LEONARDO GUZMAN
No es sólo quién quedó peor. Se patentizó caquexia en los principios. No se cura midiendo encuestas ni sopesando entre cuatro gatos el "efecto político" del show que no debió ser. Descreer mano a mano lo que se acusa en público -tan luego en temas de familia e historia- más que contradicción evidencia discontinuidad personal. Es el "venire contra proprio factum" que combatía Gelsi Bidart. Más allá del afecto que tantos sentimos por su padre y el sentimiento con que acompañamos sus restos hasta que la policía lo impidió, el hecho descalifica al senador Michelini; y muestra con qué dobleces se construye imágenes, al enfermar la vida nacional de relativismo e instalar la puja izquierda-derecha, desoyendo los mandatos unificantes de la Constitución. ¡Si habrá tarea por delante!
En cuanto a principios de Derecho, llevo tres generaciones discrepando con los Bordaberry.
Domingo Bordaberry contrapuso campo-ciudad. Acusatoria, su Liga Federal usó el pretexto gremial para inclinar comicios. Olvidó que la misión democrática de los partidos es otra: generar ideas para que el Derecho -"razón sin apetitos"- ordene y sintetice los intereses sectoriales. Tuvo éxito: en 1959 llevó a Nardone de Radio Rural al Poder Ejecutivo, mientras "El Debate" escribía "comadreja colorada, vuelve a tu madriguera". La conmixtión de roles político-gremiales fue fustigada por Justino y Eduardo Jiménez de Aréchaga, Pedro Berro, Juan Andrés Ramírez, Eduardo J. Corso, Manuel Flores Mora, Alfredo Lepro y Efraín González Conzi. Y por El Día, conmigo ya en su página editorial.
Con Juan M. Bordaberry discrepé en 1965 con la causa de su renuncia a la banca que le votó el nacionalismo: ¡descreía de la labor parlamentaria! Discrepé en 1971: cuando el pachequismo lo puso de candidato por si fallaba la reforma reeleccionista, señalé que prestarse a explotar electoralmente el nombre de Presidentes era -y es- vía oblicua para violar el art. 74-4º de la Constitución, que les prohíbe todo acto político, salvo el voto. Luego condené el golpe de Estado, carcelazos, guerra sucia. Y analizando su tesis de 1976 -partidos y elecciones nunca más-, la califiqué de demencial y -con Hierro, Tarigo y Barbagelata esperando- un inolvidable sábado, escribí el editorial que aplaudió su deposición.
Con Pedro Bordaberry discrepé por no haber separado sus sentimientos de hijo, que tanto respeto, de la distancia conceptual que merece la violación del juramento constitucional y la pesadilla que aparejó; discrepo con eso de grabar a hurtadillas; y discrepo con difundir prueba en vez de ir con ella al Juzgado. El Derecho es un deber ser. Aun en casos excepcionales, el vigor de la abogacía se construye reconduciendo -elevando- personas y asuntos a niveles normativos superiores. No enfangando los procedimientos.
Puntualizado lo anterior, conste lo que pensamos sobre el fondo: caducada por ley la pretensión punitiva, la sistematización jurídica debería llevarnos a no seguir mirando atrás. El porvenir no finca en sentencias tardías que se dicten sobre hechos irreversibles sino en ampliar la doctrina de la libertad, aprendiendo, todos, de los horrores que provoca despreciarla. Ergo: dejar correr el episodio, deleznable por contrariar nuestra mejor tradición.
Y volcarnos, de aula a gobierno y de diarios a esquinas, a cimentar principios robustos sobre persona, libertad, valores, Derecho y esperanzas. Antes que caigamos más abajo todavía.