Entre humoristas y algunos chistosos

REBAR

Un psicólogo que dicta su cátedra en una universidad canadiense, termina de lanzar en los Estados Unidos de América un libro sobre el humor. Se ha publicado tanto acerca del tema, que con leer sólo una pequeña parte de la profusa bibliografía alcanza para que uno se convenza de que no sabe nada de lo que escribe. Así y todo, empiezo a esperar ansiosamente que llegue a nuestras librerías la versión en español de La psicología del humor, de Rod Martin.

A menudo me repito la pregunta: los chistosos -los que alegran con su ingenio la vida de los demás- ¿habrán leído alguna vez un libro sobre el humor? Esos privilegiados, a los que la gracia les brota natural y espontáneamente... ¿estarán enterados de que hay grandes bibliotecas pobladas de sesudos estudios de lo que ellos hacen sin notarlo?

En la primera mitad del siglo pasado, quienes conocimos al "Ñato" Pedreira no acertábamos a explicarnos cómo un individuo que, evidentemente, nada le debía a Salamanca, pudiera ser una verdadera usina de carcajadas producidas a mil por hora. Recuerdo dos episodios.

Pepe Arias había llegado a Montevideo con el elenco del Maipo bonaerense, para una temporada estival. Gran amigo de los atenienses, se combinó una visita suya al rancho de La Mondiola para saborear un chupín de pescado. Le dijeron: "serás el invitado especial, pero vamos a llevarte al "Ñato" Pedreira, que es el tipo más ocurrente que anda por nuestras calles. Ayudanos a hacerle una broma: le pediremos que te cuente algunos chistes, que todos festejaremos menos vos. Se sorprenderá de que haya alguien en el mundo, que no se rinda a su gracia". Pacto hecho.

El día elegido, el "Ñato" llegó con su batería: la emplazó ante el bufo, y comenzó a descargar su repertorio irresistible. Arrancó con un monólogo genial, de su cosecha, que interpretó parodiando al clásico estilo del invitado especial, quien lo escuchó más aburrido que la sota de bastos... sin sonreír siquiera. Marchó el chupín, y de sobremesa el "Ñato" arrancó con la segunda parte de su "show". Nada. El Pepe no movía un músculo de su cara. Poco le importaba al chistoso el coro de risas de los dueños de casa: le preocupaba aquella seriedad, aquel silencio. Terminó despidiéndose, consciente de su fracaso. Fue alejarse a veinte o treinta metros del rancho, y Pepe Arias estalló en una crisis de carcajadas que asustó a todos, porque no había cómo frenarla. Juró que nunca había conocido a nadie tan gracioso... y que no recordaba haber disfrutado tanto, jamás.

En otra ocasión, en que con su cuadro -Sud América- fueron a Río a jugar un partido con un equipo carioca, se sucedían los alargues inventados que debían durar hasta que los locales convirtieran un gol que les diera la victoria. Venía anocheciendo, y seguían 0 a 0. Cuando ya no se veían ni las tribunas, los brasileños anotaron "su" gol. El scorer entró al arco, recogió la pelota, y marchó para el vestuario: el "Ñato" se acercó a Eduardo García, el golero de su tema, y le dijo: "Flaco: fijate en el fondo del arco si no hay unas botellas de leche, porque por la hora que es, este negrito que salió corriendo debe ser el lechero".

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