MARCELLO FIGUEREDO
Cuatro académicos del Primer Mundo, donde todo está fríamente calculado, acaban de informarle al planeta que la felicidad se ha mandado mudar a Dinamarca. Qué vivos. Los daneses pueden pasarse horas jugando al Lego y después tirarse en un sillón de Arne Jacobsen a escuchar música en un equipo Bang & Olufsen, o a sorber plácidamente una Carlsberg helada. Así cualquiera.
Pero no vayan a pensar que el dinero es todo. Qué va. Según este monumental estudio sobre Desarrollo, Libertad y Felicidad que firman un politólogo y un psicólogo de la Universidad de Michigan, un capo del Departamento de gobierno de Harvard y un genio de la Escuela de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Bremen, buena parte del mundo se ha anclado en una rutina hedonista que provoca niveles de felicidad muy estables, bastante independientes de sucesos extraordinarios -como ganarse la lotería, por ejemplo- que sólo producen cambios a corto plazo.
Es cierto que los habitantes de los países ricos están más satisfechos (como para no estarlo: ¿vieron el banquete de 19 platos con que se empacharon el lunes en Japón los del G-8?), pero los autores de la investigación insisten en que el vil metal no es el ingrediente fundamental de la dicha. Según ellos es más importante la libertad de poder tomar decisiones (no en vano el Zimbabwe de Mugabe aparece último en la lista, lo que le granjea el deshonor de ser el país más infeliz del mundo), y aclararan que hasta las sociedades más básicas encuentran satisfacción en refugios como la solidaridad grupal, la religión o el orgullo nacional.
Pero volvamos al ranking, que es lo más excitante del asunto.
Detrás de la triunfante Dinamarca viene Puerto Rico (¿living la vida loca?) y luego Colombia, donde acabamos de ver que hasta las historias más tristes pueden tener su happy end.
Al parecer, los ex países comunistas también se están reconciliando de a poco con la vida, aunque allí el índice de bienestar subjetivo (más asociado a la recuperación económica), se impone sobre la felicidad, que se mantiene en niveles bajos.
Las sociedades democráticas y tolerantes parecen imbatibles (Islandia, Suiza, Holanda y Canadá figuran en los diez primeros lugares), al tiempo que el respeto por las minorías y la creciente igualdad entre los sexos han contribuido a que la enorme mayoría de los países encuestados se muestre más feliz año tras año.
De hecho, sólo cuatro naciones (Austria, Bélgica, Reino Unido y Alemania), muestran una tendencia a la baja entre los países desarrollados.
¿Y por casa? Pues bien: Uruguay ocupa un razonable puesto 39 en la lista, aunque figura por detrás de vecinos más alegres como Brasil (30) y Argentina (32), que ya sabemos cómo se divierten.
Por cierto, ¿qué le habrán preguntado los encuestadores a nuestros compatriotas para medir el índice de felicidad nacional?
Imagino: ¿cree realmente que la selección clasificará para el Mundial? ¿Alguna vez ha podido pasar bagayo por Carrasco sin coimear a los aduaneros? ¿Está chocho con los nuevos impuestos y deseoso de que llegue 2009 para expresar su alegría en las urnas?
En fin, con tanta felicidad en la vuelta, no veo de qué preocuparse.