Luciano Álvarez
Aun los individuos más lúcidos están limitados a cultivar su pensamiento entre las murallas de su tiempo, su lugar y sus circunstancias. Por eso resultan tan admirables quienes son capaces de saltar por encima de ellas y desafiar los vastos laberintos de lo inexplorado.
Principio con esta evidencia porque viene a cuento de esta historia.
Cristina Pizzano, también conocida como Christine de Pizan o Pisan, fue probablemente la primera escritora profesional, en todo caso la primera en Francia.
Nació en Venecia en 1364 pero vivió en París desde los cuatro años, cuando su padre, Tommaso da Pizzano fue nombrado médico y astrólogo de Carlos V de Valois.
Christine de Pizan (Tommaso había afrancesado su apellido) no sólo creció en medio de los lujos de la corte de los Valois, sino que pudo sumergirse en el mar de libros de la Bibliothèque Royale.
En una frase exquisita resumiría su placer espiritual:
"Sentada un día en mi cuarto de estudio, rodeada toda mi persona de los libros más dispares, según tengo costumbre, ya que el estudio de las artes liberales es un hábito que rige mi vida, me encontraba con la mente algo cansada, después de haber reflexionado sobre las ideas de varios autores."
Tal inclinación no satisfacía a su madre -cuyo nombre, significativamente, no se conoce-, a pesar de ser hija de Mondino de Luzzi, un hombre docto, obedecía al espíritu de su tiempo. Pero, padre e hija lo desbordarían.
Christine dejaría constancia a través de un personaje de La Ciudad de las Damas (1405) cuando dice: "Tu padre, gran sabio y filósofo, no pensaba que por dedicarse a la ciencia fueran a valer menos las mujeres. Al contrario, como bien sabes, le causó gran alegría tu inclinación hacia el estudio. Fueron los prejuicios femeninos de tu madre los que te impidieron durante tu juventud profundizar y extender tus conocimientos, porque ella sólo quería que te entretuvieras en hilar y otras menudencias. Y tu madre no pudo arrancar en ti ese gusto por la ciencia, esa tendencia natural que te ha permitido ir cosechando el saber, aunque fuera recogiendo migajas. Tú no crees, de esto estoy segura, que te haya echado a perder tu dedicación al estudio sino que lo consideras, y con razón, tu más preciado tesoro." (Libro II, cap. XXXVI)
A los quince años Christine se casó con un joven noble, Etienne du Castel, notario del rey. La suerte y la excepcionalidad volvieron a estar de su lado.
Aparentemente, el marido no le fue impuesto, según la norma, sino que había amor de por medio y su matrimonio fue apasionado "ya desde la primera noche", confesó Christine en una de sus baladas y agregó:
"Hay maridos malos, pero los hay honrados, excelentes y prudentes. Las mujeres que se los encuentren han nacido con buena estrella y deben agradecer al cielo tanta felicidad. Esto lo sabes muy bien (Christine) por tu propia experiencia porque tuviste tan buen marido que no podrías haber elegido otro mejor."
Etienne du Castel, lejos de ser un obstáculo para su pasión intelectual, le enseñó su oficio de notario, que de mucho le servirá años después.
Pero, como en todo relato que se precie, nuestra heroína deberá someterse a las pruebas de la infelicidad.
Entre 1389 y 1390, la peste se llevó a Etienne, a su padre Tommaso y a un hijo recién nacido. Para colmo de males, víctima de un fraude, quedó en una difícil situación económica
Sin recursos, desprotegida, con dos niños a su cargo. Christine de Pizan, a los 25 años, se aventuró en territorios reservados a los hombres.
Lo expresó en una rigurosa metáfora: "… de mujer me convertí en varón/ por la fortuna que así lo quiso." Tener oficio no era propio de mujer.
"Lo único que sabía hacer era escribir" y de las letras hizo Christine su oficio, mientras pleiteaba para recuperar parte de su patrimonio.
Sus primeros poemas fueron baladas de amores perdidos, que expresaban la tristeza de su prematura viudez. Con ellos logró una inmensa popularidad y reconocimiento.
Además, asumiéndose como escritora profesional redactó manuales didácticos, fue traductora y copista.
También incursionó en temas de historia, de política, e incluso escribió un tratado militar, "Libro de los hechos de armas y de caballería".
La condición femenina será su tema preferido.
Fue célebre su debate contra el "Roman de la Rose" (1398-1402) un poema de cerca de 22.000 versos octosílabos, que fue lo que hoy llamaríamos un best-seller, en toda Europa. Christine de Pizan cuestionó duramente su misoginia
Y prosiguió este debate en textos como la "Epístola al dios del amor" (1399), y sobre todo en "La ciudad de las damas" (1405), donde descarga su indignación contra quienes hacían de la perversidad intrínseca y corrosiva de la naturaleza femenina, un lugar común de la literatura.
La protagonista, "hundida en tan tristes reflexiones recibe la visita de `tres Damas coronadas de muy alto rango` cuyo resplandor ilumina toda la habitación.
Éstas no son otras que la Razón, el Derecho y la Justicia, quienes sugieren a Christine construir una ciudad, "levantada y edificada para todas las mujeres de mérito, las de ayer, hoy y mañana".
"La Ciudad que fundarás con nuestra ayuda nunca volverá a la nada sino que siempre permanecerá floreciente; pese a la envidia de sus enemigos, resistirá muchos asaltos, sin ser jamás tomada o vencida".
En "La Ciudad de las damas" habitan las "mujeres de mérito de todos los estados y condiciones", tanto las anónimas como las que han grabado su nombre propio en el registro de la historia.
Allí están, entre muchas, Safo y Cornificia -escritora latina del siglo primero-, poetas y filósofas de gran inteligencia y cultura; Semíramis y Clelia, que dieron pruebas de gran arrojo; María Magdalena y Santa María que sintieron piedad; la emperatriz Nicaula y la reina Fredegunda, que gobernaron con justicia y sentido de la política, sorteando con tino y prudencia los escollos de su mandato.
"La Ciudad de las Damas es no sólo un espacio metafórico en el cual proteger a las mujeres, sino también un espacio de relaciones regidas por el derecho, es decir un espacio de ciudadanía", escribe María Lluísa Penelas.
En 1407 estalla la guerra civil en París entre las facciones armagnac y borgoñona.
Quien había escrito que "es deber de princesas oponerse a las guerras", debe huir de París. Se refugia en el convento de Poissy con su hija, y sigue escribiendo.
De 1410 es la "Lamentación sobre los males de la guerra civil" y de 1412 "Libro de paz", donde traza el retrato de los demagogos de su tiempo.
En 1429 escribe "Poema sobre Juana de Arco" su última obra. Murió en 1430.
Durante algún tiempo parte de la obra de Christine de Pizan fue atribuida a Giovanni Bocaccio, hasta que en 1786 se recuperó la autoría de su obra completa.
En el siglo XXI, se multiplican los coloquios sobre esta escritora en las más prestigiosas universidades, la bibliografía es frondosa y sus principales obras están disponibles para el lector contemporáneo.