Conversos

MARCELLO FIGUEREDO

Es difícil de entender, pero hagamos el intento. La crema del capitalismo mundial (grandes banqueros, ases del capital de riesgo, popes de la especulación financiera y otros tiburones con más de una fila de dientes en sus mandíbulas y más de seis ceros a la derecha en sus cuentas) se está arrodillando para suplicar los favores de la comunidad. Para decirlo más claramente, los señores del dinero están perdiendo la fe en el mercado y le están prendiendo velas al otrora diabólico Estado.

Ya habían dado pistas de su conversión este mismo año. Cuando promediando el otoño un pequeño sismo financiero sacudió el piso del Primer Mundo, John Lipsky, uno de los principales del Fondo Monetario Internacional, sugirió a los países miembros que contribuyeran a evitar el derrumbe de la economía mundial encarando programas masivos de gasto. Después tomó la palabra Joseph Ackermann, del Deutsche Bank, a quien se le escapó que él ya no creía en las fuerzas salvadoras del mercado. Ahora, tras la quiebra de Lehman Brothers, la Reserva de Estados Unidos acude al rescate de la aseguradora AIG y los bancos centrales coordinan esfuerzos para auxiliar a las Bolsas, mientras mister McCain dice a voz en cuello que en Wall Street algunos se han comportado como si aquello fuera un casino. Eureka. Y no falta, por cierto, quien proclame la necesidad de instituciones supranacionales capaces de controlar los flujos financieros mundiales. En otras palabras, la economía global y el libre mercado se han politizado en busca de protección. Fíjense ustedes hasta dónde puede llegar el fanatismo de los conversos.

Este tembladeral que hoy o mañana puede volver a convertirse en terremoto comenzó, por si no lo recuerdan, con el colapso de las hipotecas inmobiliarias subprime (en España las llaman hipotecas basura: mucho más claro), cuyos enormes riesgos fueron deliberadamente ocultados por unas pirañas bien vestidas que no dudaron en prestarle plata a clientes insolventes. Total, la gente puede quedar enterrada que los ladrillos siempre subirán de precio. Pero sucedió lo improbable: los malditos riesgos brotaron como hongos y treparon más alto que los edificios que rascan el cielo de la especulación.

El resto es historia conocida. El virus de la desconfianza hizo temblar los cimientos del mundo adinerado y miles y miles de personas perdieron plata, casa o trabajo (cuando no las tres cosas juntas). Pero una vez que el sistema se purgue a sí mismo todos volveremos a pensar que tenemos por delante una vida brillante. Y vuelta a la montaña rusa.

Mientras tanto, con una crisis mundial sin precedentes a la vuelta de la esquina, el mismísimo Fondo Monetario advierte que lo peor está por venir. De modo que ni Frank Sinatra estaba en lo cierto. Pero Tabaré Vázquez ha dicho esta misma semana que los uruguayos podemos dormir tranquilos. Tomémosle la palabra. Por las dudas, yo he decidido seguir el ejemplo de los que saben y también he resuelto convertirme: ya estoy rezando por el sucesor de Astori. Y por los sucesores del sucesor, claro.

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