La mejor guerra

Una legisladora uruguaya señaló hace pocos días que en la guerra contra la pobreza, "la educación y la cultura son imprescindibles". En principio, la afirmación suena como un dictamen tan indiscutible que parecería innecesario mencionarlo, pero en la etapa de fracturas sociales que vive el país, esa referencia resulta más útil que nunca. Frente al panorama de marginaciones, penuria económica, asentamientos precarios y niñez callejera que salta a la vista de los uruguayos, una reflexión sobre las herramientas educativas y culturales se convierte en un ejercicio impostergable. La guerra contra la pobreza debería ser un combate capaz de esgrimir tales armas para abatir poco a poco la ignorancia, la miseria, la intemperie, el embrutecimiento o el abandono, cuyas consecuencias directas pueden ser la violencia y el delito pero también el desperdicio de una fuerza humana que va degradándose y al llegar a los años de la adolescencia ya resulta irreversible.

Datos recientes divulgados por la prensa argentina, permitían saber que sólo en el Gran Buenos Aires viven 1.500.000 jóvenes que no trabajan ni estudian. Ese porcentaje es aplicable por cierto a Montevideo, donde otra juventud periférica abunda en decenas de miles de muchachos con perfil similar, cuyas tambaleantes nociones culturales, frágil entorno familiar y deprimente marco social los coloca en el borde de la criminalidad, la inoperancia, el vandalismo o la droga. Lo que parece indispensable para emprender aquella guerra contra la pobreza es tomar a los individuos en situación de riesgo al comienzo mismo de su vida, en una edad preescolar que habilite a cobijarlos bajo los beneficios de la educación y la cultura. Para entender la magnitud del proyecto, debe manejarse el significado de esos dos términos, ya que la educación (que es el conjunto de reglas, costumbres y modales que rigen la sociedad) impone ofrecer a la persona una asistencia especializada capaz de enseñarle a desarrollar sus facultades intelectuales y morales, que sólo son ampliamente maleables durante la infancia.

A partir de esa conducción puede ingresarse en el terreno de la cultura, que en su base es el conjunto de conocimientos adquiridos por una persona a lo largo de su existencia, pero de modo genérico refiere además a las formas de vida material e intelectual de toda una sociedad. Sólo con esos medios puede aspirarse a reintegrar al individuo en su órbita social sin que se sienta excluido de ella, expulsado de un cuerpo colectivo que a falta de auxilios puede hacerlo actuar como si la sociedad fuera un mundo ajeno y por lo tanto un territorio poblado de enemigos a quienes se debe agredir para sobrevivir. Lograr la reincorporación cabal de los marginados y rescatarlos para la tarea común de trabajar por la comunidad (y no contra ella) puede ser la conquista más fermental y perdurable que emprenda un país, y quizá también una de las más complejas y arriesgadas.

A través de la cultura, los ignorantes, los abandonados y los violentos pueden convertirse paulatinamente en ejemplares capaces de saber qué metas se ha fijado la sociedad que integran y qué sentido tiene el esfuerzo diario de cada uno para aportar su dedicación y su capacidad a la construcción de un futuro. No hay otro acceso posible a la dignidad, al crecimiento de la conciencia y a la noción de identidad que mediante la siembra de la educación y la cultura, como prioridad en una guerra contra la pobreza, que es asimismo la lucha contra el desconocimiento, la dispersión familiar, la pérdida de afectos y la ruina de todo crecimiento personal.

Armarse para semejante combate equivale a comprender que desde los primeros años de vida, el individuo debe ser embarcado en un cauce culturizador que no podrá interrumpirse, porque de otro modo la faena estará perdida. Para el Estado, ese desafío es gigantesco, es probablemente abrumador y acaso inabarcable, pero no hay alternativa conocida. La experiencia de estos últimos tiempos aconseja emprender esa tarea cuanto antes, es decir, antes de que el problema de hoy se convierta en la catástrofe de mañana. Si no se derrotan el ausentismo escolar, la vagancia callejera, el ocio improductivo, la desintegración hogareña y las fuentes de la violencia, estará definitivamente perdida la guerra y el porvenir seguirá aplastado por una deuda imposible de saldar.

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