Alberto Barreix, uno de los padres de la reforma tributaria, volvió a brindar consejos al equipo económico. Su nueva receta incluye ideas tales como dar una tarjeta a los pobres para exonerarlos del IVA y suprimir el secreto bancario para las cuentas corrientes. Ideas quizás potables en teoría, pero que aplicadas aquí y ahora pueden tornarse perversas. Imaginen por un instante a la ministra Arismendi repartiendo a discreción tarjetas de no pago o a los inspectores del gobierno entrando en los estados de cuenta bancarias de nacionales y extranjeros. Inquietante... ¿no es así?
Los recientes consejos de Barreix, economista uruguayo graduado en Harvard y experto del BID, corren el mismo riesgo de los anteriores, los que engendraron el IRPF, la manzana nacional de la discordia. Ocurre que el gobierno acepta sus idea y las aplica a su modo y parcialmente mientras el resto de sus teorías quedan en el limbo. Así pasó con el IVA que Barreix proponía bajar al 17% como contrapartida de la suba del IRPF. Más el gobierno, devoto recaudador, aplicó el IRPF a toda máquina y redujo el IVA en un solo punto.
Ahí nomás se resquebrajó el castillo teórico de este asesor pues hoy soportamos el doble golpe de uno de los IVA más caros del mundo -el 22%- junto a un IRPF que grava sueldos como si fueran renta y casi no admite deducciones.
Antes de seguir boleando ideas, Barreix debería entender que el equipo encabezado por Astori toma de ellas lo que quiere, que las hace y deshace como lo prueban las volteretas con las jubilaciones en donde trocaron la base y hasta el nombre del impuesto, o como con el IRPF, en donde hoy, tras muchos ruegos, suben el monto del mínimo imponible.
También tendría que verificar adonde fueron a parar los mayores recursos recaudados que, como lo prueba la rendición de cuentas en trámite, sirvieron para subir el gasto y engordar el Estado con nuevos funcionarios (12.000 confesos por ahora).
En suma, la reaparición de Barreix con sus propuestas de "personalizar el IVA" y vulnerar el secreto bancario a favor de la Impositiva, resulta inoportuna, sobre todo en vísperas de una campaña electoral que puede tener entre sus actores al ministro de Economía.