Luciano Álvarez
La tarde del 11 de mayo de 1960 la policía secreta israelí capturó en Buenos Aires a Adolf Eichmann, ex miembro de la Gestapo, responsable de "la cuestión judía" desde 1936.
Eichmann supervisó personalmente la muerte de los judíos, por fusilamiento, por asfixia en autobuses llenos de gases, o a través de los envíos multitudinarios de hombres, mujeres y niños a las cámaras de gas de los campos de concentración.
Once meses después, el 11 de abril de 1961, comenzó el juicio que terminó con la sentencia de muerte. Eichmann fue ejecutado en Tel Aviv, el 31 de mayo de 1962.
Hannah Arendt (1906-1975) filósofa judeo alemana siguió el juicio como corresponsal para el New Yorker. Desde sus páginas criticó duramente la orientación del proceso:
"El objeto del juicio fue la actuación de Eichmann, no los sufrimientos de los judíos, no el pueblo alemán, ni tampoco el género humano, ni siquiera el antisemitismo o el racismo".
Hannah Arendt, no cuestionaba la culpabilidad de Eich-mann, ni siquiera procuraba una explicación que lo justificara en modo alguno, ni se oponía a la sentencia de muerte. Pero las crónicas del juicio, despachadas por la escritora desde Jerusalén, pintaron un cuadro inesperado del personaje.
Arendt cuestionaba que todos los esfuerzos estuvieran orientados a "exhibir" a Eich-mann como un monstruo sádico y despiadado; ejemplo puro del mal radical.
Sin embargo, lo que en realidad emergía a lo largo del juicio era la imagen de un burócrata, encerrado en una cabina de cristal en un juzgado de distrito en Jerusalén.
Con su interpretación del juicio de Eichmann, Hannah Arendt, incorporó un concepto fundamental para entender el espantoso territorio del Mal: su posible banalidad. Este concepto aparece en el subtítulo del libro de 460 páginas, publicado en 1963: EICHMANN EN JERUSALÉN. UN ESTUDIO SOBRE LA BANALIDAD DEL MAL.
Resulta interesante rastrear el origen etimológico de la palabra «banal». Es un galicismo, datado hacia el siglo XIII, que se refería a los molinos y otros bienes de uso público, de uso comunal. Con el tiempo adquirió un carácter de adjetivo y pasó a ser sinónimo de común, corriente, ordinario, aquello que carece de toda particularidad.
Su sentido primero densifica lo inquietante de este término. En palabras de Arendt implica que en determinadas circunstancias, el mal es capaz de arraigar en el común de los individuos y no necesariamente en seres excepcionalmente perversos.
Eichmann es un ejemplo de esta banalidad del mal; un miserable funcionario que se regía por los principios de todo burócrata. Para Adolf Eichmann, fun-cionario modélico, enviar a la muerte a millones de personas era una tarea meramente logística y administrativa. Ni siquiera pudo demostrarse el odio a sus víctimas.
Eichmann no era una excrecencia, como no lo eran, ni lo son, la mayoría de los canallas de su tipo que envilecen la condición humana.
Eichmann no era un ogro. Y allí reside lo aterrador.
Para llegar a esta conclusión, Hannah Arendt describió con precisión los eventos que jalonan el largo proceso de matanzas.
Vale la pena detenerse en su análisis de la participación de Eichmann en la conferencia de Wannsee.
El 20 de enero de 1942, quince altos representantes de las SS, del Partido nazi y de diferentes ministerios se reunieron en la antigua mansión de un industrial, utilizada como centro de conferencias de las SS.
El tema objeto de debate fue la "solución final de la cuestión judía". Reinhard Heydrich, Jefe de la Policía de Seguridad, del Servicio de Seguridad (SD) y de la Oficina Central de Seguridad del Reich, fue el convocante y presidente de la Conferencia.
Eichmann fue el individuo de más baja posición oficial y social de quienes participaron.
Fue encargado de enviar la convocatoria a los participantes, preparó algunas estadísticas (llenas de errores, por otro lado) que Heydrich utilizaría en su discurso inicial, y por fin redactó el acta de la reunión.
Cumplida su función de secretario, se le permitió acompañar a sus jefes, Reinhard Heydrich y Heinrich Müller, al calor de una chimenea. Eichmann no olvidó ese momento y atesoró los detalles del mismo: "…gozamos de un descanso merecido tras largas horas de trabajo…, esta fue la primera vez que vi a Heydrich beber y fumar".
He aquí la catadura del sujeto: un pobre tipo, a quien fascina un momento de cercanía íntima con el poder.
"En el curso de la reunión -cuenta Arendt-, pudo ver con sus propios ojos y oír con sus propios oídos que no sólo Hitler, no sólo Heydrich, no sólo las SS y el partido, sino la elite de la vieja y amada burocracia se desvivía y sus miembros luchaban entre sí, por el honor de destacar en aquel "sangriento" asunto.
"En aquel momento, sentí algo parecido a lo que debió sentir Poncio Pilatos, ya que me sentí libre de toda culpa". ¿Quién era él para juzgar? ¿Quién era él para poder tener sus propias opiniones en aquel asunto? Bien, Eich-mann no fue el primero ni será el último en caer víctima de la propia modestia".
No es que Eichmann fuera estúpido, simplemente carecía de ideas y de un sentido moral de la realidad: aquellos hombres que se habían convertido en asesinos se alienaban con la simple idea de estar dedicados a una tarea histórica, grandiosa, única ("una gran misión que se realiza una sola vez en dos mil años").
He aquí algo mucho más peligroso que todos los instintos malvados.
Es más, quizás no fueran totalmente insensibles al sufrimiento de quienes enviaban a la muerte: Eichmann dijo que "bebía schnapps (aguardiente) como si fuera agua. Tenía que beber. Necesitaba intoxicarme. Y pensaba en mis dos niños. Y reflexionaba sobre el sinsentido de la vida``.
Arendt es implacable con ese razonamiento:
Los asesinos, en vez de decir: "¡Qué horrible es lo que hago a los demás!", decían: "¡Qué ho-rribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!"
Para Arendt lo que surgía del proceso de Adolf Eichmann era el retrato de la sociedad moderna en general y del totalitarismo en particular. En esta imagen, el Mal se dispersa en los corredores y oficinas de miles de hombres, que regresarán a sus casas al fin de la jornada, se besarán con su esposa e hijos y descansarán con la conciencia tranquila y el deber cumplido.
Este retrato se confirma una y otra vez en las declaraciones de los jerarcas nazis, durante los juicios de Nuremberg y pueden analizarse detenidamente en el libro "Las entrevistas de Nuremberg" realizadas por el Dr. León Goldensohn (Taurus, México, 2004).
El cine ha subrayado la imagen del asesino desalmado, encorsetado en un prolijo uniforme, sofisticado en su disfrute del mal y el sufrimiento ajeno.
Pero nada puede ser más atroz que esos individuos comunes y corrientes capaces de cometer los peores crímenes, las mayores bajezas, porque simplemente lo consideran su deber.