HENRY SEGURA
En menos de un mes cumplirá 84 años y aunque lleva más de 60 sobre los escenarios, Charles Aznavour no aprendió a parar. Se niega a eso. El jueves llegará hasta el hotel Conrad para despedirse, pero será un adiós parcial.
"Los cantantes somos como los criminales que vuelven a cometer los crímenes" dice con el humor que desde siempre ha acompañado a su elegancia y precisión en el manejo de las palabras. Pero hace unos años estuvo a punto de abandonar la escena, aunque el consejo de su esposa Ulla lo hizo recapacitar y pese a estar convencido de que "hay que saber partir antes de pasar vergüenza" comenzó a pensar no en un adiós sino en varios. Tantos como los idiomas en que ha cantado. En francés y en inglés ya lo ha hecho y ahora le tocaba el turno al español con el que desembarcó en Brasil y en apenas 15 días recorrerá 12 ciudades del Sur latinoamericano. Más allá del esfuerzo físico para él también se trataba de remar con el desorden natural de la memoria que cada día le dificultaba más recordar las canciones que había interpretado en español.
En su legado se contabilizan unas 800 canciones según las versiones más repetidas y unas setenta son en español. Con ellas terminó de imponerse allá por los años `60 en esta región del mundo, grabando clásicos como Adiós la mamá, Venecia sin ti, Apaga la luz, Buen aniversario, La bohemia o Isabel. Pero los privilegiados que estarán presenciando su recital el jueves deben saber que no será un show exclusivamente retro: Aznavour reconoce que pasó demasiado tiempo sin venir y pensó en un espectáculo que combinara los clásicos con canciones que acá no se conocen porque han salido en Francia en los últimos años. Es que se acuerda de todas las grandes cosas que ha vivido pero está convencido de que el futuro será mejor y aclara que lo suyo es optimismo y no ingenuidad.
¿ESTRELLA?. El New York Times y el Time han dicho que es "el artista de variedades del siglo XX", es habitual que se refieran a él como "el último monstruo sagrado de la música" o "el monumento de la canción francesa". Después de todo nació como artista bajo la tutela de Edith Piaf, tuvo su primera gran consagración en el Olimpia de París en 1955, disfrutó de la estima de Frank Sinatra, Ray Charles y Jean Cocteau, el cine lo tuvo por protagonista en películas de primer orden y hasta puede esgrimir ese tipo de argumentos que hacen aplaudir a los especialistas en mercadeo (sin establecer fronteras entre cantidad y calidad) como que tiene 45 discos editados y lleva más de cien millones de copias vendidas.
Todas esas formas de referirse a él le causan horror. "No hay por qué hacerse notar tanto, ni pasar las noches con el jet set, ni salir en los diarios" advertía hace unos días a un periodista de El Mercurio chileno. Y con esa precisión admirable que lo distingue agregaba: "uno puede hacer camino sin estar en ninguna parte. Sin hacerle mal a alguien ni estar expuesto. De ahí viene la lección: uno se puede mantener en pie largo tiempo". Por eso prefiere definirse como un artesano de la escritura que "viste las palabras con música", convencido de que el éxito de una canción en un 80% depende de la música, "pero una buena música con un texto mal escrito no dura mucho. Y un texto bien escrito, sin música, se puede convertir en poema".
Buscando esa precisión se convirtió en coleccionista de diccionarios y no duda en definirse como un obsesivo de las palabras por lo cual cuando está componiendo si una palabra que busca no aparece se termina la canción. "Por eso me causa gracia cuando me consideran una estrella. Alguien que se maneja básicamente con una máquina de escribir y un papel no puede ser una estrella", le decía la semana pasada al diario Clarín.
La "estrella" está formateada (con perdón de la palabra) por un régimen de trabajo diario común a la mayoría de los mortales: se levanta todos los días a las 6 de la mañana y dos horas después está sentado en su oficina porque está convencido que la inspiración no cae del cielo sino del trabajo. "Es una disciplina. Cada noche, sin excepción, escucho una de mis canciones traducida a otro idioma o bien un texto nuevo que estrenaré en una próxima gira", confiesa.
Es la misma persona que aclara que las canciones son su trabajo mientras que la literatura no. No es una diferencia gratuita para quien piensa en su futuro en términos de escritor, que el año pasado editó el libro Mon père, ce géant (Mi padre, ese gigante) y tiene en carpeta otros proyectos. Por eso el adiós del cantante no significa la despedida del artista.
Quizás haya un vínculo estrecho entre esa dualidad y el hecho de que Aznavour, siendo hijo de emigrantes armenios, no haya cantado nunca (en público, al menos) en el lenguaje de sus padres. Ese es un tesoro personal que custodia, entre otras cosas, tratando de separar a Charles Aznavour de Varenagh Aznavourian, el nombre con el cual nació el 22 de mayo de 1924, por más que ambos se unan en la representatividad otorgada al ser declarado embajador itinerante de Armenia. No olvida de donde viene y mantiene viva la imagen de su padre tirando de una carreta al subir la colina de Montmartre. Otra vez sus palabras, recogidas por La Nación, ahorran comentarios: "Yo no soy un nuevo rico; soy un antiguo pobre".
Segunda actuación en tierra uruguaya
Es la segunda vez que Aznavour actuará en Uruguay. En 1967 se había presentado en el viejo Auditorio del Sodre que cuatro años después se incendiara. Eran tiempos de una popularidad arrolladora, donde era imposible no escuchar su voz varias veces al día en las radios.
Pero el músico tuvo también épocas duras en América Latina. En 1962 un equipo francés con el director Jean-Gabriel Albicocco a la cabeza, había viajado a Paraguay para filmar Rata de América. Aznavour era el protagonista y vino con ellos. Debió quedarse mucho más tiempo del pensado porque la producción quedó sin dinero y no pudo cubrir más los gastos por lo que el actor-cantante quedó en la calle y hasta tuvo que dormir con su mochila en un cementerio.
Sin demasiadas alternativas, se dedicó a viajar por la región. Hasta ahora recuerda con agrado sus andanzas por Foz de Iguacu, por Arica y la mina La Disputada en Chile.
En aquellos días Aznavour no era una figura popular pero empezaba a ser apreciado por un núcleo de cinéfilos. Ya había actuado bajo las órdenes de George Franju (La cabeza contra la pared, 1959), de André Cayatte (El paso del Rhin, 1960) y de Francois Truffaut (Disparen sobre el pianista, 1962). Con los años se transformó también en un actor reconocido, al que convocaron directores de prestigio como Volker Scholondorff (El tambor, 1979), Claude Chabrol (Los fantasmas del sombrerero, 1982) y Claude Lelouch (Viva la vida, 1983).
A esta altura lleva casi ochenta largometrajes realizados. El último estrenado en Uruguay fue Ararat, del canadiense Atom Egoyan, en 2002, donde se abordaba el genocidio armenio provocado por los turcos.