Jorge Abbondanza
Hubo una época en que los teatros montevideanos se convertían en cines, porque el cine era el negocio del momento. Eso sucedió con el Teatro Artigas de Colonia y Andes, que por décadas combinó ambas actividades aunque finalmente se dedicó sólo al cine. El edificio se encontraba en perfectas condiciones estructurales, a pesar de lo cual fue demolido en los fatídicos años 80 para transformar ese solar en un baldío con estacionamiento, lo cual demuestra una displicencia cultural muy uruguaya. Así se borró del mapa un cuarto de manzana que albergaba no solamente el teatro (con techo corredizo para el verano) sino también los sports de carreras por la calle Andes y algunos pisos superiores de múltiple actividad, en los que funcionaron asociaciones gremiales, como la Unión de Artistas Plásticos Contemporáneos. Qué tiempos aquellos.
Hubo otros teatros convertidos en cine, como el 18 de Julio, que en 1965 resolvió sepultar los espectros de Paquito Busto y de Romerías para pasar a estrenar películas, luego de una remodelación que lo transformó en la sala mayor del circuito exhibidor Saudec. Ese cambio del 18 de Julio promovió protestas callejeras de la gente de teatro, que marchó delante del edificio para quejarse por la pérdida de una de las grandes salas que todavía le quedaban al teatro comercial (pero teatro al fin) en una ciudad con pocos escenarios y poca memoria. Y así se afianzó una tendencia, mientras algún caso aislado ejemplificaba el curso contrario: la transformación de un cine en teatro.
El emblema de esa otra vertiente fue el enorme Grand Palace del Cordón, que sería comprado por El Galpón, hasta entonces afincado en su salita de Mercedes y Roxlo. Y así, poco tiempo después del episodio del 18 de Julio, esa finca pasó a ser la sala mayor del elenco galponero, expropiada diez años más tarde por la dictadura y recuperada en 1985 por sus propietarios legítimos. En todo caso, la conversión del Grand Palace había sido un síntoma del colapso del negocio cinematográfico que se iba a pique, y que en las décadas del 70 y el 80 perdió buena parte de los ámbitos donde tres generaciones habían saboreado sus viejas matinées.
La crisis de las salas céntricas no se limitó a esa etapa. Proseguiría luego hasta dejar a dos gigantes (Radio City, Trocadero) en manos de sectas religiosas que simbolizan otro tipo de lucro, donde el inglés subtitulado de las antiguas pantallas dejó lugar a los sermones en portuñol para consumo de una feligresía que ilustra, sin saberlo, la decrepitud no sólo física del centro montevideano. Mejor suerte tuvo el Metro, cuya inminente reapertura como teatro motiva estos vistazos agridulces y ofrecerá desde noviembre otro ejemplo en la transformación de cines de la ciudad. Bastión de la MGM desde 1936, allí habrá un espacio para una copiosa programación que desde ya conviene celebrar, aunque quienes actúen en ese querido lugar saben que deberán competir con los fantasmas de Rhett Butler y Scarlett O`Hara.