VÍCTOR H. MORALES | VOLVIENDO DE LA CANCHA
La tarde era soberbia y el barrio de la Boca un espectáculo que no por conocido deja de asombrar. En la vuelta de Rocha, en los reflejos oscuros del Riachuelo meciendo suavemente las coloridas embarcaciones que nunca más retornaran al mar, en las calles de casas modestas vestidas de azul y oro, había una celebración de la vida. La gente, la multitud, pasó frente a las puertas y ventanas, indiferente a las tareas hogareñas, esas que suceden al almuerzo de los hombres que ya se fueron de la casa hacia el estadio. En las tribunas del estadio, todo era color y expetativa, ilusión y miedo.
Hasta que llegó el fútbol para desperdiciarlo todo. Como un depredador de la fantasía y de la magia que envolvían el domingo, empezó el partido, impotable para quienes no fuesen hinchas de Boca o de River, salvado tan solo por esa pertenencia que provoca el fútbol como ninguna otra faceta de la vida.
Ganó Boca y ganó sin que le quepan reparos a su victoria, salvo que debió ser más amplia. Triunfó el xeneize, arregló el campeonato para que otros cinco clubes convoquen la esperanza y condenó a River a un mar de dudas cuyas olas arreciarán hasta el partido contra San Lorenzo por la Libertadores.
Una victoria indiscutible, afirmada en el jugador más gravitante en los partidos bravos: Sebastian Battaglia. El "battagliador" de América marcó la cancha, le dijo a compañeros y rivales dónde se tenían que parar los equipos, se adueñó del sector más influyente del terreno y hasta convirtió el gol decisivo.
Ahora Estudiantes, River, Boca, San Lorenzo y hasta Independiente y Vélez quedaron prendidos a la ilusión de luchar por el campeonato.