de los gigantes como AIG, que son demasiado grandes e interconectados como para caer; contabilidad que valore los riesgos mejor y que todo el mundo acepte; instituciones de liquidación y cambios que den mayor seguridad y transparencia a los derivados financieros.

Todo eso contaría como progreso. Pero la fe candorosa en los poderes de los reguladores crea una seguridad falsa y ruinosa. Los financistas saben más que los reguladores y sus voces tienen más peso durante un período de auge. Los bancos pueden explotar los inevitables baches que tienen las regulaciones: activos ocultos fuera de sus balances o seguros (como los que provee AIG) que les permiten obtener ganancias, deslizándose fuera de los requerimientos de capital que fijan los reguladores. No fue por azar que ambos esquemas estuvieran en el corazón de la crisis.

La semana pasada fue negra. Quienes apoyan el capitalismo financiero están abiertos a la crítica de que el sistema que impulsan apenas ha permitido que unos pocos traficantes se hicieran ricos. Pero, ayudó a generar crecimiento económico sano y baja inflación durante varias décadas. Sería necesario tener una gran recesión para eliminar esos avances. No hay que olvidar ese punto en el debate que se avecina.

Gigantes financieros afectados

Lehman Brothers

banco de inversión

El cuarto mayor banco de inversiones de EE.UU. fue fundado en 1850 y tenía 25.000 empleados en todo el mundo. Se acogió al Capítulo 11 de la ley de quiebras, lo que le permite una reorganización.

Merrill Lynch

banco de inversión

Es la tercera mayor empresa en su tipo en EE.UU. Fue fundada en 1914 y cuenta con 60.000 empleados en todo el mundo. Fue comprado por el Bank of America en 50 mil millones de dólares.

AIG

compañía de seguros

Este gigante de los seguros fue fundado en 1919, opera en más de un centenar de países y tiene más de 116 mil empleados. La FED debió desembolsar US$ 85.000 millones para salvarla; casi la estatizó.

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