Ruben Loza Aguerrebere
El Premio Nobel literario húngaro Imre Kertész, ensayista y novelista, nacido en 1929 en Budapest, ha dado fin a sus memorias. Es uno de los intelectuales más importantes de nuestra época. Sus méritos son enormes, desde que fue descubierto por los editores alemanes, cuando la censura comunista y la ignorancia sobre el mundo literario de Europa del Este comenzó a disminuir.
Sobrevivió a Auschwitz, al stalinismo y al kadarismo en Hungría. Por años se prohibió hablar de él. Era un hijo más de la dictadura. Cuando la lamparilla de alguna posibilidad titilaba en su horizonte, decían que estaba agotado. En 1951 trabajaba en una fábrica metalúrgica en "calidad de intelectual marginado"; cuando le llamaban, obedecía, pues, escribe: "Para ser preciso: mi nombre me inspiraba miedo".
En su celebrada novela "Sin destino", una autobiografía novelada, narró las experiencias de un niño judío en los campos de concentración en Auschwitz y Buchenwald. La obra es dolorosa; pero posee cualidades literarias de primer orden: fuerza y emoción, y carece de todo sentimentalismo. Para muchos críticos es la mejor novela escrita sobre el Holocausto, un género literario que nunca debió existir, y en el que han sobresalido escritores como Primo Levi, Paul Celan (víctima a su manera del holocausto) y, entre otros, Jean Améry, el autor de "Revuelta y resignación", quien escribiera que: "Los libros no sólo tienen un destino propio, también pueden ser un destino".
Y ello es precisamente lo que ocurre con las obras de I Kertész, de quien además debemos citar "Kaddish por el hijo no nacido", la hermosa oración de un sobreviviente que mantiene una tensa lucha interior con la idea de la trascendencia, representada en "una niña de ojos negros y pequitas pálidas esparcidas por la nariz y un niño travieso de ojos color azul grisáceo, alegres y duros como guijarros".
Tampoco debemos pasar por alto "Yo, otro. Crónica del cambio", que se vincula con las sombras que sobrevuelan todos sus libros, aunque escrita desde una andadura diferente: un diario sin fechas y un largo viaje por variados escenarios y ciudades de Europa, entre ellas, Munich, París, Viena y Budapest, salpicado, aquí y allá, por sus sagaces observaciones sobre la literatura, la que le ha acompañado en su largo itinerario vital.
Y en este paseo literario, precisamente, habla de Pessoa, de Kafka y, entre otros, del escritor húngaro (como él) Sándor Márai, al cual, dicho sea de paso, he revisitado en la bienvenida reedición de "Tierra, tierra!", espléndidos diarios sobre la agonía del proceso brutal de bolchevización emprendido por Rusia y de la indiferencia de Occidente por la suerte de cien millones de europeos del antiguo imperio austrohúngaro.
Pero volviendo a Imre Kerétsz, digamos que su obra es sincera, clara, y ha hecho de él, un hombre abierto y sin nostalgias de la "mitteleuropa" y, por eso, se ha convertido en un intelectual incómodo.
Pero hace bien leerlo. La suya es una voz necesaria. Ha hecho con sus criaturas, marcadas todas ellas por tristes experiencias, una literatura que se ubica en el corazón de los hombres. Podríamos decir que su obra encarna los memorables versos de Paul Celan, hablando de los judíos de Auschwitz: "subiréis como humo en el aire, luego tendréis una fosa en las nubes, donde no existen estrecheces".