RICARDO REILLY SALAVERRI
En una de las ruedas de fin de año, un amigo relató lo del rey y la camisa, filosofando sobre el bienestar del ser humano.
Edad Media. Un rey, cuarentón, barbudo y robusto, tenía su reino y todos los atributos del poder. Era jefe, legislador y juez al mismo tiempo. Contaba con todo lo material necesario a la vida y muchos súbditos obedientes. Tenía ejército propio. Y hasta gozaba del derecho de hacerse servir por las mujeres de sus dependientes y sus hijas.
Sin embargo no era feliz. Cada día se levantaba y se acostaba sintiéndose infeliz y no encontraba la forma de salir del asunto. Un día se le ocurrió que quien le podía darle una solución era Merilín, el mago del reino. Mandó a su guardia pretoriana a buscarlo.
Merilín estaba mezclando materiales innobles para descubrir la forma de hacer oro y entreverando pócimas para descubrir el elixir de la eterna juventud, cuando golpeó la policía a su puerta y le transmitió que el rey quería verlo.
Con nerviosismo, el mago marchó a la Corte.
El rey le recibió en su trono.
Merilín -le dijo. Bajo amenaza de castigo te doy hasta mañana al mediodía para que des una solución a mi infelicidad. Quiero ser feliz -agregó.
Demás está decir que el mago esa noche no durmió imaginando una solución al problema real, que le permitiese eludir el patíbulo.
Al otro día se presentó al rey y le dijo que tenía una solución.
Su majestad -expresó- lo que usted tiene que hacer es recorrer el reino y encontrar la camisa de la felicidad.
Explicó entonces que alguien tenía que tener una camisa que hace la felicidad. Lo que el rey tenía que hacer -según su leal saber y entender- era montar a caballo, vestido de paisano, y encontrar a esa persona y ofrecerle una parte de las posesiones reales a fin de apropiarse de la camisa.
El rey siguió el consejo y pasaron días y semanas y meses, en los que hablaba con gente y más gente preguntando si había alguien que conociese al dueño de la camisa de la felicidad. Pero sin resultado.
Por fin un día, encontró a un modesto súbdito que estaba asando un par de torcazas a la sombra de un árbol y bajando del caballo se puso a conversar con él. Le preguntó: "Dígame ¿conoce usted en la zona a alguien que sea bien feliz?".
El buen hombre le respondió: "Claro que conozco. Conozco a Juan, al que todos llamamos Juan el Feliz". Al rey se le iluminó el rostro, pidió referencias para ubicarlo y su interlocutor le indicó el camino, que llevaba en las proximidades, a una modesta vivienda sobre la ribera de un río cercano.
Así el rey llegó hasta la casa de Juan el Feliz. Lo encontró. Estaba, con el torso desnudo, con un par de aparejos instalados esperando que picara alguna tararira y arreglando un pequeño huerto con variedades de frutas y verduras.
Usted es Juan el Feliz -preguntó el rey.
Así me llaman -respondió con un rostro iluminado de felicidad Juan.
Yo soy el rey -dijo el protagonista- y he llegado hasta acá para ofrecerle la cuarta parte mi reino a cambio de que usted me entregue su camisa.
Señor -respondió Juan- le agradezco su ofrecimiento pero no puedo darle satisfacción a su pedido porque yo no uso camisa.
Hoy, la sociedad nos enseña y nos impone desesperar por el acceso a bienes materiales y en la prosecusión de tal empeño nos va la vida. Olvidamos, que la salud del alma, y la alegría del espíritu, está en nosotros mismos. La camisa de la felicidad no existe.