(*) El País de Madrid - Miguel Ángel Bastenier (*)
Rusia es evidente que ha vuelto; Irán no se había ido nunca, y China está cada vez más ahí. Los tres países tienen intereses comunes poco conciliables con los de Estados Unidos, que parece cada día más el hegemon tentado de inventarse un nudo gordiano, porque le conviene creer que cortándolo puede resolver de un tajo todos sus problemas. Algo así le ocurrió tanto a la monarquía universal hispánica, como a la IV República francesa.
De ese regreso de Moscú las pruebas menudean. Estos días, en la Conferencia de Seguridad de Munich, Vladimir Putin criticaba el gatillo fácil de Washington que se debate en Irak; EE.UU. acusa a Irán de querer hacerse con el arma nuclear, y le amenaza con dos flotas de portaaviones en el Golfo, mientras contempla el envío de una tercera; encuentra crecientemente incontrolable Afganistán, donde en 2006 ha habido 4.000 muertos y de ellos casi 200 del contingente internacional, cuatro veces más que el año anterior; abre un nuevo frente en Somalia para sostener a un Gobierno antiislamista, y va a instalar sistemas antimisiles en Europa del Este contra futuros ingenios atómicos de Irán; pero ya en la reunión de junio pasado de la Shanghai Cooperation Organization se había levantado un acta formal de rebeldía contra EE.UU.
Los dos pesos pesados, el chino Hu Jintao y el ruso Putin, flanqueados con el estatus de observador por el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, reiteraban acuerdos de mucho confort para Teherán. Rusia aspiraba a construir varias centrales nucleares, además de la ya comenzada en Bushehr, en la cabeza del Golfo; Gazprom, el gigante gasístico ruso, quería participar en un gasoducto entre Irán, Pakistán y la India, y China devoraba glotona el crudo iraní. Moscú y Beijing coinciden en la práctica de un nuevo tipo de containment de Washington en Asia Central, bien que no por afecto a un islamismo que combaten, sino porque desprecian por ignorante y contraproducente la fórmula de guerra antiterrorista norteamericana.
Estados Unidos -como ya hizo con Irak- tendría que pasar a la acción contra Irán sin la cobertura del Conse- jo de Seguridad, donde Rusia y China enarbolan el derecho de veto. Y, paralelamente, toda tentativa de aislar a Teherán parece condenada al fracaso, por mucho que Washington exhorte a los Estados sunitas, Egipto, Arabia Saudita y Jordania, a la alianza contra el enemigo chiita, porque, aun siendo mucho lo que temen a Irán, más aun recelan de una acción militar norteamericana que pondría patas arriba todo Medio Oriente.
El presidente George W. Bush ha hipotecado su presidencia a la victoria contra el terrorismo internacional. Y el empantanamiento en Irak, el retroceso en Afganistán, el do de pecho de Rusia y la machacona porfía de China desatan una crisis poliédrica, en la que parece imposible agarrar a un mismo tiempo todos los puntos de la media. Ahí puede entrar en juego la gran panacea: que Irán pague los platos rotos.
El presidente Bush hipotecó su presidencia a la victoria contra el terrorismo