SEBASTIÁN AUYANET
A los de Ciudad Satélite les importó poco el cambio de locación o la olla a presión en que se convirtió el Teatro Metro debido al calor. Su frescura y contundencia alegre contrarrestó algunos fallos de sonido y redondeó una gran noche de música.
Quique Rangel, bajista de Café Tacvba, vuelve a girar hacia el parlante que tiene detrás suyo. Comenta algo a un asistente de escenario, que se pone a mover perillas y ajustar cables. Vuelve a pisar los pedales de efectos sonoros que tiene a sus pies. Tac... tac... No hay caso. El volumen de salida de su instrumento es sobrecargado o nulo. Es probable que la del miércoles haya sido una de las peores de toda la gira de presentación de Sino, el último disco que la banda mexicana está presentando en la región.
Pero pese a todo, Rangel no termina de estar del todo desanimado. A su izquierda está Rubén Albarrán (o Coné Cahuítl) corriendo de forma desenfrenada, como buscando al exorcista más cercano. Más lejos, su hermano toca la guitarra sin problemas, dedicándole a veces alguna mirada de: "¿qué te está pasando?". Tras ellos, el tecladista "Meme" Del Real -el más "mod" y bailarín de todos- activa secuencias musicales en dos laptops y le da a los teclados. Con cada aplauso, los músicos cruzan miradas, sonríen y agradecen. Y Rangel, después de sacudir su jopo, también saluda.
Con una avalancha de optimismo, los "tacubos" se anunciaron con una versión en plan cumbia mexicana de Los caminos de la vida, canción que hizo popular Vicentico. Eso sonaba mientras los músicos tomaban sus puestos sobre el escenario.
Luego del comienzo con Seguir siendo y Tengo todo, las dos primeras canciones de Sino, llegó Eo, canción de su consagratorio disco Cuatro caminos (2003). Ahí, Albarrán se acomodó su sombrero de copa y desarmó el clima de sala cuando pidió a la gente que no se quedara en sus asientos. De ahí al agolpamiento de asistentes sobre el escenario hubo apenas segundos, para enojo de algunos y alegría de otros: esto no era un concierto para verlo sentado.
El escenario parecía quedarle algo chico al grupo, pero no hubo problemas de adaptación. Prescindiendo del look misterioso que a veces ofrece Albarrán,con ese personaje a mitad de camino que vive cambiando su nombre y se esconde tras uno o varios sombreros de copa, el frontman se mostró en una faceta bastante más "punk" de lo esperado, algo que también se reflejó en la lista de temas, orientada a la primera época de la banda.
Los mexicanos, quizá aprovechando que en su país les es imposible tocar en un teatro tan pequeño y para una audiencia tan reducida, disfrutaron de tener al público tan cerca. Pese a que la salida de audio no ayudaba con los detalles, clásicos como La locomotora o Cero y uno estuvieron entre los mejores momentos del recital. Este último por el estribillo pop del que se colgaron las mil personas que llegaron al Metro, y el primero por el clima que ambienta con guitarras y teclados. También pasó 53100, una gran canción de Sino con teclados que recuerdan a The Who y Déjate caer, un delicioso pop que anima a bailar y entrar en trance al mismo tiempo. El remate lo aportó la coreografía que los cuatro músicos hicieron, con apenas la batería y un sample de música sonando de fondo.
Para el cierre quedaría Eres, una balada liceal y edulcorada que nadie se cansa de cantar, sin importar los años que pasen. Ahí cantó Meme, el creador de la canción, ante la ausencia de Albarrán. Pero el cantante no se había ido al camerino a tomar agua, sino que estaba escondido tras la batería, aportando los alaridos que suenan tras la melodía.
El clima de concierto "chico" se remató cuando la banda afinó el sonido y se enganchó a tocar las canciones que la gente les pedía. Los músicos no querían irse. Pero llegó el momento de cantar Cómo te extraño, y después de varios "ay amooooor, diviiiinoooo", llegó un estallido más de distorsiones y el final del concierto. Un show con algo "de cabotaje", es lo que se esperaba; pero dadas las condiciones y a juzgar por las caras a la salida, salvado con creces.