SEBASTIÁN AUYANET
Dicen que sacar del "modo espectador" al público local cuesta, y más si el lugar es la Sala Zitarrosa. Pero a Umpi no le costó mucho. Gracioso hasta la carcajada y sin piloto automático, dio un show que, por suerte, de perfecto tuvo más bien poco.
No es ningún descubrimiento que el personaje Dani Umpi sobre el escenario encierra una serie de características que van desde lo naïf a lo bizarro, del pop más consumible a la actitud punk de hacer cualquier cosa sobre el escenario. Otra cosa es verlo sobre el escenario.
Y lo cierto es que el hecho de que Dani Umpi sea o se proponga ser un rupturista no importa tanto, sino que lo que hace que su propuesta en vivo tenga validez (que en muchos casos no va más allá de que quien sale de la sala sienta que lo que pagó por la entrada fue una buena inversión) o es algo que está mucho más al alcance que un análisis de lo que Umpi quiere hacer con su música.
Más allá de los conceptos, el recital de la noche del martes pasado fue divertido desde el momento en que Fernando Peña apareció sobre el escenario con una peluca para presentarlo hasta que el cantante salió de la Sala Zitarrosa al ritmo de marchas pidiendo aumentos de presupuesto (¿?) que cantaban Bebé y Pichón, sus eternos "susanos" que ahora hasta rapean.
Tres imágenes pueden resumir lo que fue el concierto. En la primera se ve a dos chicos disfrazados de griegos tirando cajas al público que después comenzaron a volar de silla en silla, lanzadas por los propios espectadores mientras las bases de electropop terminaban acercando el concierto a la grabación de un programa para niños. La segunda es la misma concurrencia sujetando unas cadenas hechas de papel que luego rompen al grito de "¡somos amigas!" La tercera es el propio Dani cantándole ¿Y cómo es él? de José Luis Perales a un chico de no más de 5 años con todo el público en silencio.
Y es que Umpi manejó al público desde el "solemne" arranque con Hoja en blanco y Dos duros. Ahí, a medida que iban apareciendo los "scratches" del DJ Superio, los coros de Roger, la guitarra de Adrián Soiza y las infaltables Rosano (dos veteranas vestidas como para ir a la peluquería que tocan instrumentos desenchufados).
El público aplaudió toda la noche, cual audiencia de El Show del Mediodía, lo cual aún le daba un toque más bizarro a la fecha. Entre diarios (los que habían cubierto todo el escenario antes del show) y pedazos de cajas de cartón, varios ni-ños jugaban y armaban torres mientras Dani presentaba al grupo de hip hop Portadores, los nuevos protegidos -becarios, diría alguien entre el público- del cantante. Los raperos de Capurro hicieron una versión propia de Atracción, uno de los temas más conocidos del repertorio de Umpi.
Para la recta final llegarían también otras dos apariciones. La de Tabaré Rivero vestido de mujer para cantar su Patada en el bajo beat en pleno entrevero de gente haciendo cosas sobre el escenario y el escándalo final con Renzo Teflón, alma máter de Los Tontos, y el cierre con Nueva generación.
A la hora de los bises, una nueva bizarreada remató la noche: una de las Rosano pidió el micrófono para saludar a un par de amigos de la infancia del cantante, llegados de Tacuarembó. Cinco minutos más tarde, Dani estaba en la puerta de la Zitarrosa, sacándose fotos con todo el mundo.
El País